Por María Lourdes Fernández

Mi historia personal, a mis noventa y dos años, puede parecer ahora larga de contar. Pero desgranándola poco a poco está llena de pequeños momentos, de anécdotas, de instantes que forman parte también de la comunidad en la que he pasado los mejores años de mi vida.

Conocí el evangelio a través de mi hermano Antonio. Algún tiempo después, en 1950, me bauticé en la Primera Iglesia Evangélica Bautista de Madrid (Iglesia de General Lacy). En ese mismo lugar conocí a mi novio, que después fue mi marido, Adolfo Lahoz.

Durante dos años estudié en Roma en el Instituto Evangélico «Betania» y el 10 de agosto de 1956 contraje matrimonio con Adolfo en la iglesia de General Lacy, un lugar al que estuvimos siempre vinculados toda la familia. El pastor Juan Luis Rodrigo celebró aquella ceremonia que todavía recuerdo como si fuera hoy.

En el Seminario Teológico Bautista Internacional de Rüschlikon, Zurich (Suiza), permanecimos durante dos años. Adolfo, mi marido, siguió con los estudios para ampliar los que ya había hecho en Barcelona en el Seminario Bautista entre 1953 y 1956 y en ese mismo lugar yo también recibí formación teológica. En 1957 nació mi primera hija, Beatriz, y un año después regresamos de Suiza e iniciamos la labor para la que llevábamos tantos años preparándonos.

Primera Iglesia en Alcoy

Nuestro primer cometido fue en la provincia de Alicante, cuando la UEBE nos encomendó hacernos cargo de la obra en Alcoy, sostenidos por la Comisión de Misiones y Evangelización. En esa época nacieron mis otros dos hijos, Adolfo en Madrid y Rubén en Alcoy. Allí pasamos algunos de los años más creativos y vitales de nuestra vida. Éramos jóvenes y teníamos muchas ganas de emprender nuevos retos.

Recuerdo que cuando fuimos a Alcoy con la finalidad de formar una iglesia en esa ciudad no había allí nada parecido. Nos reuníamos en nuestra casa, único lugar en el que podíamos hacerlo, aunque la ley determinaba que estaba prohibido que se congregaran más de veinte personas. Al principio no éramos tantos y las reuniones tenían lugar en nuestro cuarto de estar. En ese sitio nos pasaron algunas cosas que ahora resultan chocantes. En aquellos años había mucho control y en casi todas las actividades que se salían un poco de lo habitual había personas encargadas de vigilar. A nosotros llegaron a denunciarnos porque se nos oía cantar durante los cultos. Ya sabíamos que venían a enterarse de lo que hacíamos porque en determinados momentos aparecía alguien que no era del grupo. No éramos muchos y nos conocíamos bastante bien así que cuando se presentaba alguien que no era habitual sabíamos que a lo que había venido era a escuchar lo que se hablaba para informar sobre lo que se hacía allí.

Un día apareció un señor vestido de forma normal que era en realidad un policía secreta. Yo estaba sola en casa y me preguntó por mi marido. Le invité a pasar y estuvimos charlando un rato, recuerdo que hablamos sobre el Papa Juan XXIII. Era el momento en el que se consideró a los protestantes “hermanos separados”, ya que hasta entonces la iglesia católica nos denominaba “herejes”. Juan XXIII cambió aquella definición, por eso el policía me dijo que a lo mejor en poco tiempo íbamos a estar todos unidos, pero yo le comenté que sería difícil porque entonces el Papa tendría que dejar de ser Papa.

Así pasamos un rato de conversación. Cuando vino mi marido este hombre le dijo que era la primera vez que le había ocurrido que una mujer no se echara a temblar cuando les decía que era de la policía secreta. La verdad es que fue amable y aquella vez no tuvimos problemas, aunque en Alcoy estábamos bastante controlados.

Algún tiempo más tarde, fuimos a pedir permiso para abrir el local en el que íbamos a celebrar los cultos. Como nos hacía falta una licencia tuvimos que solicitarla y pasamos más de un año hasta que nos la concedieron. Una vez obtenidos los permisos, en 1964, se constituyó la Primera Iglesia Bautista de Alcoy.

