Por Ramón Sebastián Vicent, historiador y profesor de la Facultad de Teología UEBE

EL AVIVAMIENTO QUE SALVÓ LA DENOMINACIÓN BAUTISTA EN INGLATERRA (La influencia del Gran Avivamiento en los bautistas ingleses)

Dan Taylor

Dejamos atrás el s. XVII. Con los dos personajes ya analizados (Roger Williams y John Bunyan) nos hemos referido a los orígenes de las iglesias bautistas y a su consolidación. Se considera que en Inglaterra estas congregaciones tuvieron un periodo de expansión hasta 1689, año en el que se alcanzó la libertad religiosa. Pero entre finales de dicho siglo y mediados del XVIII los dos grupos de bautistas experimentaron un fuerte estancamiento: los Generales por una tendencia de frialdad espiritual y centralización que (junto con el racionalismo del denominado Siglo de las Luces) provocó una deriva hacia el unitarismo; los Particulares se introdujeron en una dinámica de doctrinarismo obtuso (hipercalvinismo) que provocó un decrecimiento que no parecía tener salida. Frialdad espiritual y fijaciones doctrinarias han originado generalmente bien grupúsculos sectarios, bien la muerte de muchas iglesias. Y no somos especiales: como veremos, los historiadores hablan de una posible desaparición de las iglesias bautistas inglesas en aquel tiempo.

La solución es sabida por cualquier creyente que conozca con fluidez las Escrituras: sólo puede venir de Dios, no de nuestros planteamientos. Y así fue en aquella época. El estancamiento era, además, algo generalizado en el protestantismo dieciochesco, pero en todo tiempo ha habido personas y grupos que han anhelado más de Dios. Por aquel entonces los hermanos moravos hacían un especial hincapié en la necesidad de una conversión a Cristo que transformara a las personas. Y su mensaje alcanzó de lleno a un inglés a través del cual se inició un avivamiento que trascendió a toda Inglaterra y sus colonias: John Wesley (sin olvidar a George Whitefield). La mayoría recordará que Wesley pertenecía a la Iglesia de Inglaterra e inició el Movimiento Metodista.

John Wesley llevó la predicación del Evangelio tanto dentro como fuera de las iglesias.

Fue un avivamiento que a través de la predicación en iglesias y fuera de ellas, promovió un fuerte sentimiento de arrepentimiento y conversión a Cristo. Se ha llegado a hablar de una Segunda Reforma que tuvo un enorme impacto en todo el protestantismo y dejó una fuerte impronta en lo que hoy denominamos iglesias evangélicas.

Entre las sociedades que organizaba el metodismo hubo personas que, estudiando las Escrituras, llegaron a la convicción del bautismo de creyentes realizado por inmersión. Entre ellos encontramos a Dan Taylor (1738-1816). Según Vedder era de constitución fuerte y dotado con una gran inteligencia; su conversión a Cristo despertó en él un llamado a visitar enfermos, presidir reuniones y predicar la Palabra, llegando a aceptar la doctrina del bautismo de creyentes por inmersión. Se puso inicialmente en contacto con una iglesia de bautistas Particulares, pero él, como la mayoría de los metodistas, era arminiano[1] por lo que no lo aceptaron y le encaminaron hacia una iglesia de bautistas Generales: aquí sí que lo recibieron y bautizaron en un río próximo a Gamston (Lincolnshire, 1763) hacia donde se había trasladado desde su lugar de residencia (casi 200 kms de recorrido a pie); regresó a Yorkshire donde organizó una congregación. La experiencia pronto fue deprimente por el estado en el que se encontraban las iglesias de dicha región. Así que salió de esta Asociación y fundó en 1770 “La Asamblea de los Bautistas Generales de la Gracia Libre”, más conocida como los “Bautistas Generales de la Nueva Conexión”; la formaron dos iglesias procedentes del avivamiento metodista, otras dos de Londres y tres del interior de Inglaterra.

Taylor se convirtió en su primer presidente, impulsor de una Academia para la preparación de pastores y de una revista periódica; también promovió una visión de evangelización entre sus conciudadanos. Había impregnado a su asociación de bautistas Generales del celo religioso resultante del avivamiento espiritual. Mientras la Asociación de Bautistas Generales tendió a decaer o derivó hacia el unitarismo no trinitario, la Nueva Conexión no dejó de crecer: cuando Taylor murió a comienzos del s. XIX eran casi 7.000 miembros en unas setenta congregaciones. Se considera que había enlazado con el crecimiento de los bautistas del s. XVII y que favoreció la continuidad de esta denominación en Inglaterra.

Pero hay un legado más de este avivamiento. El deseo evangelizador trascendió más allá de las fronteras inglesas y en el año de la muerte de Taylor la Nueva Conexión de los Bautistas Generales fundó una Junta de Misiones. Mientras tanto, el avivamiento alcanzó también a los bautistas Particulares: aunque más tarde que los Generales, su incorporación fue gracias a la teología calvinista de George Whitefield que casaba más con su interpretación no arminiana. Con ello experimentaron un proceso similar al de los bautistas Generales: hubo predicadores como Robert Hall o Andrew Fuller que enfatizaron en la necesidad de moderar el hipercalvinismo doctrinario dominante. Esto favoreció un proceso de mayor celo espiritual que cambió el panorama en el que se habían introducido; y con ello surgió también una gran inquietud por la evangelización y las misiones en cuyo contexto encontraremos la figura de William Carey (conocido como el “padre de las misiones modernas”), nuestro próximo personaje a analizar.

Así pues, el avivamiento del s. XVIII produjo tanto en los Bautistas Generales, como en los Particulares (ambos se fusionarán a finales del s. XIX) un gran celo espiritual y misionero. Justo Anderson es muy claro en su segundo tomo de la Historia de los Bautistas: “Si no hubiera sido por el avivamiento wesleyano y el despertar misionero, los bautistas en Inglaterra habrían desaparecido, víctimas del hipercalvinismo y del socinianismo (unitarismo)” (p. 115).


[1] El término “arminiano” procede de Jacobo Arminio, holandés que a comienzos del s. XVII inició un debate público contra una postura rígida de la predestinación calvinista. Frente a la interpretación de la gracia irresistible de Dios que fuerza a una respuesta favorable de los escogidos, expresó que la soberanía de Dios y la libre voluntad del hombre son compatibles; la expiación de Cristo es para toda la Humanidad, pero eficaz solo para los creyentes (aquellos que han aceptado a Cristo).

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