Por Raquel Molina y David Dixon

LA SANTA BIBLIA, ÚNICA REGLA DE FE Y PRÁCTICA: Admitiendo a Jesucristo como el Señor y Maestro, es necesario tener la mejor información en cuanto a Su voluntad expresiva para llegar a ser buenos súbditos de Su reino. Cada creyente crece en gracia a medida que crece en conocimiento de Jesucristo. En la Palabra de Dios encuentra la fuente inagotable de inspiración cristiana. Es con ella donde examina su conciencia y donde forja su carácter y su personalidad.

La segunda creencia fundamental para los bautistas enfoca el lugar primordial de las Escrituras en nuestra escala de valores como verdadera Palabra de Dios. La Biblia representa la autoridad de Dios mismo entre nosotros por ser el “registro histórico” de su intervención personal en la historia de la humanidad, dándose a conocer con el fin de redimirnos. Reconocemos tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento como el autoritativo mensaje de Dios para el ser humano, enfocando la relación entre estos dos “pactos” en términos de promesa y cumplimiento: la actuación de Dios con el pueblo de Israel siempre tuvo el propósito de prepararlos para la llegada del Salvador universal. Por tanto, dos principios hermenéuticos – el principio cristológico y el principio de la “revelación progresiva” – nos enseñan a dar más peso a aquella porción de las Escrituras que arroja más luz sobre la condición humana y la plena respuesta de Dios a nuestra necesidad, concretamente, al Nuevo Testamento. Pero la historia contenida en el Antiguo Testamento, consumada con la historia narrada en el Nuevo, es también utilizada por la acción del Espíritu Santo para alumbrar los pensamientos del ser humano. Sólo por ser expuesta a tal iluminación puede una persona experimentar la “espada de doble filo” (Heb. 4:12), alcanzando y doblegando su voluntad. Sólo entonces comienza a comprender la gracia de Dios que culminó en su obra de salvación realizada en la vida, muerte y resurrección de su Hijo.

El debate que calentó tantas cabezas en el siglo veinte sobre la inspiración de la Biblia ha afectado a los bautistas de la misma manera que a las demás denominaciones de pensamiento conservador. Las líneas de división entre las distintas facciones en el debate no han seguido razones puramente teológicas, ya que “la guerra sobre la Biblia” fácilmente desciende al nivel de “lucha por el poder.” Al elevar elementos secundarios a posiciones de mayor importancia, los contrincantes frecuentemente han convertido la Biblia en un campo de batalla en vez de reconocerla como fuente de unión y fortaleza espiritual. Difícilmente podremos tener mucha razón si nuestras posturas doctrinales hacen caso omiso de la unidad del cuerpo de Cristo o del amor fraternal, como si no formasen parte de la sana doctrina. Si no procuramos plasmar la reconciliación con Dios en nuestras propias relaciones eclesiales, ¿cómo tendremos un testimonio digno los unos con los otros, y cuánto menos con “los de afuera”? (Col. 4:5)

El conflicto surge especialmente a la hora de intentar definir la inspiración (griego, theópneustos, “insuflado por Dios,” 2 Tim. 3:16). Tradicionalmente los bautistas entendemos inspiración como la acción de Dios moviendo y capacitando a ciertas personas a entender y poner por escrito tanto los hechos como el significado de su automanifestación, produciendo así un poderoso y autoritativo testimonio escrito de la revelación en sí. Aunque esté más allá de nuestro alcance explicar los medios por los cuales Dios obró en la mente humana para proveernos de este tesoro, entendemos que la Biblia en sí es el testimonio de Dios acerca de sí mismo bajo la forma del testimonio humano acerca de él. Más allá de las diferentes teorías de inspiración, podemos afirmar que la Biblia toma tanto de lo divino como de lo humano: iniciativa y dirección divinas, e instrumentalidad humana. Si perdemos de vista la iniciativa divina, “inspiración” viene a ser poco más que un elevado entendimiento humano (naturalista). Si perdemos de vista la instrumentalidad humana, “inspiración” viene a ser mecánica. Cuando Dios hizo al profeta, no descartó al hombre (de ahí los diferentes estilos literarios, perspectivas contrastantes, el elemento acomodado y progresivo de la revelación, etc.); el mensaje divino llega a nosotros a través de aquello que no es Dios.

