Por Donato Hernández, Presidente UEBE
La vida está compuesta de momentos, unos inolvidables, otros inevitables, otros que enmarcaríamos para recordarlos cada día. Si echamos un rápido vistazo a nuestra historia seguro que podríamos mencionar algunos sin apenas esfuerzo. Son experiencias que nos marcan y que en ocasiones nos definen. Algunos más cruciales a simple vista (estudios, trabajos, bodas, nacimientos, bautismos, vacaciones…). Otros inesperados (nuevas amistades, experiencias, etc).
¿Cuántas veces has estado en un lugar especial, único? Seguramente has querido retratarlo con una instantánea, subirla a las redes, y ocasionalmente recordarla con ilusión, incluso con algo de nostalgia. Ese momento se singulariza con una circunstancia determinada. Personalmente estoy convencido que estos momentos pueden provocarse, planificarse, aunque en ocasiones también sean espontáneos y fortuitos.
Otra pregunta, ¿cuántas veces has oído que el tiempo es oro? Honestamente, creo que el tiempo es oro sólo cuando lo valoramos y lo dedicamos entorno a un propósito. Nuestro tiempo adquiere valor en base a cómo lo invertimos. Esto le da sentido y nos enfoca hacia nuestros propósitos. Si lo miramos desde otra perspectiva, el valor de algo está en el tiempo que le dedicas. Sólo inviertes tiempo y esfuerzo en aquello que amas. Como dice la escritura, «Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6:21 NVI). Además, los momentos vividos cobran especial mención cuando en ellos hay esfuerzo, ilusión y expectativa.
Cada momento está definido por un tiempo, un valor, un lugar, etc., los cuales se unen en un proceso que podríamos definir como vital. Podemos decir que estos momentos construyen un propósito. Veamos el siguiente ejemplo. En el caso de un deportista su vida profesional tiene siempre un antes y un después de cada momento. De hecho, está construyendo una secuencia de momentos que persigue su propósito, su meta. Y cuando la alcanza ésta se supedita a la siguiente. Es necesario pasar por una serie de circunstancias que en su conjunto hacen el camino. Cada momento, alegre, triste, duro o inevitable aporta sentido a su carrera, a su vida. Podríamos decir que son necesarios para formarlo como profesional. Invierte tiempo, evita unas cosas (alimentación, ocio, descanso…) y se esfuerza en otras (entrenamientos, rutinas, hábitos…) para conseguir su meta. Todo deportista sabe que su esfuerzo, tiempo y pasión por lo que hace no siempre será comprensible para todos, pero eso no lo frena a avanzar.
Lo mismo ocurre con otros profesionales (escritores, científicos, pensadores, etc.). Estos consideran que el valor de las cosas se establece en función del tiempo que dedicas y la pasión con la que las realizas. No se sabe cómo, pero llega el momento adecuado, cuando puede recrearse, disfrutar y observar el valor de lo alcanzado y esto produce una satisfacción que compensa todo esfuerzo. Cuando ocurre, recuerda cada momento vivido que fue significativo. Piensa: «¡Ha valido la pena!»
El apóstol Pablo nos recuerda que la carrera del cristiano es como la de un atleta, que debe superar obstáculos, mantener constancia, disciplina y pasión en lo que hace para obtener el premio final. En ocasiones, aparecerán momentos determinados, únicos, que nos ayudarán a avanzar, a crecer, como persona, como cristiano, como pueblo. En el caso de un pueblo, esos momentos deben ser en comunión. Un pueblo no puede mejorar si no es capaz de crecer o convivir en grupo. Es necesario compartir, juntos en armonía, donde aceptamos nuestras diferencias, las respetamos, pero éstas no impiden el crecimiento, al contrario, ayudan en nuestra madurez.
Llegados a este punto es cuando experimentamos momentos que, aunque a simple vista no lo parezcan, son manantiales de bendición que Dios regala a su pueblo, y es por ello que para el pueblo cristiano adquieren un aspecto crucial y relevante en la sociedad. Creo que este momento especial es nuestro Centenario. Hay familias que están realizando grandes esfuerzos por estar, se han privado de muchas cosas por estar presente en nuestra convención, recorrerán mucha distancia, dentro y fuera de nuestro país. Me consta que hay iglesias que igualmente se han esforzado y han priorizado este evento irrepetible. Llegará una bendición especial que solo podremos recibir los que estemos allí, y tendrá una repercusión en nuestras congregaciones.
En este caso será un momento anhelado y planificado. Hemos volcado ideas, tiempo, esfuerzo, reuniones, sinergias, debates, etc. Pero en todo se expresa el deseo de disfrutar juntos. «Mirad cuan bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía» (Salmo 133:1). El deseo de separar un tiempo para encontrarnos, saludarnos, y compartir. Dando valor al reencuentro, a la unidad, para disfrutar, para crecer y fortalecernos juntos. ¿Te parece poco?
Este es el propósito de nuestro Centenario. Una celebración de gozo, unidad y testimonio. Para valorarnos los unos a los otros además de lo que nos valoran nuestros hermanos de las otras iglesias. Es gratificante comprobar que otros, externos a nuestra familia bautista, nos reconozcan (y mucho), pero es especialmente restaurador que nos reconozcamos y que nos amemos los unos a los otros como lo hizo nuestro Señor. Una ocasión para amar como familia bautista con hechos y palabras.
Un tiempo para valorar nuestro pasado, valorar la obra de nuestros antecesores, su lucha y tesón. Pero también para extendernos hacia el futuro, a nuestros hijos/as. Es el momento de invertir tiempo, poniendo en ello nuestro corazón como Unión, nuestro propósito en la vida, redescubrir el amor especialmente por lo hermanos de la fe, (permitidme la licencia) «los bautistas». Estoy convencido que este Centenario será un punto de inflexión hacia el crecimiento. Queremos crecer juntos, amarnos por medio de la unidad, aceptar nuestras diferencias y aprender a convivir en una nueva andadura. Nunca antes una convención de nuestra Unión Bautista facilitó una oportunidad tanto como en esta ocasión. Seguro, si Dios lo permite, tendremos otras oportunidades de gestionar los asuntos de la Unión, pero es en esta ocasión que tendremos un momento especial donde disfrutaremos juntos adorando a nuestro Señor, deseando como familia otros cien años siguiendo a Jesús.
Gracias a Dios por darnos esta oportunidad, para que el mundo vea cómo nos amamos. Gracias por cada uno de los inscritos, de los que están pendiente a realizarla, y de los que desde su lugar de origen oran para que sea un tiempo de bendición para nuestra Unión Bautista. Gracias por el esfuerzo, pasión e ilusión que se observa desde la organización, desde las iglesias, desde cada uno de los hermanos que con tanto cariño esperan este evento. Gracias por cada uno de los ministerios, por su esfuerzo, por aportar ilusión, tiempo y recursos.
¡Ánimo! Estoy convencido que será de mucha bendición. Yo estaré y los míos también. ¡No te lo pierdas!

