Texto bíblico: Josué 24:1-18

Una de las cualidades que el ser humano más atesora y a la vez más malinterpreta es el libre albedrío. Desde una óptica bíblica, poder decidir libremente ante un abanico de posibilidades y opciones, es parte de la imagen y semejanza de Dios que Él dio al ser humano en el preciso instante en el que se le sopló el hálito de vida para convertirse, de una escultura de barro en un ente viviente capaz de tomar sus propias decisiones. Este don comunicable de Dios confiere a todo hombre y mujer poder elegir su propio destino, ya que sus elecciones determinarán en gran medida el transcurso de su existencia.

Desde los albores de la creación de la humanidad, todos los seres humanos pueden escoger entre el bien y el mal, entre vivir o morir, entre actuar o detenerse, entre hablar o callar. El libre albedrío, bien entendido a la luz de las Escrituras y en correlación con la voluntad divina, procura al ser humano, y especialmente al joven, un estado de plenitud que logra su culminación en su encuentro con el Señor Jesucristo.

Sin embargo, cuando la libertad de decidir y elegir se supedita a los deseos desordenados y egoístas del ser humano, el caos toma el relevo del orden, la violencia ocupa el lugar del amor y la paz, y el pecado se enseñorea del alma humana, esclavizándola y exponiéndola a nuevos errores de apreciación en lo que al libre albedrío se refiere. Si se toman decisiones contrarias a los designios divinos, hay que tener en cuenta que será responsabilidad del ser humano el asumir las consecuencias de sus actos o palabras. Cuando contemplamos el estado lamentable en el que se encuentra nuestra sociedad, no podemos por menos que asimilar que la libertad de elección ha sido empleada de manera torcida para liberar males y libertinajes a diestro y siniestro.

Se cacarea desde determinadas instancias que cada uno es dueño de su propia vida, y que nada ni nadie debe inmiscuirse en sus asuntos decisorios, erradicando completamente a Dios de la ecuación de sus existencias. Este craso error al entender el libre albedrío ha llevado a prácticamente toda la humanidad a celebrar el individualismo más egocéntrico en detrimento de la concordia fraternal, a festejar el relativismo más irracional en detrimento de los valores absolutos que personifica Dios mismo, y a refocilarse en la decadencia moral y ética más depravadas en detrimento de vidas enfocadas y cimentadas en principios bíblicos y en la persona de Cristo.

Visto este panorama en el que nos encontramos inmersos como jóvenes y seres sociales que somos, nuestro papel de sal y luz como elementos simbólicos que hemos elegido encarnar tras convertirnos en discípulos de Cristo, se torna urgentemente relevante.

En el texto bíblico que nos ocupa ahora, Josué ha llegado a la meta para la cual fue llamado por Dios. Durante años ha liderado con vigor y firmeza a todo un pueblo sin tierra ni patria hasta conquistar los territorios de Canaán, la Tierra Prometida desde tiempos ancestrales. Como subalterno de Moisés ha tenido que lidiar con la obstinación y la tozudez de un pueblo todavía anclado a su idolatría y a su historia. No ha sido fácil para él tener que dictar normas y leyes, juzgar delitos y pleitos entre hermanos y dar aliento en tiempos de necesidad y temor.

Tras cruzar el Jordán y vencer a todos los oponentes que les salían al paso, por fin había una tierra a la que llamar hogar. Cientos de batallas y escaramuzas, murallas inexpugnables derribadas, proezas de Dios en forma de victorias sobrenaturales y mil y una experiencias sobre el poder de Dios entre toda una nueva nación se amontonan en su mente, justo cuando tiene algo importante que decir y comunicar a las tribus de Israel.

Después de enumerar las grandiosas y gloriosas hazañas de Dios a lo largo del peregrinaje a la Tierra Prometida de los hebreos, Josué desea apelar a la memoria de todas estas circunstancias del pasado para proponer una toma de decisiones en cuanto a su futuro. Josué no desea instaurar una teocracia. No es su intención obligar a toda una nación a aceptar obligatoriamente someterse bajo el señorío de Dios. No va a emplear su posición de liderazgo para imponer su criterio sobre las filias y fobias de Israel. Simplemente quiere exponer una opción de vida repleta de bendiciones, de prosperidad y de eternidad. Solo anhela presentar a Dios como el verdadero camino por el que toda la nación hebrea debería transitar para encontrar el verdadero sentido y propósito de su formación y existencia.

