Por Emilio Cobo,

En estos tiempos de confinamiento obligatorio a causa de la pandemia global de coronavirus, la juventud, y de manera especial, la juventud que ama y sigue a Cristo, debe dar la talla. Todos los esquemas anteriores en los que nos basábamos para vivir nuestros años de adolescencia y juventud se han ido resquebrajando hasta límites insospechados. La dinámica vital que cada uno de nosotros estábamos desarrollando en el contexto de la normalidad, si es que puede decirse de este modo, y de la cotidianidad, ha sido trastornada de una forma violenta y traumática.

Cualquier plan que tuviéramos en mente se ha volatilizado junto con nuestra necesidad de transitar libremente por este mundo. Nuevas formas de trabajar, estudiar y relacionarse han tenido que surgir de las cenizas de un futuro incierto y dramáticamente oscuro. Las costumbres ininterrumpidas que considerábamos parte de nuestra esencia e identidad están convirtiéndose en algo que parece que queda atrás, en tiempos más felices. No cabe duda de que nuestras vidas han sido afectadas virulentamente por una enfermedad que se contagia mucho más rápido de lo que nuestros gobernantes y científicos habían imaginado, y ahora debemos plantearnos nuestro rol social, espiritual y psicológico a la luz de esta nueva y enigmática coyuntura.

No sé si tú que me lees, eres víctima de esta epidemia, o conoces a personas que están en cuarentena, pasando el mal trago del contagio, ingresado en algún hospital o UCI, o si sabes de alguien que ha fallecido a causa de este terrible enemigo prácticamente invisible. Tal vez piensas que estar encerrado en tu casa sin poder dar un abrazo a tus amistades, sin pasar tiempo real con tu familia y sin la posibilidad de reunirte con tu comunidad de fe, es una auténtica tortura. Te subes por las paredes, te haces carne de “challenges,” intentas planificar las horas muertas haciendo papiroflexia, abdominales o leyendo esos libros que tenías cubiertos de polvo. Bailas todo el repertorio del Tiktok, duermes como un lirón en temporada de hibernación, y comienzas a tener mono de deporte televisado.

Consumes series y películas sin parar, te atiborras de chucherías, cupcakes y pizzas caseras, y tus hermanos pequeños o tus hijos han traspasado las fronteras de tu paciencia. Quizá has sido objeto de un ERTE, o te ha tocado bajar las persianas de tu negocio, o buscas la manera de teletrabajar sin que tu volumen de eficacia y eficiencia descienda a causa de las distracciones hogareñas. La frustración, la monotonía elevada al cuadrado, las complicaciones tecnológicas o una claustrofobia del quince te están agriando el carácter y te están influyendo negativamente en términos mentales…

No es una buena época para ser joven. Si ser joven es vivir a todo trapo la libertad de movimientos, de relaciones y de decidir qué hacer en cada momento, hoy ésta ha sido restringida sin que podamos rechistar. Podemos quejarnos, pero en el fondo sabemos que todo debe hacerse para ser solidarios y colaborar para preservar la salud de otros. Los tiempos de ese individualismo tan acendrado en el que vivíamos está desapareciendo en favor de la comunidad. Ahí tenemos videos de personajes que rompen el estado de alarma para desplegar su individualismo de pacotilla, sin la consideración y empatía necesaria en la actualidad, diciendo al mundo que le importa un bledo, que primero es él y sus circunstancias. Y ahí los vemos, trotando por un parque como si nada fuese con ellos, viajando a segundas viviendas, escalando montañas, celebrando botellones y desafiando la sensibilidad de sanitarios y cuerpos de seguridad del estado. La época en la que cada uno hacía lo que bien le parecía ha terminado, al menos hasta que este problema sanitario sea solventado.

