Por Donato Hernández, Presidente UEBE
Cuando leemos, escuchamos u opinamos sobre la familia seguro que al menos nos genera cierto interés al mismo tiempo que preocupación. Estamos siendo bombardeados continuamente de información y opiniones encontradas sobre este tema. Desde otros grupos de debates se opinan sobre la pérdida de valores que existe y cómo no podía ser de otra forma, siempre sale señalada la familia. Observamos con preocupación como cada vez más, delegamos muchas funciones propias de la familia a otras instituciones y sólo nos activamos puntualmente ante comentarios o frases lapidarias que, desde los medios de comunicación, nos pueden atacar como miembros de la misma. Este concepto cada vez queda más diluido. La familia puede ser quien quiera, con cuántos quieran y de la forma que quieran. “Los amigos son la familia que uno elige”, dicen unos. Las mascotas son de la familia, hasta el punto de humanizarlas asumiendo funciones que echamos en falta en nuestros hogares (alguien que nos escuche, que nos atienda, que nos quiera…). El trabajo para unos puede ser su familia, para otros pueden ser los seguidores de sus redes sociales, con los que chateamos e invertimos nuestro tiempo. Hasta los asistentes de voz y aplicaciones tecnológicas nos acompañan como si de familiares se tratara.
¿Qué nos pasa? ¿De verdad los tiempos cambian hasta el punto de plantearnos que los conceptos bíblicos aprendidos han de ser revisados? Es oportuno no olvidar que cuando vienen tiempos difíciles, nuestra única fuente de consuelo y paz debe estar en la Escritura. Es necesario saber lo que dice. Porque Su Palabra siempre permanece, no cambia. Es entonces cuando podemos respirar al confiar en el aconsejo y la instrucción que, incluso nos redarguye. Nos resetea y nos recuerda que nuestro Padre es quien es, y que estamos en este mundo con el propósito de orientar al perdido, dar vista a los ciegos, sanar a los enfermos, por medio de la Palabra Viva, Cristo (Lucas 4.18). Este mundo necesita de claridad que sólo la Palabra da. Si queremos ser sinceros, antes debemos tener claro lo que pensamos, sentimos y hacemos, actuando conforme a la Palabra de Dios, y viviendo ésta en nosotros para que podamos, ahora si, dar lo que tenemos.
Creo que es momento de ser críticos porque vivimos en un mundo que desconocemos. No estamos contextualizados (en ocasiones por descuido, pero en otras por desinterés), preferimos tener nuestro culto, nuestro grupo, a adentrarnos en un mundo tan cambiante que en ocasiones nos hace sentir que siempre llegamos tarde. Y digo que nos hace sentir, porque es un sentimiento, pero no debe convertirse en una realidad. Solos no podemos, por eso debemos trabajar en equipo. Es ahora cuando el empoderamiento, permítanme esta expresión, de la Iglesia debe mostrarse. La iglesia de Cristo hoy. Hemos hablado críticamente, pero es necesario ser consecuentes. Más tiempo en familia, más tiempo de calidad y cantidad posible. Igualmente, las familias deben ver a las iglesias como lugares seguros, así como nuestros hijos ven nuestros hogares.
Recientemente escuchaba esta pregunta: ¿Que es más importante, los hijos o nuestra relación de pareja? Muchos responderían que nuestros hijos, y a priori puede estar bien, pero la reflexiva respuesta argumentaba que deberíamos invertir en relaciones de parejas estables, fortaleciendo nuestros matrimonios, pues así nuestros hijos se criarán en la estabilidad del hogar, a través de sus padres y madres. Desde la educación observamos como nuestros alumnos afrontan una realidad compleja y apenas pueden responder adecuadamente a ella. Y comprobamos que la inestabilidad familiar (divorcios, abandonos, desprecios, egoísmos, etc.) en los hogares les obligan a actuar cada vez peor ante los problemas. Si a esto le unimos la carencia de carácter, las personalidades debilitadas en una generación llamada “de cristal” el resultado esperado es evidente, la fragilidad.
Volvamos a la Iglesia. Creo que en ella está la clave. Es un recurso válido para la estabilidad de nuestras familias. Pero igualmente es necesario, diagnosticar cómo está. En ocasiones se convierten en espacios que dañan y no restauran. Opinan, pero no se involucran en las necesidades. Tan cerca pero tan lejos de la realidad. Nuestras iglesias deben ser restauradas y saneadas. Por ello, debemos rendirnos a nuestro Señor, interceder por nuestras congregaciones, pastores, líderes, para que el Espíritu Santo nos muestra nuestro mal obrar y volvamos a la senda de vida. Es importante que la Palabra sea nuestra guía, nuestra “lumbrera en el camino” (Salmo 119.105)
Hasta ahora hemos sido críticos, pero también es oportuno ser constructivos, dando un paso al frente y a la vez, avanzando con medidas adecuadas a nuestro tiempo y complejidad familiar. Sin dejar nuestros principios bíblicos. Con soluciones que por otro lado deberán ser variadas, actuales y con una intención de revisión continua, tal cual nos recuerda el salmista:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad,Y guíame en el camino eterno. (Salmo 139. 23,24).
Hemos citado a la persona, a la familia, a la iglesia y cómo no, también a nuestra Unión. Es el momento de asumir nuestra responsabilidad y unirnos como UEBE. Primero en oración intercesora por nuestras iglesias. Recientemente hemos estado intercediendo por medio del Ministerio de Iglesias en Desarrollo (MID). Damos gracias a los responsables de este ministerio por desarrollar esta labor tan necesaria. Segundo, estudiando la Escritura, y humillarnos para que nos cambie, y revolucione nuestro trono, y éste sea Cristo y sólo Cristo. Y tercero, trabajando, cuidando y restaurando las relaciones humanas en nuestras iglesias, desde el Amor. Amando al hermano como demostración sincera de que amamos a Dios. Buscando el bien común desde el consejo bíblico y no desde nuestras experiencias y percepciones. Dejando a un lado los malos pensamientos evitando que aniden. Si quieres que otros cambien, empieza tú cambiando.
Pero ¿sabes lo mejor? No estamos solos. Dios nos ha regalado la Unidad, a pesar de nuestra imperfección, pero con el perfecto vínculo del Amor que es Cristo. Podemos crecer juntos como Unión Bautista. Esto tendrá un efecto hacia nuestras iglesias y familias. Al mismo tiempo también será recíproco. Por cierto, es momento de recordar que en nuestra próxima Convención elegiremos al primer/a director/a del Ministerio de Familia, recién aprobado en octubre de 2021, un recurso para nuestras congregaciones y familias.
Por último, es importante que entendamos que en esta ecuación Dios es la contante, y tú y yo podemos unirnos para sumar y avanzar en busca del resultado que Dios desea de su pueblo: “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17.21).