Por tanto, hablar de “errores” en la Biblia es un lenguaje demasiado hostil para la fe bautista, porque sugiere que ahí se enseña algo falso, inválido, y pecaminoso; ésta no representa una opción viable para la mayoría de los bautistas. Sin embargo, por otro lado, hay que admitir que sí existen dificultades en la Biblia para las cuales no tenemos respuestas fáciles; éstas surgen mayormente por la distancia hermenéutica que separa las culturas bíblicas y las de hoy. Por tanto, insistimos en que estas “dificultades” no constituyen “errores”: por ejemplo, la falta de precisión científica o técnica en el sentido moderno, irregularidades de gramática y ortografía, descripciones de la naturaleza que corresponden a una observación sencilla de los fenómenos (el sol “se levanta”), el uso de hipérbole, la costumbre de redondear las cifras, el arreglo temático de los materiales según los propósitos del autor (en vez de un arreglo cronológico), la selección de diferentes detalles para relatar en perícopas paralelas de un mismo suceso, la citación de conversaciones o discursos de manera libre en vez de literal, discrepancias entre cifras y nombres en diferentes relatos paralelos. Ninguno de estos fenómenos del lenguaje bíblico constituye un “error,” ni afecta doctrina alguna de la fe cristiana¹. A pesar de alguna inclinación “anti-intelectual” que aparece a veces en la historia de los bautistas, en realidad creemos

que las Escrituras son capaces de soportar el escrutinio minucioso del mundo académico y de superar todas las pruebas de verificación. Insistimos en el uso de una hermenéutica bíblica equilibrada que tenga en cuenta estas pautas como mínimo: el principio del contexto (inmediato y global), los principios gramático-lingüístico y socio-histórico, el principio cristocéntrico, y el principio de la revelación progresiva. La aplicación de estos principios nos ayuda a evitar interpretaciones subjetivas basadas en la experiencia personal, de modo que podamos entender nuestra experiencia a la luz de la Palabra y no a la inversa. Además, el uso de lenguaje no científico en la Biblia es totalmente de esperar de parte de escritores pre-científicos, y de ninguna manera desacredita la veracidad de las historias bíblicas, sino que refleja normas del pensamiento de aquellas culturas de antaño que el Espíritu Santo ha respetado como parte del “vaso de barro” usado para recibir y transmitir la revelación divina.

Por tanto, afirmamos la autoría divina detrás de los escritos y la objetividad de la revelación. Insistimos en que la más “alta crítica” que podemos ejercer respecto a la Biblia, y la más necesaria, es dejar que ella nos critique y corrija a nosotros, aún tratándose de nuestros “pecados ocultos,” o de la nueva moda de ideologías y corrientes teológicas de última generación, las cuales reflejan de nuevo cuánto el ser humano se esfuerza para que sus miserias no queden expuestas por lo que son. ¡Cuántas vueltas damos a las Escrituras para justificar nuestros pensamientos errados y prácticas injustas! ¡Cuánto nos cuesta aceptar lo que el espejo de la Palabra revela sobre nosotros! (Sgo 1:23) Y ¡cuánto perdemos no dejando al Espíritu Santo que nos zarandee y restaure! Sólo permitiendo su iluminación y su acción, llegarán nuestras vidas a ser esas “cartas escritas,” “conocidas y leídas por todos” (2 Cor. 3:2-3), que señalen la Santa Biblia como nuestra única regla de fe y práctica.

¹Véase el Artículo XIII, International Council on Biblical Inerrancy, “Chicago Statement on Biblical Inerrancy,” 1978, http://www.bible-researcher.com/chicago1.html. Esta declaración está recogida también en Carl F. H. Henry, God, Revelation and Authority, vol. 4 (Waco, Texas: Word Books, 1979), pp. 211-219.

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