Por Pau Grau
“Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas,
y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras.
Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien creó también el universo.
El Hijo, que siendo reflejo resplandeciente de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser, sostiene todas las cosas mediante su palabra poderosa (…)
(Hebreos 1:1-3a-BLP)
El Dr. Samuel Escobar, en un libro quizás poco conocido dentro de su extensa bibliografía (1), expone (con firmeza y claridad, pero con la elegancia que siempre le ha caracterizado) lo que todo ministro del evangelio debe tener en cuenta en el desempeño de su labor, y más concretamente en lo que respecta al ministerio de la Palabra. En el centro de su reflexión está el manejo académico y pastoral de la Palabra de Dios, la Biblia, el testimonio fidedigno del ser y de los hechos de Dios revelados a través de la Ley y los profetas hasta llegar a la Palabra encarnada, el Logos de Dios, en quien se ha manifestado la plenitud de la deidad. La centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la iglesia es columna vertebral para la misión de la misma. Ella es la que nos recordará nuestra identidad de manera permanente, la que nos señalará el rumbo por el que debemos de andar con voz profética y la que nos dará el discernimiento espiritual necesario para saber vivir en medio del tiempo presente. En los congresos de adoración, tanto el auspiciado por la BWA (Berlín, 1998) como en el Congreso Latinoamericano de adoración (Niteroi,2000) y el celebrado en UEBE (Dénia, 2001) que se celebraron a finales del siglo XX, ya se advertía un debilitamiento del ministerio de la Palabra en la misión kerigmática y didáctica de nuestras iglesias, así como de los corrimientos e hipertrofias que en materia musical se estaban produciendo. Dos décadas después nos toca evaluar si la centralidad de la Palabra (y no solamente en lo concerniente a la exposición de la misma) se mantiene en nuestros cultos de adoración.
En ese doble énfasis (académico y pastoral) que Escobar hace en su libro, pone el dedo en la llaga cuando apunta a las debilidades de los mismos expositores de la Palabra, los predicadores, y específicamente de los pastores y maestros actuales cuando desatienden el núcleo central de su ministerio. El desdén o la escasa preparación en la exposición clara y sistemática de la Escritura está debilitando gravemente nuestra salud y nutrición espiritual. Muchos de los mensajes que se escuchan hoy desde los púlpitos no son propiamente exposiciones del texto bíblico a los cuales les buscamos una aplicación pastoral. Muchas predicaciones podrían calificarse de discursos espirituales, motivacionales. Charlas piadosas que usan la Biblia como un telón de fondo desdibujado para, en el peor de los casos, agitar conciencias o manipular emociones. Se pone de manifiesto una escasa o nula preparación bíblico-teológica, o lo que es peor, se usa el púlpito como un lugar al servicio del entretenimiento. Hay un párrafo delicioso de D. Samuel que siempre me hizo mucha gracia:
“El hecho de no tener que marcar tarjetas ni tener horas de entrada y salida hace que algunos obreros cristianos se descuiden en el uso del tiempo, y que no pongan en su trabajo en la obra del Señor la disciplina y la dedicación que estarían obligados a poner para sobrevivir en un trabajo secular. Cuando los miembros de mi iglesia que salen a trabajar a las seis de la mañana y luego de un día largo de labor vienen al estudio bíblico y se dan cuenta de que no me he preparado, y me escuchan contar las incidencias del partido de fútbol o la novela que he estado viendo en la televisión, tienen derecho a cuestionar que yo como obrero sea digno de mi salario”
Sin comentarios. El ministerio de la Palabra es un privilegio y una alta responsabilidad al servicio de la iglesia. Sin ella, languidecemos y morimos. Aprovechemos este don inefable para buscar la dirección y el alimento espiritual que nuestras comunidades de fe necesitan. Dios ha hablado, Dios se ha comunicado, se ha revelado al ser humano Dios de muchas formas y maneras a través de la historia de la salvación, y en este tiempo de gracia quiere seguir haciéndolo mediante el desarrollo del anuncio del evangelio y de todo el consejo de Dios a una iglesia que vive de la Palabra y por la Palabra. La Palabra de Dios es verdad y es vida.
Por la Palabra, Dios creó todo lo que existe y por ella lo sustenta por amor; por la Palabra reveló a su pueblo el camino de la vida, el Decálogo, el núcleo de la Ley. Le dio identidad y propósito, un marco para vivir una vida santa y justa, integrada y feliz. Por la Palabra, Dios habló a su pueblo a través de los profetas, para enderezar sus pasos, para alimentar su esperanza, para su instrucción y consuelo, y finalmente para anunciar al Mesías. Por su Palabra, el Espíritu Santo de Dios inspiró a los autores sagrados para preservar los hechos y los dichos de Dios que son fuente de sabiduría y vida.
Por la Palabra encarnada de Dios en Cristo Jesús, el mundo recibió la buena noticia de salvación para redimir un orden caído y desestructurado, sediente de sentido y dirección. Por la Palabra, registro del fundamento apostólico “tocante al Verbo de vida” (1ª Jn.1:1) la iglesia se sostiene y se gobierna. Bajo su autoridad y dirección puede caminar con seguridad y firmeza en su peregrinar por esta tierra extraña en la que, pese a no ser nuestra patria ni la ciudad hacia la que caminamos como extranjeros, estamos llamados a cantar con fe, esperanza y amor (Sal.137: 1-6 & 1ª Co. 13:13).
(1) Escobar Aguirre, Juan Samuel (2006): “La Palabra: vida de la iglesia. La Biblia y el ministerio cristiano”. Ed. Mundo Hispano, El Paso, Texas USA. (2) Op. cit. pp. 59-60

