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Por Ramón Sebastián Vicent, historiador y profesor de la Facultad de Teología UEBE

En nuestro recorrido de biografías sobre destacados bautistas habíamos llegado al siglo XIX, considerado como el siglo de las misiones protestantes. De esta etapa hemos descrito dos figuras sobresalientes: William Carey (padre de las misiones modernas) y Adoniram Judson (padre de las misiones bautistas norteamericanas). En este artículo nos adentraremos en nuestro solar hispano. Este año se cumple en nuestro país el 150 aniversario del inicio de la obra bautista, hecho del que no es ajena nuestra revista y, así, nuestro muy apreciado pastor, teólogo e historiador Máximo García presentó en el pasado número un artículo resaltando el trabajo realizado por William Ireland Knapp como el primer misionero bautista que llegó a nuestras tierras. En nuestro caso no nos vamos a centrar tanto en la descripción de la labor que desarrolló, sino en responder unas preguntas que nos aproximen a su perfil biográfico, lo cual está más en consonancia con esta serie de artículos.

Sobre Knapp hay abundante información en distintas publicaciones: autores bautistas reconocen su ministerio (J.D. Hughey, A. Aparici, M. García) y en el campo de la reforma magisterial, sin dejar de admitir su valía, recuerdan su ruptura con la orientación presbiteriana, calificándola como un cisma que provocó malestar entre pastores y misioneros de corte reformado (R.M.K. Van der Grijp).

¿Quién fue este misionero norteamericano?

Si ponemos su nombre en un buscador de internet, encontraremos no pocas referencias, pero sobresalen aquellas que destacan su perfil académico. Fue un eminente lingüista que antes de venir a nuestro país tenía su plaza de profesor de lenguas modernas (dominaba el alemán, francés y español) y clásicas (latín, griego y hebreo) en un centro universitario; tras su regreso a Estados Unidos fue docente en las universidades de Yale y Chicago. En la nota de prensa del New York Times por su fallecimiento se le califica como una autoridad en historia y literatura española. Publicó y editó numerosas obras, pero destacaremos dos aspectos: por la edición en 1875 de las obras completas de Juan Boscán será distinguido como caballero comendador de la Orden de Isabel la Católica y se le considera como el mejor biógrafo de George Borrow.

Pero fue también un misionero. Procedía de una familia bautista, cuyo padre era pastor y su hermano misionero de la Unión Bautista Misionera Americana (AMBU). No es un llamado pequeño renunciar a una plaza universitaria y venir a España con su esposa y sin el apoyo de ninguna misión; en su correspondencia manifiesta las penalidades económicas que sufrieron. Resaltamos aquí también dos aspectos de su ministerio: el amor a la Biblia junto con la inquietud de difundirla en un país donde era prácticamente desconocida y su preocupación de formar teológica y espiritualmente a españoles para que pudieran continuar con esta labor (creación de una Escuela de formación teológica, promoción de escuelas dominicales, etc.).

¿Fue un cismático versátil o inconsecuente?

Knapp llegó a España al final del reinado de Isabel II cuando había un régimen liberal muy conservador que dificultaba enormemente la difusión de cualquier religión que no fuese la católica. Marchó para París y allí tuvo noticias de la revolución de septiembre de 1868 que inició una etapa de seis años en la que por primera vez se reconoció en nuestras tierras la libertad religiosa. Llegaron misioneros, regresaron exiliados, salió a la luz lo que podía haber en la clandestinidad y surgieron los primeros proyectos; el más difundido promovía la idea de crear una Iglesia reformada española. Obviamente, este proyecto ignoraba la realidad protestante, en la que la unidad se acrecienta en una relación fraternal y se dificulta cuando se pretende que sea institucional o eclesial. No se logró tampoco en el ámbito reformado.

Pero ante algo que nace, hay que aunar esfuerzos. Así lo entendió Knapp cuando a finales de mayo de 1870 organizó con otros dos misioneros presbiterianos una iglesia evangélica en Madrid. No obstante, como ferviente defensor del principio primero creer y luego bautizarse (poco después publicará un tratado sobre el bautismo y una declaración de fe de las Iglesias Evangélicas Bautistas Españolas), nunca ocultó esta convicción. Y esta colaboración fue evidentemente muy corta: tres meses después tomó la decisión de separarse y fundar la primera iglesia evangélica bautista de España. No podía violentar sus principios y así se lo expresó a la congregación. No se le puede achacar que se llevara lo que otros trabajaron, pues entre los tres habían inaugurado aquella iglesia y Knapp no era precisamente un misionero de despacho.

¿Por qué se marchó de España tan pronto, abandonando una incipiente obra?

Si regresó de París en el verano de 1869, partió para Estados Unidos en noviembre de 1876: es decir, estuvo trabajando en España unos 7 años. Había fundado iglesias o tenía puntos de contacto en Madrid, Linares, La Seca (Valladolid), Alcántara (Cáceres), Alicante, Valencia y Barcelona. La primera razón que se debiera entender es el contexto sociopolítico de aquella España: durante este sexenio democrático, se pasó de una monarquía constitucional a una república, con sus problemas entre federalistas y unitarios que derivaron en el conflicto cantonalista, al que hay que añadir la 3ª guerra carlista, la primera guerra de Cuba, las presiones de la Iglesia católica y del poder económico, etc. Las iglesias evangélicas tuvieron muchos visitantes inicialmente que no tardaron en reducirse a congregaciones generalmente por debajo de los 100 miembros, como había preconizado Knapp. Esta inestabilidad explica que algunos de los líderes evangélicos bascularan hacia tendencias revolucionarias (como en Linares), de otros ámbitos contrarios al Evangelio (Alicante) o retornaran a bombo y platillo a la Iglesia católica. Esto decepciona a cualquier persona seria, con sólidos principios. Si le añadimos las dificultades económicas de la AMBU que le venía apoyando desde septiembre de 1870 y su vocación docente, no es difícil entender dicha decisión.

¿Desapareció por completo el resultado logrado con su trabajo misionero?

A comienzos del tercer capítulo de su libro, Hughey da una lapidaria afirmación: su obra se había perdido. Sin embargo, si leemos atentamente la historia de los bautistas en España, observaremos que al igual que la semilla que se siembra no está muerta, sino que produce brotes, lo mismo ocurre con la labor de Knapp, además de haber una continuidad en personas como el pastor catalán Ricardo P. Cifré. Pero quisiera remitirme a un artículo que escribió el actual obispo de la IERE, Carlos López Lozano (con raíces bautistas), para nuestra revista El Eco de noviembre de 1985: no solamente podemos hablar de varias iglesias bautistas o de otras denominaciones (Asamblea de Hermanos de Linares, Congregacionalistas de Valladolid) que hunden sus raíces en la obra de Knapp, sino que comenta tener (algo más de cien años después) fichas de 42 personas evangélicas que eran descendientes de convertidos por su labor misionera.

Sin duda, en ese siglo de las misiones protestantes William I. Knapp tiene su lugar y, desde luego, fundamental para los bautistas españoles de cualquier época.

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