Por Ramón Sebastián Vicent
El pasado mes de agosto se cumplía el 60 aniversario de uno de los momentos culminantes en la vida de este reconocido pastor bautista: su discurso ante las más de 250.000 personas congregadas en la Marcha sobre Washington, en el que pronunció la conocida frase “I have a dream” (Yo tengo un sueño). La mayoría de personas de mi generación estará familiarizada con la figura de este pastor y el acontecimiento que acabamos de describir. Es posible que para las nuevas generaciones sea algo más desconocido.
Pero lo cierto es que es una de las figuras más destacadas en el panorama internacional y más relevantes del ámbito bautista del pasado siglo XX. En realidad, el nombre que le pusieron al poco de nacer no era éste, sino Michael King Jr. Cuando tenía 5 años, su familia hizo un viaje a Alemania (corría el año 1934: Hitler había llegado al poder en 1933) y la figura del reformador del s. XVI, Martín Lutero, debió impactar a su padre (también pastor bautista) hasta tal punto que decidió cambiar no sólo su nombre (Martin Luther King Sr.) sino el de su hijo. Con estos datos quizá algún lector haya considerado el año de su nacimiento en Memphis (Tennessee, EE.UU.): 1929, el año del crack de la Bolsa de New York y comienzo de la Gran Depresión. Es decir, en su infancia se familiarizó con la pobreza y con la segregación racial (era una familia de afroamericanos) puesto que se había avanzado muy poco, principalmente en los estados del sur de los EE.UU., en la concesión de derechos civiles a este colectivo desde que Abraham Lincoln aboliese la esclavitud en el s. XIX; restricciones en el derecho a voto, no poder compartir espacios comunes con personas “blancas”, veto en determinados trabajos, inferiores remuneraciones, acciones violentas por determinados grupos como el Ku-Klux-Klan…
Pese a estas situaciones nuestro personaje realizó estudios superiores: primero en el Morehouse College (Universidad para estudiantes afroamericanos) donde se graduó en Sociología en 1948; tres años después se licenció en Teología en un seminario de Pensilvania y finalmente obtuvo un doctorado en Filosofía en la Universidad de Boston (1955). El año anterior a su doctorado inició su ministerio pastoral en una iglesia bautista de Montgomery, Alabama, y en 1960 pasó a Atlanta (Georgia, EE.UU.) donde estuvo de pastor junto con su padre en la iglesia bautista Ebenezer.
Hasta aquí tendríamos una biografía más de uno de tantos pastores norteamericanos; eso sí, con claras inquietudes sobre el estado en el que se encontraba el colectivo afroamericano de su país. Pero en 1955 se produjo un acontecimiento que marcó el inicio de su carrera como activista en pro de los derechos humanos, en la línea de la no violencia: en la ciudad en la que estaba de pastor, una mujer negra fue arrestada por no ceder el asiento en un autobús a un hombre blanco, lo cual suponía la violación de una de las leyes segregacionistas. M. L. King, con la ayuda de otros pastores y alguna asociación, promovió un boicot a los autobuses municipales. A pesar de ser arrestado y que se lanzaran contra su casa algunas bombas incendiarias, su labor tuvo éxito: en 1956 la Corte Suprema de los EE.UU. declaró ilegal la segregación en autobuses, restaurantes, escuelas y lugares públicos
Al año siguiente promovió la fundación de la SCLC, de la que fue su presidente hasta que fue asesinado. En cuanto a su ideología, era un movimiento pacifista que organizaron las iglesias afroamericanas para conseguir la igualdad de derechos civiles y que apostaba por protestas y acciones de desobediencia civil no violentas.
A partir de entonces su carrera y popularidad se disparó; también sus enemigos. Se ha estimado que la normalización en el derecho a voto fue uno de los temas más destacados en la política norteamericana de la década de los años sesenta. Y allí donde surgía un conflicto segregacionista, allí se presentaba el SCLC. Un claro ejemplo de la tensión que se alcanzaba se produjo en Birmingham, Alabama, en 1962 y 1963. Ante una serie de atentados de corte racista y detenciones de partidarios de los derechos civiles, acudieron M. L. King y la SCLC. Las protestas llevaron al encarcelamiento de King quien salió de la cárcel gracias a la intervención del presidente J. F. Kennedy. La situación llegó a tal punto que el Gobierno decidió enviar a la Guardia Nacional a la ciudad, dimitiendo el alcalde y siendo sustituido el jefe de la policía. Además, estos acontecimientos trascendían fuera de las fronteras norteamericanas. La figura de King seguía en alza, por lo que se organizó la antes citada marcha sobre Washington en 1963, que fue un rotundo éxito: se ha dicho que en la historia de EE.UU. nunca se había movilizado a tantas personas. Al año siguiente se firmó la Ley de Derechos Civiles que consideraba inconstitucional cualquier tipo de segregación racial y en 1965 la Ley de derecho al voto. En 1964, como muestra de su reconocimiento internacional, se le concedió el Premio Nobel de la Paz.
Pero aún se estaba lejos de una normalización. En 1965 partió una manifestación desde Selma hacia Montgomery (ambas ciudades en Alabama) que fue detenida en un punto (puente Edmund Pettus) por la policía y grupos de personas opuestos a la normalización de los derechos civiles; la actuación violenta de estos últimos llevó a que se conociera el evento como el “Bloody Sunday”. Paralelamente, se ampliaban las protestas hacia la guerra de Vietnam y la pobreza existente en determinados suburbios.
Todo ello fue generando una reacción hostil que derivó en lo que con los años se ha ido abriendo paso:la consideración de que su asesinato fue organizado por una conspiración en la que participaron diversos colectivos y organizaciones. El hecho se produjo en abril de 1968 en el balcón del motel en el que se hospedaba en Memphis, Tennessee.
Quizá haya quien considere esta biografía poco espiritual o evangelística, pero la defensa de los derechos del ser humano o las acciones de apoyo a personas más desfavorecidas o que se encuentran en situaciones económico-sociales difíciles es algo que está íntimamente ligado al Evangelio. Esto sin olvidar que la Biblia y su fe estuvieron muy presentes en sus discursos, publicaciones y acciones.

