“Y tomando el manto de Elías que se le había caído, golpeó las aguas, y dijo: ¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías? Y así que hubo golpeado del mismo modo las aguas, se apartaron a uno y otro lado, y pasó Eliseo” (2 R. 2:14).
Los tiempos actuales son días de crisis, que afectan de uno u otro modo a muchos. Este problema alcanza también a la Iglesia, generando desaliento, falta de crecimiento firme. Las victorias espirituales y la extensión del Reino de Dios, parece que se han detenido. Algunos se preguntan por qué no actúa Dios ya que se trata de las vidas de los suyos y de Su misma obra. Por esta razón tomo el texto del principio, en el que encuentro una situación, una necesidad y una solución.
I. Situación.
Los tiempos de Elías eran de decadencia espiritual. El rey Acab fue uno de los peores reyes de Israel, en cuanto a fidelidad a Dios. La idolatría se había apoderado de la nación y todo el pueblo claudicaba entre Jehová y Baal. Así lo hace notar la Escritura: “Porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam, hijo de Nebat, y tomó por mujer a Jezabel, hija de Etbaal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal y lo adoró” (1 R. 16:31). Esa boda fue política y contraria a la voluntad de Dios.
Jezabel se propuso no solo que se adorase a Baal, sino que se dejase de adorar a Jehová. Para ello, entre otras cosas, determinó matar a todos los profetas, de modo que quienes salvaron sus vidas fueron escondidos por Abdías en cuevas. En medio de ese caos, Dios levantó a un hombre fiel, Elías, cuyo nombre significa Mi Dios es Yahve y que hizo honor a ese nombre.
La fidelidad de Elías tenía una base, la relación personal del profeta con Dios. No se puede ser fiel al Señor sin conocerlo. Lo conocía como el Dios de la soberanía (1 R. 17:2-6). Decir que es Soberano es afirmar que tiene todo el poder. Él puso la creación al servicio de su profeta. Abrió una cueva para servirle de habitación donde esconderse (v. 3). Ordena a las aves que le traigan alimento (v. 4). Pone el arroyo para que tenga agua (v. 4a). Cuando toda esa provisión termina, manda a una viuda que lo mantenga (17:9). Todo ello es asombroso a los ojos de los hombres. Es también nuestro Dios personal.
Lo conocía también como el Dios de la fidelidad. Le manda presentarse ante quien buscaba su vida y le pide un acto de fidelidad ante todo el pueblo (17:21). Dios le había prometido cuidarlo y preserva su vida, porque es fiel.
Para Elías era también el Dios de los milagros. Su vida está rodeada de hechos admirables de Dios. Actuó enviando sequía a toda la nación (17:1), ahí están también los mencionados antes, aves que lo alimentan (17:4-6); el aceite que no se agotaba en casa de la viuda (17:8-16); el milagro de la resurrección del hijo de ella (17:17-24); el milagro del fuego sobre el altar (18:38); el portento de la lluvia luego de la sequía (18:41-45); luego el de la separación de las aguas del Jordán para que lo cruzase en seco (2 R. 2:8).
Era además el Dios de la restauración. Un tremendo desaliento, realmente una fuerte depresión vino a ser su experiencia y no quería seguir viviendo (1 R. 19:3-4). Se sentía solo. Su depresión era notable (v. 4). Dios interviene para que no se sintiese solo, asegurándole que otros muchos serían fieles junto con él. Elías era fiel a Dios, porque Dios era todo para él.
II. Necesidad.
La pregunta se convierte en oración: “¿Dónde está el Dios de Elías?”. Esta es nuestra gran necesidad. El Dios que ha hecho todo por Elías, lo puede hacer también con nosotros hoy. Sin embargo, lo mismo que Elías, necesitamos un conocimiento de Él para mostrar compromiso de vida.
Es necesario que Lo conozcamos como el Dios de la soberanía. Soberano en todo. Soberano en la historia para que no nos amedrentemos en medio de los graves problemas de nuestros días. Dios pone a Sus ángeles a nuestro servicio, como herederos de salvación (He. 1:14). La doctrina de la soberanía es cuestionada y poco predicada. Dios es soberano en salvación, desde Su eterna planificación (Hch, 2:23; 4:27-28; 2 Ti. 1:9), pasando por la ejecución (Gá. 4:4) y culminando con su aplicación (2 Ti. 1:9).
Debemos conocerlo como el Dios de la fidelidad. Es poderoso para guardarnos fieles en medio de una sociedad corrupta, y de una iglesia que claudica en la fe. Permitirá que pasemos por pruebas, pero dará provisión para superarlas (1 Co. 10:13). En los momentos cruciales de la angustia personal, tenemos la promesa de Su compañía (Sal. 91:15). ¿Estamos en un momento crucial? Esta es la oración: “¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?”.
Es necesario conocerlo como el Dios de los milagros. A lo largo de nuestras vidas hemos visto el cumplimiento de Sus promesas. Nuestra salvación y la de los que están recibiendo a Cristo en nuestros días son milagros admirables de Dios, que está siempre a nuestro lado y nos alienta.
Podemos conocerlo también como el Dios de la restauración. Se ha revelado a nosotros en esta dimensión, restaurándonos cada vez que nos hemos alejado de Él, buscándonos como el Pastor a la descarriada, para alentarnos y ayudarnos en nuestros problemas personales. En el momento en que mi pie tropieza e incluso caigo, tengo la seguridad de que Él no deja caído al justo.
III. Solución.
Esta es la oración que necesitamos: “¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?” La respuesta es firme, está aquí, entre nosotros, aunque tal vez no le estemos viendo en plenitud. Sin embargo, puede manifestarse poderoso, para lo que es necesario cumplir la condición como hizo Eliseo: “Del mismo modo”. El Dios de Elías se manifiesta cuando hagamos las cosas “del mismo modo”. Hay un camino inalterable: “Así dice Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cual sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Jer. 6:16).
Dios nos enfrenta con la responsabilidad de regresar sin condiciones a la esfera de la correcta relación con Él. Dejar que conduzca nuestros pasos. Seguirle con fidelidad. Amar y honrar su Palabra. Vivir la experiencia de una vida de oración. Disposición a la entrega sin reservas. En ese modo de vivir tendremos la presencia y manifestación de Dios actuando en nosotros y conduciendo Su obra.

