Por Donato Hernández, Presidente UEBE
En estos momentos, mientras intento iniciar este artículo, pasan por mi mente diversos momentos vividos en nuestro Centenario de la UEBE, los pasados días 26-28 de agosto 2022 en Madrid. Se agolpan insistentemente e intento ordenarlos, aunque no siempre es fácil. Junto a ello, se me cruza una sensación contradictoria desde hace unas semanas. Permítanme explicarme.
Por un lado, hemos finalizado nuestro Centenario, lo que me lleva a pensar en la dedicación, esfuerzo y trabajo realizado desde los diferentes equipos de trabajo y personas que han participado. La ilusión puesta en el evento, las incertidumbres, la creatividad y las formas para resolver los inconvenientes que surgieron… Cada una de las personas, voluntarios, recursos… han colaborado en este proyecto de todos y para todos. Recuerdo las experiencias vividas muy intensamente, las conversaciones compartidas, las fotos, las propuestas, y aún más fotos, problemas que se resolvían y otros que ignoramos por bien de todos. Los agradecimientos por el esfuerzo, las frases de ánimo y bendición, correcciones con amor y restauración (otras no tanto, pero comprensibles). Ese deseo de que llegara el evento se contraponía al deseo de poder clausurarlo bien, y en esto, el Señor, como siempre, nos volvió a sorprender. Todo terminó mucho mejor de lo que hubiéramos podido imaginar.
Y, por otro lado, aunque es cierto que necesitábamos descansar, una vez finalizó nuestro magno evento, también lo extrañé. Las rutinas a las que nos acostumbramos, las ganas de mejorar cada detalle o la preocupación de no olvidar a nadie. Lo extraño, no porque viva del pasado, sino por las bendiciones que se generaron y compartieron. Una muestra de ello la podemos ver en todas las imágenes y vídeos archivados en las redes sociales, con miles de reproducciones que hasta el día de hoy seguimos pudiendo disfrutar. Además, podemos visualizar detalles que no pudimos observar, y cómo otros lo vieron y sintieron, añadiendo frases que bendecían y animaban a seguir buscando una UEBE unida que bendiga y edifique. Donde sólo sea el Señor, por su Espíritu Santo, el que nos dirija. Creo que era el momento para compartir, restaurar, edificar, el tiempo de juntar piedras, el tiempo de abrazar, el tiempo de hablar, el tiempo de amar… (Eclesiastés 3:1-8).
Ha sido un proceso de aprendizaje, de comprobar que hemos superado los retos marcados, y que en un acto de fe, con trabajo, pasión y oración, comprobamos que juntos somos más y mejores. Un aprendizaje sobre cómo organizar, planificar y mejorar de cara al futuro (me refiero a futuras convenciones, porque para mí será casi imposible poder vivir el próximo Centenario). Un aprendizaje de amor a los hermanos/as. Dios nos ha regalo esta vivencia «para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:21). Ese mundo del que habla Jesús es nuestro entorno, nuestros familiares, nuestros vecinos… De manera que nuestro testimonio como Unión pueda ser correspondido al escuchar expresiones como: «Mirad como se aman».
Una palabra se repite una y otra vez, «compartir»: para la edificación, para restaurar, para unirnos, para ser una Unión. Sí, seguro que nos hemos equivocado, o pudimos haber sido inapropiados en algunas expresiones, mensajes, palabras o reacciones. Seguro que también lo podríamos haber hecho mejor, claro que sí. Pero estoy convencido que Dios no miró nuestras acciones únicamente, sino la intención de nuestro corazón al realizarlas. Y así es como debemos crecer, intentando mirar la intención del corazón del prójimo, al mismo tiempo que buscando la dirección de su Espíritu en cada cosa que desarrollamos. Todo es mejorable, pero para ello lo primero es mirar hacia nuestro corazón y que éste se dirija hacia Dios, presentándonos con el deseo de agradarle sólo a Él. Esta ha sido la única intención de todas y cada una de las personas que hemos participado. Eso es lo que agrada a nuestro Señor. «En lo poco hemos sido fieles, en lo mucho te pondré» (Mt. 25:21). Dios no necesita de nuestra capacidad, preparación o habilidades, Dios busca nuestra actitud de servicio a Él, sirviendo a otros.
Es necesario agradecer a Dios primeramente. Sin Él nada de lo realizado tendría sentido. Gracias por su fidelidad en este tiempo. Somos agradecidos por el futuro que nos prepara, aún antes de conocerlo, que seguro que también será de bendición. Y cómo no, gracias a cada participante de nuestra historia del Centenario, de nuestro presente y del futuro que Dios nos regalará. Gracias a cada uno por su extra en el esfuerzo, tiempo, complicidad, y pasión. Gracias a aquellos que cuidaron los detalles que suelen marcar la diferencias. A cada una de las iglesias y hermanos que por diferentes razones no asistieron pero que apoyaron este evento, sosteniéndolo en oración. Gracias por cada hermano/a que pudimos conocer, por los que nos reencontrábamos, por los ausentes pero que fueron testigo de lo vivido de diferentes maneras. Me hubiera agradado mucho compartir con ellos que no pudieron asistir, conocerles mejor, abrazarles y reconocerles. Y aunque en esta ocasión no pudo ser, estoy convencido que el Señor nos regalará otras oportunidades, para vernos en la próxima convención y amarnos con el amor entrañable del Señor.
No todos pensamos igual, y está bien. No todos sentimos lo mismo, es normal. No todos somos iguales, es evidente. Pero todos tenemos un mismo Señor. Somos llamados a convivir en la diversidad en Cristo, para tener un mismo sentir que dé testimonio de lo que creemos y somos. Desde el corazón y hacia vuestro corazón quiero compartir unas palabras que pretenden restaurar, edificar y fortalecer nuestra unidad en Cristo. Amémonos unos a otros, así como decimos que amamos a Dios. Amar es aceptar las diferencias, amar es entender que el otro es el primero, amar es convivir desde el respeto, amar es relacionarnos con el amor de Cristo, y como nos recuerda el apóstol Pablo, estando en sus prisiones al escribir a los filipenses, hacerlo «… con el entrañable amor en Jesucristo» (Fil. 1:8). Un amor que nace desde el profundo e intenso sentir de nuestras entrañas, que anhela, desea como una necesidad vital, el estar juntos y encontrarnos. Todo lo demás carece de importancia. Es nuestro deseo de amarnos lo que nos debe diferenciar. Lo que nos debe identificar.
Gracias, Señor, por este tiempo vivido. Sentimos Tu presencia y nos permitiste reconocerte públicamente y darte la Gloria sólo a ti. Nos has regalado 100 años donde nunca nos has dejado y te pedimos, como UEBE, otros 100 años más. Gracias. Todo nuestro ser reconoce que «Grande es tu fidelidad, siempre eres fiel». Amén.

