Por Emilio José Cobo, Pastor y Director Ministerio de Juventud UEBE

Texto bíblico: Efesios 6:1-3

Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

Seguramente habréis oído noticias acerca de un programa de televisión que se emitía hace algunos años llamado “Hermano Mayor”. En este espacio televisivo una persona especializada en el trato con adolescentes se enfrenta a realidades familiares flipantes. La dinámica del programa comienza con una exposición del caso con imágenes y sonidos vergonzosos en los que unos jóvenes agreden verbal y físicamente a sus padres.

A continuación, aparece el “hermano mayor”, el cual tratará por distintos medios hacer que el rebelde adolescente asuma responsabilidades, exprese sus frustraciones y libere todo el rencor dirigido hacia los padres. Por fin, este reality show termina con una reconciliación emotiva entre padres e hijos. Sin duda, este programa refleja demasiado bien la clase de hogares que tenemos en España. Poco a poco, aquel respeto debido a los padres por parte de los hijos se ha ido desvaneciendo y erosionando, provocando entornos familiares en los que la desafección y los malos modos son el pan de cada día.

Vivimos tiempos sombríos de declive en la institución de la familia. Sin darnos cuenta, aquellos valores absolutos que se relacionaban con las relaciones entre padres e hijos se han ido devaluando de manera lamentable. La inclinación natural del ser humano a pecar ha llevado a que los miembros de las familias se enfrenten entre sí de forma violenta.

Por otro lado, la proliferación de modelos familiares desestructurados ha propiciado confusión en la mente de unos hijos que viven bajo el paraguas maltrecho de padres sin principios éticos definidos. La familia cristiana tiene que navegar en estas aguas infestadas de tiburones en forma de modas, supuestas tolerancias intolerantes y presiones culturales relativistas, y solo en la Biblia es posible encontrar aquel paraguas espiritual de la autoridad de los padres que permita criar a los hijos según valores como la obediencia y el respeto por sus mayores.

Los hijos deben mostrarse sensibles a la sabiduría y guía de sus padres. Este paraguas de la autoridad parental ayudará a que los hijos crezcan, se desarrollen y maduren bajo la protección que brindan las enseñanzas prudentes de prevención, bajo el asesoramiento incansable de la voz de la experiencia y bajo la dirección de la disciplina amorosa de los progenitores. El hijo debe obedecer a los padres a través de la acción y honrarlos por medio de las actitudes correctas. Se obedece a los padres escuchando atentamente cualquiera de sus consejos y respondiendo en la vida diaria con conductas coherentes con la lección recibida.

Esta obediencia ha de ser el reflejo de una existencia entregada a Dios, puesto que si agradamos a nuestro Padre que está en los cielos, lo consecuente será acatar las órdenes de nuestros padres terrenales (Colosenses 3:20). Los padres son una especie de delegados de Dios que buscan con cariño y justicia hacer que la vida de sus hijos sea completa y se desarrolle según los parámetros de la voluntad de Dios manifestada en las Escrituras. El único modo de que el hijo desobedezca legítimamente a la autoridad de los padres es cuando éstos quieran imponer al hijo realizar acciones que contravengan la ley de Dios, algo que se extrae de la declaración de Pedro y Juan en Hechos 4:19-20. Guarecernos bajo el paraguas de la autoridad de nuestros padres, una autoridad que surge del mismo Dios, supone hacer lo correcto.

No solo el hijo debe obedecer a los padres, sino que también es su responsabilidad honrarlos, valorando sus desvelos y por sacarlos adelante en la vida, apreciando sus vivencias y teniendo en alta estima todas sus correcciones. Este es un mandamiento que, ya en los Diez Mandamientos, está escrito en piedra con el mismo dedo de Dios (Éxodo 20:12). Dios siempre ha velado por proteger el paraguas espiritual de la autoridad de los padres (Éxodo 21:15, 17). Dios no bromeaba sobre lo que implicaba desvirtuar a los padres, considerándolo como un asunto de vida o muerte. Si los hijos respetasen a sus progenitores nuestra sociedad sería armoniosa, pero lo que vemos en la vida real es una sociedad convulsa y anárquica, fruto de una serie de generaciones de hijos indisciplinados.

Una manera en que los hijos ya adultos podemos venerar a nuestros padres es a través de la ayuda que podamos darles en su vejez, cuando ya la debilidad ha hecho mella en sus cuerpos y la fragilidad se ha instalado en sus mentes. Jesús ya habló de esta clase de auxilio a los padres tratando con los fariseos, ejemplo de lo que no se debe hacer con los padres en su edad anciana (Mateo 15:3-6). Como hijos ya adultos, hemos de seguir transmitiendo a nuestros padres nuestro cariño y amor invirtiendo tiempo y dinero en ellos, estimándolos como lo que son, un paraguas que aún seguiremos necesitando por muy mayores que nos vayamos haciendo (Proverbios 1:8).

Conforme hemos ido pasando de niños a adolescentes, de adolescentes a jóvenes y de jóvenes a adultos, nos hemos ido dando cuenta de que nuestros padres no son infalibles, pero que no por ello dejan de ser nuestra fuente de enseñanza y guía espiritual (Proverbios 4:1-4).

El paraguas espiritual de los padres logra que los hijos se desarrollen de manera adecuada en todos los aspectos. Crecen intelectualmente cuando los padres se responsabilizan de que el hijo conozca lo que necesita saber. Crecen físicamente cuando los padres se comprometen a nutrir su cuerpo con una alimentación equilibrada. Crecen socialmente cuando reciben de sus progenitores en su enseñanza y ejemplo, valores como la solidaridad, el amor hacia el prójimo y la capacidad de aceptar las circunstancias adversas como parte del proceso madurativo. Crecen espiritualmente cuando los padres despliegan ante sus hijos a Dios, su carácter, su amor y su buena voluntad para con ellos, y cuando ya estos hijos son mayores, les presentan el plan de salvación en Cristo.

Si los padres actúan como ese paraguas espiritual que Dios pone sobre la cabeza de los hijos, la vida será mejor y viviremos muchos más años en paz y armonía.

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