Por Jordi Torrents, periodista

Foto: “Pelea en la estación” (2019), de Sam Rowley

Hay imágenes distintas, osadas y capaces de romper tópicos. El fotógrafo Sam Rowley fue galardonado hace unos meses con un premio Lumix de fotografía natural que, por votación popular, otorga el Museo de Historia Natural de Londres. Repito, de fotografía natural. Sí, en una sucia estación de metro.

Rowley pasó cinco noches tumbado en los andenes del metro londinense hasta conseguir captar la imagen de dos ratoncillos peleando por un trozo de pan. Retrata, pues, un momento dramático para unos animalitos asustadizos y esquivos que nunca ven la luz del sol, que no corretean por el campo y que su idea de naturaleza se limita a unos pasillos sucios, a ruidos de vagones que desaparecen en las sombras de los túneles, a pisadas rápidas de más de dos millones de londinenses que cada día usan ese transporte y a una suciedad que todo lo impregna. Un entorno humano, urbano y duro donde la vida salvaje apenas se percibe, pero que sobrevive y que se asoma de forma fugaz y tímida para conseguir comida que no es más que algún resto de bocadillo apresurado o de una bolsa de patatas mal abierta.

El fotógrafo estadounidense Emmet Gowin dijo que la fotografía se basa “en encontrar algo interesante en un lugar ordinario”. El mismo Gowin pasó años de su carrera retratando únicamente a su familia en un rincón boscoso de Virginia, buscando belleza en la observación, en la cercanía, en espacios tan cercanos que requieren ser vistos desde varias perspectivas. Tal como hizo Rowley en el metro.

Rowley competía con imágenes más espectaculares (y preciosas) como la de un jaguar que captura una anaconda o la de la mirada entre un cuidador keniano y un rinoceronte. Pero ese breve y efímero segundo de la trifulca entre los dos ratoncitos en un entorno azul, minimalista, triste y visualmente hipnótico consiguió el favor del público.

Quizá Dios hace lo mismo con nosotros. Quizá sea capaz de recostarse durante días para, simplemente, observarnos, ver nuestra insignificancia y comprobar cómo nos peleamos por una migaja de éxito, de ego, de odio o de rencor. Pero nos deja hacer y, con discreción y paciencia, acaba sacando una foto para que veamos que, desde nuestra pequeñez, podemos transformarnos en un par de Godzillas luchando por unas migas de pan. Pero también puede mostrar nuestro rostro más amable, el que se nutre del perdón y del amor. Dios planta su trípode, enfoca, espera, espera, espera, espera, tiene en cuenta la luz y el encuadre, espera, dispara y consigue (siempre lo hace) la imagen más impactante del mundo. Ojalá pudiéramos colgar en nuestras paredes algunas instantáneas Polaroid que nos sacara Dios, con ese tono sepia y añejo y con esa extraña sensación de que alguien se ha fijado en nosotros.

 

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