Por Diana Gabriela Arrieche
Hablar de salud mental es adentrarnos a un mundo de conceptos y estudios generales. Para la Organización Mundial de la Salud la salud mental es “un estado de bienestar en el cual cada individuo desarrolla su potencial, puede afrontar las tensiones de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera, y puede aportar algo a su comunidad”.
Es inevitable que personalicemos el tema de salud mental y lo traigamos al ámbito cristiano que nos identifica como hijos de Dios, por eso nos planteamos: ¿está Dios interesado en nuestra salud mental? En Mt. 22:37 encontramos el deseo de Dios para nuestras vidas, el primer gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. El término “mente” corresponde a diànoia y se divide en:
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Dià: Primitivo.
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Noús: Definición intelecto, es decir “mente” (divina o humana; en pensamiento, sentimiento o voluntad).
En neurociencias hablamos del cerebro primitivo para referirnos a esa zona de donde surgen las respuestas más automáticas de nuestras conductas y nuestras emociones, las reacciones que debemos trabajar en consulta para ser más adaptativos y preservar nuestra salud mental. No es casualidad que muchos años antes el Señor ya nos haya pedido que desde esa zona también le amemos, que esa mente también la pongamos a sus pies, la controlemos y entremos en el proceso de preservar nuestra salud mental; encontramos así a un padre amador, dador de la vida y proveedor de la salud mental para sus criaturas, un padre que ha dejado directrices claras y prácticas de cómo abordar temas como el estrés, la ansiedad, depresión y riesgo suicida.
Estrés: Es la reacción de su cuerpo a un desafío o demanda; la palabra afán es lo más cercana al estrés. En la palabra encontramos una lección magistral: Marta y maría (Lucas 10) nos enseñan el equilibrio entre hacer y contemplar, hacer las cosas con consciencia plena y atención absoluta, dando base bíblica para dos técnicas psicoterapéuticas: priorizar y dosificar.
Para esa ansiedad persistente, excesiva, causante de la preocupación que se siente muy difícil de controlar, el Señor nos deja elementos que años más tarde serán los procedimientos más efectivos para abordarla: enfrentarse y decidir; esto contiene procesos que conllevan de exponernos y enfrentarlos, pues no existe ni una técnica que científicamente funcione que no implique un elemento de exposición, esfuerzo y valentía. “Sé valiente, no tengas miedo, adelante porque yo voy, tienes que comprobar, exponerte al malestar; confronta, que no pasa nada, no va a pasar lo que temías”.
Pero, ¿qué pasa con una ansiedad sostenida en el tiempo? Que puede derivar en un trastorno de depresión; esa tristeza que puede surgir como respuesta a una química caída, podemos dividirlas en endógenas y exógenas. ¿Qué hacemos con ellas? Elaboramos las emociones, es preguntarnos como en 2 Co, 7:10, ¿es una tristeza alineada con Dios? ¿Me restaura? ¿Me acerca al Señor? Nos adentramos en la situación conflicto y vamos abordando las emociones para dar respuesta y poder ir sanando el dolor emocional.
En este mundo sufriremos aflicción, es una realidad ya asegurada, pero tenemos herramientas profesionales que solo le pertenecen a Él, nuestro proveedor, nuestro Dios. Otras veces nos tocará ser parte de aquellos cuatro amigos que levantaron al paralitico y llevaremos a otros a los pies del mejor consejero y sanador. Esto es parte de nuestra misión como salvados por gracia, y para cada contacto con otro que sufre podemos hacer uso de herramientas como el esquema que he denominado “Pasos de fe”. A través de esto recibiremos una historia que hay que escuchar y atender como a nosotros mismos, para luego analizarla en su palabra como “el Señor quiere que lo hagamos”, y sustituir la reacción que causa dolor por el propósito que Dios quiere dar a través de la prueba y la aflicción.


