Por Samuel Pérez Millós

“Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo” (Sal. 119:165).

Cerramos un año con una inequívoca situación de conflictos generalizados. Esto produce una sociedad inquieta. Los peligros y dificultades que se manifiestan en todos los aspectos de la vida, llenan de inquietud.

En alguna medida esta situación alcanza a los creyentes, que somos llamados a vivir una continua experiencia de paz. Este es el tema de la penúltima estrofa del Salmo 119. En ella se establecen tres pasos para vivir la experiencia de la mucha paz.

I. Una elección correcta. El hombre es un ser con capacidad para escoger. Una mala elección trajo el pecado con sus consecuencias. Una decisión de fe, trae la salvación. La paz perfecta comienza con un modo sabio de elegir.

La primera elección es respetar reverentemente a Dios: “Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón tuvo temor de tus palabras” (v. 161). Quien escribe esto es un hombre perseguido, no por cualquier persona, sino por los príncipes que tiene poder. Pero, sin embargo, la persecución es sin causa. Ese es el ejemplo de Jesús cuando era perseguido: “Sin causa me aborrecieron” (Jn. 15:25). Leo la exhortación del apóstol Pedro: “…si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (1 P. 4:15-16). Jesús advirtió de que como Él fue perseguido, lo seríamos también nosotros (Jn. 15:20).

El primer paso para recuperar la paz está en el texto: “Pero mi corazón tuvo temor de tus palabras”. Muchos se obsesionan con sus problemas y solo hablan de ellos. Cuando esto ocurre, ya han perdido la paz. El cristiano, aún en medio del conflicto, se centra en la Palabra. En ella descubre quien es Dios, como actúa y Su compromiso de protección, recuperando la paz que procede de Él y no de los hombres.

Los creyentes inquietos son aquellos que están ocupados con otras prioridades, y no tienen tiempo para la Biblia.

II. Una bendición suprema. La experiencia de la paz está plenamente establecida en el versículo seleccionado: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. Es una realidad absoluta. No se trata de alguna paz, o de bastante paz, el salmista habla de mucha paz, que rodea al que ama la Palabra. Dios revela en ella la paz de relación, por la que nuestra posición con Dios está definitivamente resuelta y podemos afirmar que “ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo” (Ro. 8:1). Está también revelada en ella, la paz de comunión, asentada en la promesa del Señor: “Mi paz os doy” (Jn. 14:27). La misma paz que Él tenía, frente a la inquietud de los suyos, nos la regala a nosotros como consecuencia de que se hace vida en cada uno, y podemos sentir que “para mí, el vivir es Cristo” (Fil. 1:21). Esta paz se establece sobre principios que están en la Palabra.

Para quienes aman la Escritura, no hay tropiezo, es decir, inquietud que pueda turbar el alma. Dicho en palabras del apóstol Pablo: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6-7). Pero, tal vez diga alguien, es fácil asumir intelectualmente estas promesas, pero se necesita una acción mayor para que podamos experimentar la paz en medio del conflicto. Dios mismo se manifiesta en el corazón, llenándolo de Su presencia y produciendo en él Su paz, porque la promesa es segura: “El Dios de paz estará con vosotros” (Fil. 4:9). La mente custodiada por la paz, y el corazón asentado en ella, produce la bendición suprema de la realidad de la paz. Esta es la bendición: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”.

III. Una obediencia fiel. Es el tercer paso en el disfrute de la paz. El creyente obedece en la entrega de las cargas a Dios: “Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará” (Sal. 55:22). El que elige la Palabra y la ama, descansa en su fidelidad, por tanto, espera confiado en que Dios actuará en Su tiempo. Solemos pedir que nos libere de la carga, pero la gracia de Dios hace mucho más. Él sabe que las pruebas y dificultades son necesarias para afirmar nuestra fe, pero, sabe también que no somos capaces de aguantar bajo su peso, por eso no promete liberarnos de ellas, pero promete sustentarnos a nosotros para que podamos resistir.

El amor real por la Palabra exige obediencia incondicional al Dios de la Palabra. Así lo enseñaba Jesús: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15). La mucha paz, no se alcanza en una obediencia parcial, sino total.

El Salmo apunta a una razón para la obediencia: “He guardado tus mandamientos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti” (v. 168). No hay apariencia de piedad que sea aceptada por Dios. La visión divina se centra en el corazón de donde sale lo que determinan las acciones. Muchos pueden recitar largos pasajes de la Biblia, pueden dar la interpretación de dificultades teológicas. Muchos pueden definir a Dios, sus perfecciones y sus glorias, pero viven en la inquietud y no experimentan su paz, porque Dios no está para ser definido, sino para ser vivido. No consiste en saber cuál es Su voluntad, sino en seguirla. Solo hay mucha paz para quien ama la Palabra y la ama “en gran manera”.

Dios nos invita a dejar la inquietud y recuperar la paz. En la puerta de un año nuevo debiera haber una reflexión personal sobre en qué medida la inquietud que golpea el mundo, nos afecta a nosotros. El regalo de la paz que Jesús dejó para cada creyente solo es posible en la medida en que estemos viviendo a Cristo. El consuelo de nuestras aflicciones está en la Palabra: “Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado” (Sal. 119:50). La mejor determinación es volver sin condiciones a la Biblia. Será bueno hacer nuestra la oración del salmista: “Examíname. Oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24).

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