La verdad es que tengo que reconocer que, a pesar de todos los inconvenientes y contrariedades, la policía le tenía simpatía a Adolfo y pudimos ir sorteando escollos. En una ocasión que teníamos que ir a Suiza, al seminario de Rüschlikon en Zurich, a una reunión para maestros de escuela dominical, nos dimos cuenta de que nuestros pasaportes estaban caducados. Así que fuimos a intentar renovarlos, aunque éramos conscientes de que teníamos muy poco tiempo. El policía nos dijo que pensáramos que el pasaporte era como un coche, que debía estar siempre a punto. Al final decidió utilizar los documentos que estaban preparando para otras dos personas que no tenían tanta prisa y rellenarlos con nuestros datos para que pudiéramos viajar.

Muchas veces he pensado que todo lo penoso que tuvimos que pasar al principio, nos procuró unos buenos frutos. Nunca sabes si las dificultades te reportarán finalmente las mejores bendiciones.

Campamentos de verano en Denia

Tengo muchísimos recuerdos de aquella época que pasamos en la provincia de Alicante. Como miembro de la Unión de Mujeres Misioneras Bautistas de España (UMMBE), participé en la organización de Campamentos Nacionales de niños y jóvenes en Denia. Fue una actividad maravillosa que estuvo llena de grandes momentos y también de ratos muy divertidos.

La época de los campamentos de verano fue estupenda, aunque había que organizarse muy bien para que los precios fueran baratos en aquellos tiempos de escasez. Guardo muchas anécdotas porque fueron días de actividad intensa durante los que nos esforzábamos para que todo saliera perfectamente. Siempre recuerdo con mucho cariño el tiempo que pasamos en la Residencia de Denia.

UMMBE

Me siento muy satisfecha de mi trabajo en la UMMBE. Primero fui Vicepresidenta y, en 1968, me nombraron Presidenta. Una de las primeras cosas que hice en el nuevo cargo fue organizar el Primer Retiro de Señoras que también tuvo lugar en Denia. Se trataba de una actividad muy importante porque fue pionera, ya que hasta entonces las mujeres no teníamos espacios de reunión propios.

Mi trayectoria siguió siempre en el mismo empeño que he tenido durante toda mi vida. Como miembro de la Unión de Mujeres Misioneras Bautistas de España, fui nombrada Vocal de la Junta Europea de las Mujeres Bautistas, y viajé a Japón, Estados Unidos, Canadá, Holanda e Inglaterra. Durante aquellos años disfruté y aprendí mucho.

RENTERIA

Después de ocho años en Alcoy, nos trasladamos al País Vasco y en 1969 se constituyó la Iglesia Evangélica Bautista de Rentería, en la que trabajamos durante quince años.

De aquella época, como de la etapa de Alcoy, conservo también muchísimos recuerdos y a mucha gente que llevaré para siempre en mi corazón.

MADRID

Cuando en noviembre de 2000 falleció mi marido regresé a la membresía de la iglesia de Lacy donde había empezado todo. Allí, después de un tiempo, volví a poner en marcha la Unión de Mujeres, que había dejado de funcionar.

En 2011 escribí mi autobiografía «Te seguiré todos los días de mi vida». En este libro recogía mis recuerdos de toda una vida y también hablaba de lo que me había llevado a formar parte de un empeño en el que sigo y seguiré. Junto a las anécdotas estaban también los pensamientos y los afanes en los que me he movido habitualmente. «Siempre que empezábamos a trabajar en algún lugar», recordaba en el libro, «sabíamos que sería muy difícil implantar nuestra fe si previamente no estábamos firmemente convencidos de que esa era la voluntad del Señor. La obra no era nuestra, era Suya: éramos solo instrumentos al servicio de Dios». En esa actitud permanezco y persistiré.

No por casualidad uno de mis versículos favoritos es el Salmo 37:5: «Encomienda a Jehová tu camino y confía en Él y Él hará».

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