Por Emilio José Cobo, Pastor IEB Carlet y Director Ministerio de Juventud UEBE

Texto bíblico: Romanos 13:1-5

Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y serás alabado por ella, porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para hacer justicia y para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.

 

Estamos inmersos en un proceso pandémico que nos afecta a todos como ciudadanos. La falta de previsión, de transparencia y de indicaciones coherentes han ido carcomiendo a las autoridades logrando crear una imagen negativa de lo que supone ser servidor público. Ante las negligencias de algunas administraciones, muchos jóvenes se han indignado contra cualquier medida que éstos propongan, ya que éstos están hastiados de tanta injusticia, politiqueo e intereses partidistas. Esto ha propiciado que muchas personas estén abogando por la desobediencia civil o por una rebeldía abiertamente demostrable contra las leyes y las fuerzas de seguridad del Estado.

Como jóvenes discípulos de Cristo que siguen su ejemplo en todos los ámbitos de conducta, y participantes de la vida social, no debemos adoptar una postura de insumisión. Pablo nos señala este extremo en el primer versículo de nuestro texto propuesto. Quizá nuestro gobierno no sea el más perfecto del mundo, sobre todo porque está formado por seres humanos sujetos a la erótica del poder, pero lo que sí deja clara la Biblia es que, aun así, han sido legitimados por Dios.

Nuestro papel como jóvenes no es el de rebelarnos contra las indicaciones de las fuerzas del orden o gritar consignas de desprecio. Nuestro rol en la sociedad en la que nos movemos ha de ser la de convertirnos en jóvenes ciudadanos que busquen vivir vidas pacíficas que muestren un testimonio efectivo de nuestra adhesión a la causa de Cristo. Ser joven, ciudadano y creyente es una misma realidad si nos atenemos a los modelos bíblicos. El mismo Jesús se convierte en un referente en este sentido cuando vemos que en ningún instante se resiste a las autoridades civiles por muy injustas que pudieran ser.

Nuestra conducta para con el gobierno civil debe ser de obediencia plena a las leyes y de respeto hacia los que las elaboran y hacen cumplir, puesto que consideramos que todos ellos son, de algún modo, agentes de Dios que contribuyen a mantener el orden, el bienestar y la justicia en nuestra sociedad, con todos los defectos que puedan cometerse en el desempeño de sus responsabilidades.

El hecho de ser obedientes a las leyes y de respetar el orden establecido democráticamente no impide que como iglesia denunciemos con contundencia y firmeza el error, la insolidaridad y la inmoralidad que plagan nuestra sociedad. Esta denuncia, sin embargo, debe realizarse dentro de un marco legal y profesando un exquisito respeto por las autoridades civiles en oración intercesora (1 Timoteo 2:1-12; Tito 3:1-2).

Por otro lado, tampoco el hecho de acatar la legislación vigente significa que estemos de acuerdo con todo lo que en ella se incluye. Mientras las leyes humanas no colisionen frontalmente con la ley de Dios escrita en su Palabra, habremos de cumplirlas sin queja. Pero cuando la conciencia no nos deja más alternativa que mostrar desacuerdo con la autoridad civil, nuestra postura ha de ser la de mostrar respetuosamente ese choque de intereses, y la de estar dispuestos a sufrir cualquier clase de pena que se derive de esta decisión de servir a Dios antes que a los hombres. Jesús expresó esta idea muy gráficamente (Mateo 10:16).

Las autoridades civiles son establecidas por Dios (v. 1b)

Debemos suponer que las autoridades civiles existen para el bien social. Dado que la autoridad procede de Dios, es preciso comprender como jóvenes que las instituciones gubernamentales han sido creadas para construir una sociedad de bienestar en la que cada ciudadano vea garantizados sus derechos y asuma una serie de responsabilidades que regulan cualquier relación entre iguales.

Este debería ser el ideal al que todo gobierno aspire en su disposición y servicio. No obstante, sabemos que el ser humano tiene cierta propensión a pecar y que ésta es explotada por Satanás para sembrar el caos en medio de las sociedades (1 Juan 5:19). Aun así, a pesar de que la maldad y el interés egoísta copan muchas de las instancias civiles, el joven creyente debe entender que todo esto es parte integral del plan de Dios para toda la humanidad.

Resistirse a las autoridades civiles significa rebelarse contra Dios con consecuencias punitivas (v. 2)

Hallamos un caso en las Escrituras que retrata a la perfección esta realidad en la que se conecta la anarquía y resistencia civil ilegal con la rebelión contra los designios de Dios. Este caso tiene que ver con Jesús, nuestro modelo de ciudadanía (Mateo 26:52). Jesús se sometió humildemente bajo los agentes del orden, aunque todo fuese una parodia, algo que no hemos de olvidar sea cual sea la clase de autoridad que gobierne.

Las autoridades civiles sirven para luchar contra el caos y fomentar el bienestar social (vv. 3-5)

Incluso los funcionarios públicos más ateos saben instintivamente distinguir entre lo que es bueno y lo que no lo es. Por eso, también comprenden que su deber es el de castigar cualquier práctica dañina y el de fomentar conductas bondadosas. En su fuero interno son conscientes de que debe existir una moralidad fundamental para que la sociedad pueda articularse sobre los pilares de la justicia, el respeto por los demás, la honradez y la paz, y por ello, no escatiman esfuerzos en construir estatutos que regulen aquellas costumbres beneficiosas para el pueblo, y así no sumirse en un estado crítico de autodestrucción social. Si no existe una serie de parámetros de justicia y de castigo del delito ocurrirá precisamente lo que Eclesiastés 8:11 describe.

La espada es el símbolo del castigo debido por la desobediencia civil, capacidad que se atribuye a los agentes de Dios para mantener el orden en la sociedad, evitando caóticas consecuencias que demolerán el estado de derecho que nos protege y que nos garantiza vivir vidas tranquilas. Pablo no tenía problema con recibir cualquier castigo que determinase un tribunal en justicia (Hechos 25:11). Nada habremos de temer de las fuerzas del orden si nos conducimos como jóvenes ciudadanos ejemplares. Si nuestra conciencia está tranquila cumpliendo la ley, ningún miedo habrá de sobrevenirnos.

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