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Por Lola Calvo

Lo “efímero” nos parece muchas veces tan fugaz. Un bien volátil que se nos escapa de entre los dedos. Sin embargo, “perdurar” lo asociamos a elementos que nos acompañan y nos reconfortan y quisiéramos tener indefinidamente. Cuidado con las apariencias. ¿Qué adjetivo describiría con mayor exactitud ese estado permanente de aquello que nos degrada como seres humanos?

Pongo delante de nosotros, en nuestro ágora, esa persistente y nunca bien tratada maldad en contra de las mujeres. ¡Atención a la lectura fácil de esta lacra! Justificar gestos nimios, banalizar lo importante, manosear hasta desvirtuar el concepto “feminismo”, ridiculizar con chistes simplones lo que no creemos para tanto, son base sobre la que se sustentan razonamientos que, bien anidados en nuestras cabezas, aceptan lo inadmisible y lo hacen “perdurable”. Si el caso Rubiales ha sido fulminante es porque ha puesto al descubierto el abuso de poder y prepotencia en distintas áreas con las que actúa dentro de la Federación. Como a César, los Bruto de turno, aprovecharon la ocasión para asestarle la puñalada. Pero lo visible, ese “simple pico” por la emoción del triunfo, ha tenido a media España, defendiendo que no es para tanto la que se ha formado. Y eso es lo patético.

El tiempo enturbia y enquista todo, por ello vemos con nitidez que la humanidad ha llegado a aceptar matar como solución a cualquier problema. Y hay un amplio sentido de la palabra “matar”, que leuda la soberbia, el egoísmo y la cerrazón del que se siente incomodado, anidando en algunos hombres la perspectiva de legitimar la defensa de sus derechos básicos, aunque sea con violencia.

¿Por qué esa exigencia a la mujer de que siga su cauce —el que alguien le marca—, como si por ella misma no pudiera opinar, tomar decisiones o ser responsable? Entendamos de una vez por todas que por muy torpe, inútil, ignorante, perversa o descarada que nos parezca, nadie —por mucho argumento que se esgrima— tiene el derecho de zanjar la cuestión arrebatándole la vida.

Cuando las frías estadísticas nos arrojan las cifras de mujeres muertas a manos de quienes dicen quererlas —un repaso sobre lo que significa amar no les vendría mal—, surgen el “calor” y “el verano” como elementos claves para entender y justificar la crispación que brota en una pareja. Esa lectura deductiva parece dar por zanjado el tema. ¡Mientras no nos ocurra a nosotros!

¿Por qué sigue ese miedo atávico que hace mirar a la mujer como una rival a someter? No es una cuestión de guerra de sexos, como a muchos les viene bien argumentar. Es más bien un hecho de seres humanos contra seres humanos. Y dejémonos de bailar en el filo de las palabras. Para muchos, la mujer puede evitar esas contiendas —que ocupe el plano de sumisión, que actúe “como Dios manda”— de nuevo el dedo acusador que no tiene en cuenta la pérdida de la identidad de la persona sometida. No importa si sufre un poco, porque le compensará no ser eliminada del planeta tierra y … ¡todos contentos!

¿Somos capaces de entender que muchas mujeres tragan con los desprecios, los insultos, la cosificación, la indiferencia, los golpes y el olvidarse de sí mismas por proteger a sus hijos? Aún así, sus parejas se permiten el lujo de hacer lo indebido, convencidos de la legitimación de ejercer su derecho y su justicia. No importa si sus propias criaturas son inocentes testigos de su comportamiento. No importa dejarles destrozados, con miedos que no superarán y sin el refugio de sus madres. Incluso sin su padre, porque habrá decidido matarse anegado en odio y miedos, eludiendo una vez más su paternidad.

Las mujeres entendemos y sabemos distinguir que el machismo no es cosa de hombres; solo de algunos hombres y de algunas mujeres que no supieron aún ver la magnitud del drama. No creamos que lo natural es que los hombres tengan la primacía y las mujeres les tengan que secundar en ese plano inferior que, a veces les maniata. Cientos de miles de siglos atrás, las mujeres salían a cazar junto al hombre, administraban las tierras que ambos trabajaban, cuidaban de su prole, compartían todo mucho más inteligentemente que lo hacemos hoy.

Es imprescindible que sepamos hacer una lectura correcta de nuestra fuente de fe. No podemos ser tibios o indiferentes. No debemos refugiarnos en tesis personales que miran de reojo el problema, como si no fuera nuestro. La sociedad está carente de orientación sana.

Tan solo este 2023, hemos batido el récord del año pasado. 74 feminicidios, sin contar el resto de los asesinatos a mujeres (en 2022 se llegó a más de 41 mil agresiones, de las que un gran número afecta gravemente al grupo LGBTI+, con discriminación, agresión, hostigamiento y degradación por identidad de género). De nuevo, seres humanos contra seres humanos.

Violencia de género (ejercida por hombres) o violencia doméstica (por ambos sexos). Esta última es hilar fino, dejar la violencia intramuros como el derecho hegemónico del más fuerte, con la excusa de que los trapos sucios se lavan en casa, sin testigos. Llevamos siglos cerrando ataúdes, llorando de impotencia y acogiendo a los huérfanos marcados por el odio de quien debería protegerles.

DATOS DEL INE · AÑO 2022

Violencia de género

Violencia doméstica

Víctimas

32.644 (aumentó 8,3%)

8.151 (-1,1%)

Personas condenadas

36.161

7.022

Personas denunciadas

33.209

6.813

Más que nunca esta sociedad necesita oír, escuchar y aprender a tener conciencia de su naturaleza. Podemos ser los mas grandes o los más miserables. Adoptemos el compromiso de no alimentar falsos derechos o insoportables sumisiones y busquemos en todo momento, contribuir al enriquecimiento sano de cada ser humano que esté a nuestro alcance. No nos conformemos con el “siempre fue así” o el manido “como Dios manda”, no perpetuemos dioses ciegos y sordos al quebranto humano. ¡No en su nombre!

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