El pasado 21 de abril tuve el honor de pronunciar una conferencia sobre este tema en la sede de la Fundación Sicómoro, de la que ahora se me solicita el presente artículo, que, en razón de su enjundia y del espacio disponible, me veo en la responsabilidad de dividir en dos: en este primero dejaré planteada la situación para abordar posibles respuestas éticas en un segundo.

Quiero que mis gratitudes sean públicamente manifiestas a nuestro Secretario General, D. Daniel Banyuls, por esta invitación, y a la Dirección del ECO que tanto amé desde mis ya lejanos tiempos de presidente de la Comisión de Educación y Propaganda por hacerme sitio. En este capítulo de gratitudes, no sería honesto por mi parte olvidar el gesto de esta Fundación, dedicada al estudio de sistemas y a la promoción de la cultura, en la persona de D. José María Fuster, su Patrono, y Dña. Maite Agujetas, su Directora, al invitarme a ser ponente y por el trato recibido, sumado al hecho de publicarme en dos tomos mi tesis doctoral «Origen y vigencia de la ética civil, y lugar social de lo Sagrado en tiempos de post-secularidad. Crisis de la ética y aportaciones del pensamiento teológico», ya en prensa.

Es tiempo de reflexionar ante el deslumbre de los avances de las nuevas tecnologías de la información y la crisis de la ética. Pocos, salvo los creyentes, viven su fe hecha conducta, y la ética autónoma, nacida bajo el impulso de la Modernidad, ya sin ninguna referencia a Dios, es inoperante y siempre llega tarde.

Se venía anunciando, desde los días de Ortega y Gasset, la “pérdida del pasado” a manos de la velocidad de innovación; Toffler nos había hablado del «Shock del futuro», y su «Tercera ola» tecnológica y del conocimiento, de posterior publicación, borraría como un tsunami muchas formas de vida. En su «Cambio de poder», ejercido ahora desde ese conocimiento, nos señalaba que las nuevas tecnologías ejercerían una forma de violencia de “guante de seda”. Más tarde, fue Babelia quien dio el toque de rebato, en aquel 20 de enero de 2017, al hablar de «Un futuro sin porvenir» y pregunta en su «lead» «¿Qué hacer cuando el mañana ha dejado de ser sinónimo de progreso?» La revista sugería 24 libros. El primero de la lista era el de Yubal Noah Harari, titulado «Homo Deus, Breve historia del mañana», donde su autor, al tiempo que confiesa que se trata de poner al hombre en el lugar de Dios, da cuenta de sus resultados: «Estamos en el umbral de una revolución trascendental. Los humanos corren el peligro de perder su valor porque la inteligencia se está desconectando de la conciencia, la inteligencia es obligatoria pero la conciencia es opcional […] los humanos deben mejorar activamente su mente si quieren seguir en la partida» (pp. 341-384).

Si la inteligencia, apropiativa o instrumental, deja de lado la conciencia, la «syneidesis» griega, el con-saber-con Dios, su “dialogicidad holística” que busca la comprensión de las diferencias y su integración en la totalidad del significado, vendrá a ser como aquel Prometeo convertido en su propio cuervo devorando sus entrañas. La solución de Harari es que el ser humano desarrolle su inteligencia dotándola de las extensiones cibernéticas que sean necesarias. Por mi parte sostengo que, junto a su inteligencia, propiamente humana, debe abrirle camino su conciencia ética y moral.

Si, atendiendo a José Luis López Aranguren, ética era «êthos», con la letra «heta» inicial, y significaba “residencia o morada, lugar donde se habita”, que luego Heidegger residenció en el ser del hombre, su «desde», el núcleo más auténtico de su ser desde el cual comparece y actúa, y con la letra «épsilon» significaba «costumbre o hábito», una conducta al hilo de lo que se lleva, parasitaria y porosa, ausente por acomodo de capacidad de interpretación, tal forma de conducta queda fácilmente afectada por lo que la Dra. Teresa López Pellisa, docente e investigadora en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha calificado como «metástasis de simulacros» en su libro «Patologías de la realidad virtual. Cibercultura y ciencia ficción», contradiciendo con ello a Erik J. Larson en su obra «El mito de la inteligencia artificial». La inteligencia artificial no es un mito que carezca de la capacidad de abducción, aunque la palabra le venga como un guante porque «mito», del griego «mys», es aquello que esconde, en este caso un temible poder bajo máscara atractiva, poder que hay saber utilizar y controlar.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han nos avisa del desembarco de la «infocracia», donde la meritocracia será sustituida por la mediocracia y lo relacional y social quedará afectado por la quiebra de los vínculos, la simulación y la disuasión. Si tal cosa se impusiera, toda relación será ficcional, tangencial y recambiable. De suceder así, la mente y el cerebro humano entrarían en la dinámica abductiva donde, según López Pellisa, inmersión-interacción-imaginación se retroalimentan en eso que Baudrillard ha calificado como «desierto de lo real». El espacio digital, dotado de poder de abducción, dominaría el espacio real donde habitamos y el mental que cada uno se fabrica, viene a decir nuestra autora, por cuanto crea, «entornos inmersivos, interactivos y polisensoriales, […] realidades sintéticas para las que no existen antecedentes reales», espacios de fuga, mundos abiertos con los que se puede interactuar y responden al deseo del usuario, de los que, vuelto a la realidad, condicionados por la experiencia reiterada, el problema es que sigas siendo tú, según Benjamin Woolley en su trabajo «Universo virtual».