Al igual que en el relato bíblico, también ante nosotros alguien colocó una disyuntiva, una encrucijada ante la cual tuvimos que decidir qué hacer como jóvenes. Por eso, refrescar nuestra memoria en cuanto a ese momento decisivo de nuestra trayectoria vital, resultará en nosotros una oportunidad de analizar y valorar hasta qué punto esa decisión ha cambiado nuestras vidas y ha sido consecuente con nuestra manera de entender a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Josué quiere hablarnos desde los ecos del tiempo para aconsejarnos aquello que él mismo iba a elegir: “Yo y mi casa serviremos a Jehová.” (v. 15)

A. ELEGIR A DIOS SUPONE SER REVERENTES EN SU PRESENCIA

“Ahora, pues, temed a Jehová.” (v. 14)

Uno de los aspectos de la eclesiología cristiana que siempre me ha preocupado es la reverencia debida a Dios. Ese carácter especial y respetuoso que antaño hubo en los creyentes de acudir a la casa de Dios sabiéndose en la mismísima presencia del Creador del universo, lamentablemente ha ido diluyéndose en una especie de improvisación caótica mal denominada “espontaneidad santa”. La intensidad y el fervor en la participación del creyente en el culto se desvanecen en favor de fórmulas más pasivas y propias más de un espectador que de un participante activo.

El recogimiento y la meditación antes y después del culto, acompañado por los exquisitos acordes musicales de un instrumento, ha dado paso al murmullo inevitable del que ya está deseando salir del Templo para ocuparse de sus quehaceres dominicales. La unidad en la adoración como un solo pueblo que clama y confiesa a Dios se ha convertido en una discordante alabanza repleta de falta de interés por lo que se dice o canta. Se da la bienvenida a cultos y servicios religiosos en los que la preparación, el ensayo o el orden son eclipsados por el desorden y la improvisación más patética.

Estoy seguro de que Josué sabía lo que era permanecer reverentemente ante Dios. Tengo la certeza de que Josué no estaba aquí hablando de tenerle miedo a Dios o de una rigidez ritual a la hora de adorar a Dios. Pondría la mano en el fuego al decir que Josué, cuando participaba del culto debido a Dios, ni lo tuteaba ni menospreciaba el hecho de que la presencia directa, real y poderosa de Dios se hacía patente en medio del pueblo. El temor a Dios significa reconocer nuestro lugar como criaturas, confesar nuestra dependencia de Dios en todos los aspectos y entregar con reverencia y respeto nuestro ser en adoración y alabanza.

Sé que muchos jóvenes podrán decir que Dios en Cristo ha roto con ese tipo de barreras ceremoniales, acercándose al ser humano en la sencillez y en la proximidad. Pero yo digo que Dios es un Dios de orden que no renuncia a ser tratado en nuestra relación comunitaria e individual, como lo que es, el Rey de Reyes y Señor de Señores, único digno de adoración y gloria por los siglos de los siglos.

B. ESCOGER A DIOS SUPONE SERVIRLE ÍNTEGRA Y SINCERAMENTE

“Y servidle con integridad y en verdad… Y servid a Jehová.” (v. 14)

Escoger a Dios no se trata únicamente de sobrecogernos ante su admirable y formidable presencia en medio de la iglesia y en nuestra juventud. Si simplemente nos quedamos en una especie de arrobo o de contemplación mística de Dios, mostrándonos asombrados ante la magnificencia y majestad de su persona, y no ponemos por obra sus mandamientos y deseos, seremos simplemente como aquellos ermitaños que se aíslan en una peña alejada del mundanal ruido para pasarse las horas y los días reflexionando sobre lo maravilloso y perfecto de la divinidad. Escoger a Dios también implica arremangarse bien, poner por obra la voluntad de Dios en nuestros actos y palabras, y servirle sin dobleces ni quejas.

El servicio al que Josué apela aquí tiene dos características básicas. El servicio, esto es, la entrega y la obediencia debidas a Dios y al prójimo, debe estar presidido por una actitud de integridad. Dios no quiere siervos que hoy obedezcan y mañana se rebelen. Dios no busca siervos que solamente entreguen determinadas parcelas de su vida, para hacer con el resto lo que mejor les parezca. Dios no desea que alguien sirva interesadamente, buscando el aplauso y la alabanza de los demás.

Dios solo se agrada en aquellos jóvenes siervos que lo entregan todo a Cristo, que son capaces de sacrificar su comodidad en pro de cumplir los objetivos de Dios para su iglesia, que no dudan en ofrecer su ayuda y su auxilio a los que más lo necesitan y, en definitiva, que obedezcan la voz de Dios cuando se les requiere.