Es la hora de la comunidad, de una comunidad espiritual que se comunica a través de las redes sociales, de los métodos tecnológicos, de los chats y de los videos en directo desde los hogares. Es la hora de la comunidad, de una comunidad en la que todos, jóvenes y ancianos, niños y adultos, hombres y mujeres, nos mostramos más agradecidos que nunca a aquellos que velan por nuestra seguridad y salud. Es la hora de la comunidad, de una comunidad recuperada en nuestros bloques, calles y urbanizaciones que se unen en torno a un mismo objetivo común: luchar a brazo partido contra este Covid-19 que está arrebatando el oxígeno a miles de personas. Es la hora de la comunidad, de una comunidad que ha dejado de lado las ideologías políticas y las comodidades que les brindaba su idiosincrasia personal, en favor de la solidaridad, de la colaboración, de la obediencia y del servicio mutuo. Es la hora de la comunidad, de aquella comunidad despreciada por el egoísmo y el orgullo personalista, que ahora brinda consuelo, esperanza y firmeza unida a aquellos que la conforman.

Como jóvenes, hemos de dar la talla dentro de nuestra comunidad recobrada a causa de un adversario común que se ceba precisamente con el individuo que asegura altivamente que no necesita la ayuda de nadie. Como jóvenes, tenemos un papel sumamente relevante que cumplir en nuestros hogares. Necesitamos reconectar con nuestras familias, especialmente con nuestros padres y abuelos. Hace mucho tiempo que dejamos de valorar a nuestros progenitores y mayores, y hoy tenemos la increíble oportunidad de beber de su sabiduría, de su historia y de sus consejos experienciales. Tenemos la posibilidad de recuperar la relación rota, desgastada o deshilachada que teníamos con nuestros padres, así como releer nuestra propia historia como jóvenes desde los recuerdos que éstos tienen de nosotros. Ya que vamos a pasar mucho tiempo juntos entre cuatro paredes, debemos dejar a un lado la automarginación de nuestro cuarto y de las redes sociales alienantes, y compartir tiempos de charla, diálogo y conversación que se habían olvidado tiempo atrás.

Otro de los roles importantísimos y nucleares de nuestra generación, debe ser el de promover la innovación de métodos y estrategias creativos que nos permitan construir una nueva manera de entender la comunidad. No hemos de perder la frescura, el descaro y el anhelo de progreso en el encierro. Todo lo contrario. Somos llamados a idear y crear espacios y contextos virtuales que traspasen las distancias impuestas, a involucrar a nuestros mayores en la readaptación digital y virtual, a aprovechar nichos de negocio desde el emprendimiento tecnológico, y a lograr contenidos devocionales que impacten e inspiren espiritualmente a un mundo, tan necesitado como el nuestro, de esperanza, fortaleza y fe.

Dios nos ha dado una serie de dones espectacularmente especiales, un conjunto de talentos formidables, y unos recursos sin precedentes con los que poder alcanzar con el evangelio a nuestros amigos, familiares y desconocidos. Diseñar, maquetar, dibujar, programar, componer, filmar, grabar, bailar, son solo algunos de los materiales de los que estamos hechos, y todos pueden ser empleados para la gloria de Dios incluso en medio de la situación tan lamentable que nos toca afrontar.

Jóvenes, es la hora de reaccionar a esta pesadilla que nos come la moral día tras día. Quedan tres semanas para que el estado de alarma termine, o por lo menos es lo que deseamos con todas nuestras fuerzas. Ansiamos recuperar nuestra vida anterior al coronavirus, y anhelamos volver a demostrar nuestro amor y cariño a nuestros seres queridos cuanto antes. Todo depende de ti y de mí. De nuestra obediencia civil, de nuestra fe en que esto podrá ser superado si remamos en el mismo barco, y de nuestra confianza en las promesas de Dios para sus hijos.

Que las cuatro paredes no te limiten ni te impidan ser quién eres. Sigues siendo libre en Cristo, y esta libertad no conoce ni de muros, ni de barrotes, ni de virus asesinos: “Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno.” (1 Juan 2:14)

#practicaelcaserismo

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