Personalmente me preocupa el poder de la seducción y de la colonización que implante condicionamientos. No el ejercido de los benéfico en áreas como la docencia o la sanidad, sino en la perversión y en la fabricación de la mentira: a las «fake news» le han seguido las «Deep fake», la creación de imágenes sintéticas y la manipulación de rostros. Lo beneficioso puede ser usado con fines malignos. Cuando Slavoj Zizek habla de «Matrix o las dos caras de la perversión», sabe de lo que habla. Se trata de construir máquinas que imiten o superen el cerebro humano, y aprendan de sí mismas. Del peligro que ello supone ya hablaba, en mis lejanos 1996, Frank J. Tipler en su «Física de la inmortalidad»; en 2011 Nicholas Carr en su obra «Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes»; y más recientemente, el neuro-científico Javier de Felipe en su «De Laetoli a La Luna. El insólito viaje del cerebro humano».

He leído la entrevista al Dr. Charles Sierra, Presidente del Instituto de Investigación de Inteligencia Artificial del CSIC, y Presidente de la Asociación Europea de Inteligencia Artificial, cuando anuncia la creación de realidades paralelas desde “la nube” y la inteligencia artificial generativa, invitándonos a distinguir entre credibilidad y confiabilidad; he sabido de la existencia del «chatGPT», posterior a la lectura de mí tesis, digámoslo porque alguno, fuera del círculo de los que me conocen, se extrañaba de que un hombre de 80 años pudiera escribir una tesis «cum lade» de 800 páginas en un año, por unanimidad del Tribunal, a olvido del aspecto beneficioso que tuvo para mí el confinamiento y la disposición de una selecta biblioteca. Este chat es capaz de crearte un libro o una tesis doctoral en un periquete, tanto que las instituciones académicas están pensando en restablecer los exámenes orales; la creación de armas letales de acción remota y de robot asesinos, programados para matar, en contra de las leyes de Asimov; la acción de los hacker; el sistema Pegasus… La malevolencia y la mentira nos invaden. Da que pensar cómo Nicholas Carr concluye su «Superficiales»: «[…] al confiar en nuestros ordenadores para intermediar en nuestra comprensión del mundo, nuestra propia inteligencia se aplana y se convierte en inteligencia artificial».

Yo tengo claro que diversidad y complejidad son dos consecuencias de la dinámica de la Modernidad. Escucho decir a Habermas que existe una imprecisión entre «la naturaleza que somos y la dotación orgánica que nos damos», porque si Ortega y Gasset hablaba de «ortopedia” cuando se refería a la técnica, es decir, de prolongaciones artificiales de sí mismo que el ser humano construía, podría darse el caso que tal artificiosidad constituyera naturaleza que nos hiciera artificiales. Habermas retoma el asunto al señalar que «[…] urge preguntarse si la tecnificación de la naturaleza humana modificará la autocomprensión ética de la especie de manera que ya no podamos vernos como seres vivos éticamente libres y moralmente iguales orientados a normas y razones».

El nuevo antropoceno ya está dentro. Peter Sloterdijk, en sus «Normas para el parque humano», levanta la pregunta: «¿Qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de la domesticación del hombre?»; Fukuyama, en «El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica», comparte el diagnóstico. Me parece muy sugerente su distinción entre «terapia y perfeccionamiento», porque aplicar la I.A. a la producción de terapias que reparen o reconstruyan daños humanos (recientemente hemos visto su aplicación como técnica no invasiva para un trasplante de pulmón), es algo que considero muy positivo, pero usarla para potenciar artificialmente cualidades humanas, como seres antropo-técnicos, es lo que lleva a Fukuyama a preguntar «¿dónde ponemos los límites a los nuevos desarrollos tecnológicos? ». Pero llegados a las 1300 palabras que como tope se nos asignó, esa respuesta de la ética queda pendiente de otra colaboración. El problema está sobre la mesa.

 

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