Por Lola Calvo, traductora y diseñadora gráfica

Los pelos se me ponen como escarpias cuando observo aquello que se va cociendo a fuego lento, soterradamente, pero de forma imparable: La nueva normalidad, la nueva sociedad, la nueva…. lo que queráis añadir. Días y días de confinamiento —sobre todo al principio, donde aprendimos a sentir un silencio exterior desconocido mientras nos enfrentábamos a una familia permanentemente circundante o a una ausencia de presencia física real más allá de nuestra propia piel—, dan para pensar. La cotidianidad cambió, las limitaciones y las pérdidas nos fueron atrincherando; un panorama mundial cuajado de dudas y sobreabundancia de información veraz, o no tan cierta, nos fue dejando perplejos cuanto menos.

En medio de la especulación general de intento de dibujar un panorama creíble y habitable sin trastornarnos en exceso, crecía nuestro deseo de entender el mundo en el que hemos vivido hasta ahora. ¿Qué pasó para que tantos millones de seres humanos nos encontráramos a merced de un pequeño virus, de aspecto amigable, pero que se ha llevado por delante hasta hoy a unas 28.313 personas en nuestro país y 457.919 en todo el mundo? Pandemia, lo hemos llamado para ponerle un nombre que nos oriente.

Unidos frente al aislamiento

Nuestra Unión ha dado ejemplo de atención a las iglesias y sus necesidades, a su vez ellas han redoblado el ingenio para estar presentes entre sus miembros y simpatizantes. Las redes han jugado un papel indispensable para hacer visibles los mensajes y la presencia de aquellos que viven la fe para servir a los demás. Damos gracias a Dios por los medios y las personas idóneas que están haciendo posible una cercanía mayor que nunca. Encuentros vía red de grupos, de consultoría para los más vulnerables; también de cultos, clases, oración, charlas, momentos de relación que nos han hecho valorar más los dones de todos los que conformamos las iglesias. Una fraternidad que se ha consolidado por el interés de los unos por los otros en los chats, en las llamadas directas, en los servicios a los enfermos o ancianos. Intercambio entre los Pastores para compartir sus cargas, saberse acompañados, sintiendo que somos un cuerpo.

Ahora que se va abriendo el panorama es cuando, más que nunca, las iglesias van a enfrentarse a casos de necesidad de familias que requerirán de su mejor gestión para no dejarlas tiradas en su nueva realidad. Otras iglesias habrán debilitado durante estos meses su economía de forma grave y se cuestionarán su continuidad o en qué forma resistir. El ejercicio ya nos tiene muy ocupados y continuaremos en ello contando con la inspiración de nuestro Señor para multiplicar los panes y los peces que estén en nuestras manos.

A mi modo de ver, el reto de las iglesias tiene varias vertientes. Hacer su misión que es la de anunciar la buena noticia y vivirla. Atención a las necesidades integrales, es decir cuidar del pobre material y del espiritual. Dar ese pan que cae del cielo a través nuestro. Siendo el Espíritu que mora en nosotros quien se conmueve y se mueve hacia el necesitado.

Pregunta crucial

Pero es inevitable que nos cuestionemos si aquello que estamos aprendiendo a lo largo de este confinamiento, con todas sus derivas, tendrá aplicación en la sociedad emergente de tan extraño fenómeno mundial.

Por muy extraordinaria que haya sido nuestra resiliencia para salir de esta crisis sin destrozos irreparables, por muy conscientes de que nuestro mundo se desvanece para retomar nuevas formas para ser reconstruido y vivido, queda la pregunta crucial: ¿Estará el nuevo diseño acorde a una integridad y solidaridad necesarias para que nuestra perspectiva de un Dios de orden y magnanimidad hacia lo creado tenga cabida en él?

Quizá antes de formularnos esta pregunta es preciso redefinir si nuestra vivencia implicaba ya existir entendiendo cual era la función de los llamados hijos de Dios y de la Iglesia que formamos entre todos. No al tipo de iglesias que se miran el ombligo, sino a las que se dan en la forma que Jesús de Nazaret nos enseña.

Nuevas premisas sociales

Ese después del Coronavirus dará a luz nuevas premisas que surgen de las cabezas pensantes en busca de soluciones. En ellas está la preocupación no solo por garantizar el trabajo, sino por desarrollar respuestas a las nuevas inquietudes de los seres humanos. Así van a cobrar vida aspectos de preservación de la tan maltratada naturaleza que modificarán comportamientos y leyes que la ampararán. Un mayor culto a la salud que se traducirá en búsqueda de fármacos y formas de prevención en el intento de abandonar el miedo a la enfermedad y la muerte. Aparente austeridad. Valoración de mayor calidad en detrimento de un consumir por consumir. Nuevas exigencias de fiabilidad en la información, honestidad en las fuentes. El valor de la palabra emitida. Repulsa del victimismo aumentando la conciencia de lo colectivo. En un mundo en el que “el tener” no ha garantizado el parón mundial, surgirá lo que ya Fromm trataba de hacer entender: “el ser” es mucho más valioso y es la herramienta básica que tenemos para salir con relativo éxito de situaciones de peligro y emergencia. Es innegable que quienes van a ostentar el poder y ya trabajan para intervenir en ese resurgir de las cenizas de una economía más que maltrecha, se aferrarán a la palabra “crisis” para proyectar sus soluciones. Éstas, siempre encauzadas a beneficios tangibles y visibles, como el flautista de Hamelin, llevarán cautivas a las mentes prácticas que no ven más logro que el de las garantías crematísticas.

Nuestras tentaciones

La inteligencia emocional de los individuos, en un grado medio y alto, jugará un papel significativo en el logro de un bienestar no solo económico sino dando lugar a un nivel de conciencia necesario para pasar de lo individual a lo colectivo. Desterrar el “yo” para asumir el “nosotros”. Dejar el tono lastimero de “mi necesidad” para pasar a la colaboración entre todos.

Y es aquí donde podemos caer en la tentación de pensar que “nosotros” —surja lo que surja de este totum revolutum– deberemos aplicar nuestra fórmula magistral, hacer “lo que Dios manda”. Cuidado con nuestras frases hechas, nuestros versículos escogidos y desgastados hasta confundirlos con nuestras costumbres. Nuestras iglesias se equivocarán si el mensaje no da respuesta al vivir de hoy. No es la Palabra la que cambia, sino el oyente que en su nueva realidad deberá entender con claridad el mensaje abierto del Amor de Dios.

En ese Dios en mí, Dios en nosotros, tiene que hacerse el análisis profundo de qué mundo queremos, porque si anhelamos cambios, éstos deberán primero fraguarse muy honestamente en cada uno de nosotros. De esta forma, la Iglesia, si no “delante”, se moverá “a la par” de la necesidad de los hombres que habitarán esta Nueva Realidad, al tiempo que podrá ser faro y modelo de cuál puede ser el nuevo paradigma del reino de los cielos, reconociendo que nos hemos dejado llevar a veces por mimetismos con la realidad que nos rodeaba.

 

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