La otra característica que define el servicio a Dios es la sinceridad. El joven siervo ha de mostrarse completamente cautivado por su Señor. El joven siervo debe amar a su Señor y en gratitud por sus millones de gracias y dones, ha de trabajar con esmero y diligencia en la obra de Cristo. El verdadero discípulo y siervo de Dios es leal al cien por cien a Dios, siendo fiel hasta la muerte si es necesario. Ninguna otra motivación ha de impulsar al verdadero siervo de Dios. Ni la obligación, ni la imposición, ni la tradición, ni el mérito aplaudido. No nos servimos a nosotros mismos, sino solo a Dios. Solo existe una motivación para el cristiano que desea escoger servir a Dios: el amor pleno y sincero.

C. ESCOGER A DIOS IMPLICA QUITAR DE NUESTRAS VIDAS AQUELLOS DIOSES A LOS QUE ANTES SERVÍAMOS Y AQUELLOS A LOS QUE PODAMOS ESTAR SIRVIENDO HOY

“Y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto… Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otra lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis.” (v. 14)

Como jóvenes, no podemos servir a Dios con diligencia y sinceras intenciones, ni podemos mostrar reverencia y respeto a Dios, si a nuestro temor de Dios y a nuestro servicio fiel no le añadimos la erradicación completa de cualquier ídolo o dios que pueda tener influencia en nuestras vidas. Es menester arrancar de cuajo cualquier vestigio de servidumbre bajo los dictados tiránicos de vicios, pensamientos recurrentes, conductas desviadas y prácticas infames, que pudieran albergar nuestros corazones.

Tal vez no tengamos la tentación de erigir para nosotros dioses de talla o ídolos esculpidos en metales preciosos, pero sí que solemos sucumbir ante determinados diosecillos que nos apartan de la voluntad de Dios, que levantan una barrera entre Cristo y nosotros, y que minan día tras día la correcta y profunda comunión que debería haber entre nuestro Padre celestial y nosotros. Estos dioses adquieren múltiples formas, e incluso adoptan un aspecto aparentemente atractivo y bueno, pero lo único que logran es fomentar el abandono de las disciplinas espirituales y el olvido de lo que es verdaderamente importante y nuclear: Cristo.

Los componentes del pueblo de Israel todavía seguían añorando los dioses de Egipto a los que llegaron a adorar tras generaciones más jóvenes que se fueron olvidando del Dios que les llevó a Egipto de mano de José. Si leemos el Éxodo nos daremos cuenta de hasta qué punto estaban todavía aferrados a los ídolos que dejaron atrás, renegando de Dios y prefiriendo servir a becerros de oro.

Pero el peligro no estaba solamente en los ídolos de Egipto. También estaba en los dioses de las tierras en las que iban a vivir de ahora en adelante. Aunque prometieron servir a Dios ante Josué, ¿cuánto tardaron en apropiarse y adherirse a los cultos paganos de los habitantes de Canaán? Del mismo modo, nosotros, como jóvenes, podemos vernos tentados a considerar que el dinero, la posición, el sexo o el entretenimiento son valores que se hallan por encima de nuestro amor por Dios en Cristo. Sé que es difícil y duro poder deshacerse de dioses que incluso nosotros creamos, pero con la ayuda de Dios, el poder del amor de Cristo y la guía inestimable del Espíritu Santo, podremos limpiar de ídolos el camino que nos conduce a una relación íntima, comunitaria, joven y preciosa con nuestro Señor y Salvador.

CONCLUSIÓN

Josué lo tenía meridianamente claro. Sabía lo que quería porque también era consciente de que era lo mejor para él y para su familia. Es por ello que dispone un cruce de caminos ante todo un pueblo, y da ejemplo de sensatez y discernimiento espiritual dirigido por Dios, al emplear su libre albedrío en servir y temer a Dios hasta el final de sus días.

Joven, Dios hoy también coloca ante ti esta disyuntiva crucial y definitiva: ¿A quién escogerás? ¿A los dioses mudos y engañosos que no te podrán salvar en el día postrero del juicio de Dios? ¿O al Dios eterno y santo que derramará sobre ti su Espíritu para nacer de nuevo y disfrutar de la salvación en su presencia desde la preciosa etapa de la juventud?

Toma tu decisión en conciencia. Yo ya tomé la mía: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”.

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