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Por Rubén Bruno, Presidente UEBE

Ya un año tras esta pandemia que nos ha cambiado. Y quizás deberíamos preguntarnos por qué hemos cambiado, ya que no deberíamos haber cambiado sino sido transformados en mejores cristianos, dando lo mejor de cada uno de nosotros o quizás mejor: compartir a ese Jesús que vive en nuestro corazón.

Al principio todos salían y aplaudían (y no digo aplaudíamos porque yo no lo hacía) a los sanitarios y otros colectivos que luchaban en primera fila, cuidándonos de la pandemia.

Muy pocas veces aplaudimos a nuestros pastores, a nuestros directores de ministerios y miembros de nuestra Junta Directiva, a nuestros misioneros; tampoco lo merecíamos ni lo buscábamos, aunque todos hicimos un gran esfuerzo, sobre todo nuestros pastores.

Muy pocas veces o ninguna nos acordamos de nuestra Llar d’Avis en Vilafranca, del hogar de ancianos y el colegio en Xàtiva, del colegio Alfa y Omega en Denia, de nuestros centros de rehabilitación y acogida: La Casa del Alfarero en Albacete o El Camino en Lorca, tampoco de nuestra Facultad, sino que nos centramos y preocupamos por nuestro bienestar propio.

Primero los aplausos, luego llegó el Zoom que comenzó a dominar nuestros cultos, nuestras reuniones, nuestra Convención; y lo hizo de tal manera que casi somos expertos cuando nos sentamos delante de la pantalla.

Y tras esta reflexión, quizás no muy acertada, me traslado a los evangelios que me transportan a la vida de Jesus, y al hacerlo me doy cuenta de que no podemos ni debemos cambiar, sino ser transformados a su imagen y semejanza, ser sus discípulos.

Y ser sus discípulos significa que aprendemos de nuestro Maestro, que aceptamos los conceptos y la enseñanza de nuestro Maestro, que nos adherimos a Él, que vivimos con Él y para Él.

El Señor era cercano a todos, tocaba a los leprosos, comía con cobradores de impuestos, daba de beber a los samaritanos, alimentaba a las multitudes, perdonaba a quienes le crucificaron, pues realmente sentía compasión por todos y cada una de esas personas que sufrían en sus particulares circunstancias.

Y gracias a Dios nuestras iglesias, esto es cada uno de vosotros, han mostrado ese lado bueno, como no podía ser de otra manera. Hemos seguido predicando el evangelio, continuando con nuestros proyectos evangelísticos a pesar de todo, ajustando nuestros programas a las restricciones que vivimos.

Hemos estado atendiendo al necesitado tanto física como psicológicamente, y por supuesto espiritualmente, repartiendo alimentos y ayudas a los necesitados.

Aunque de cara adentro, seguimos con problemas de protagonismo, con falta de perdón y reconciliación entre nosotros. Predicamos la verdad, y que esa verdad nos hace libres, pero tristemente en esa libertad que tenemos escogemos no perdonar, elegimos culpar, decidimos no restaurar, hacemos justicia.

Sin embargo, el Señor nos llama a algo totalmente diferente:

«No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Rom. 12:2).

«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes» (Ef. 4:29).

«Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef. 4:31).

Así que queridos hermanos, os ruego que nos dejemos de esperar aplausos y reconocimientos, pues toda la gloria es para nuestro Dios, y que nuestro corazón desconecte el Zoom, y nos acerquemos a nuestros hermanos con amor y respeto, con humildad y mansedumbre, con perdón y gracia.

Recibid todo mi amor y reconocimiento, quedando siempre a vuestra disposición.

 

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