Por Julio Marañón

El salmista dice que «si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guarda la ciudad, en vano vela la guardia. En vano madrugáis y os acostáis muy tarde…» (Sal. 127:1-2). O, dicho con otras palabras, la vida sin Dios no tiene sentido. Cualquier actividad, grande o pequeña, será inútil por nuestra parte a menos de que Dios intervenga en ella. Si como Unión de Iglesias Bautistas queremos seguir mirando el futuro con esperanza, habremos de tener en cuenta siempre al Señor. Sé que se trata de una obviedad pero no conviene olvidarlo. Como acertadamente se solía cantar: «si no hubiera sido por el Señor…»

¿Está el Señor en contra de los esfuerzos humanos? No. El arduo trabajo honra a Dios, y en esta Convención del Centenario de la UEBE intuyo que ha habido mucho trabajo y una gran dosis de buena voluntad. Pero también es cierto que se requiere madurez en nuestro vivir, equilibrio entre lo que somos y lo que hacemos a fin de no caer en la tentación de cambiar la letra del cántico mencionado y llegar a pensar «si no hubiera sido por mí». Me parece que ante un hito como el celebrado nos vendría bien hacer nuestras las palabras de 1ª Samuel 7:12: «hasta aquí nos ayudó el Señor».

Repasando nuestra centenaria historia como Unión me ha parecido intuir algo así como un hilo conductor que desde el pasado llega a nuestros días, un camino en el que destacaría tres cosas: la Fe, el sentido de Pueblo y un claro Propósito.

¿Qué movió a aquel pequeño grupo de pastores bautistas para ponerse de acuerdo en un proyecto común de llevar a cabo una mayor y más eficaz labor en la extensión del evangelio en España? Por encima del mero pragmatismo, la FE. Si como dice la Biblia: «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb. 11:6), creo que sin fe tampoco nos agradaríamos unos a otros. Y, por supuesto, no tendría sentido una Unión sin esta sustancia invisible pero real que nos sostiene en lo personal y en lo colectivo.

Toda la historia posterior, incluso la de nuestros días, está llena de actos de fe. Solo la fe fortalece nuestra debilidad. Solo la fe en el Cristo vivo nos ha hecho creer que podemos vernos envueltos en dificultades, podemos vernos perseguidos, podrían despreciarnos, pero no nos va a privar de nuestro derecho a la resurrección y la vida eterna. Porque en definitiva «la victoria que vence al mundo es nuestra fe».

Y solo a través de la fe hemos llegado a ser eso, un pueblo, una familia. Un pueblo de razas, de culturas, de idiomas, de distancias. Un pueblo organizado por nuestro Señor para ser uno. No un pueblo amurallado, ni aldea, ni ghetto, ni suburbio, ni tribu sectaria, ni una rara entelequia, sino un pueblo en el sentido más amplio de la palabra.

Un pueblo, el pueblo bautista, que en ocasiones no puede entenderse por tener diferentes puntos de vista, un pueblo que manifiesta su gozo y su fe a veces de distinta manera, pero precisamente a través de la fe se encuentra con el resto de los hermanos en torno a Jesucristo, el Señor de todo el pueblo.

Y para comunicarnos, sonreímos, gesticulamos, nos besamos y compartimos inquietudes. Y en el rostro se adivina la esperanza del gran día que compartiremos la Gran Mesa común en el Reino de Dios. Un lugar, donde su pueblo tendrá un solo idioma, una sola luz, un solo motivo de alabanza y la presidencia eterna del Señor.

Una fe fuerte tiene que llevarnos a ser un pueblo fuerte que apunta hacia su principal ministerio, que no es otro que llevar a la gente a los pies de la cruz. ¿O acaso hemos olvidado este principio básico? Esperamos que no. Por eso, creo que esta es una buena ocasión para reafirmar nuestra fe y nuestro gozo de pertenecer a ese pueblo; a ese pueblo que, tanto desde dentro como desde fuera, todo el mundo se considera con derecho a criticar o menospreciar sin tener en la mayoría de los casos un conocimiento de sus objetivos y finalidad.

¿Cuáles deberían seguir siendo nuestras metas como Unión? Fomentar la «koinonía», el compañerismo, la fraternidad. Practicar el amor, la paciencia, respetarnos, gozarnos con los dones que tenemos entre nosotros, sentir verdadera pasión por las almas y organizarnos para alcanzarlas. Disciplinarnos para aprender más de la Palabra, descubrir el poder de la oración, sentirnos parte de un pueblo amplio y no encerrarnos en nuestra capillita. Estimular por activa y pasiva la visión misionera, en fin, que no sólo seamos espectadores más o menos compungidos de la situación alarmante de nuestro mundo sino actores comprometidos por la causa del evangelio.

Resumiendo: el gran propósito de nuestra Unión tiene una palabra corta: VIDA. Y en la medida que nuestra fe sea fuerte y nuestro compromiso cristiano también, el Pueblo Bautista tendrá vida y seguirá transmitiendo vida.

Parafraseando uno de nuestros hermosos y entrañables himnos, sería oportuno decirnos los unos a los otros:

Dios, nuestro apoyo en los pasados siglos,
nuestra esperanza en años venideros,
nuestro refugio en tiempos de tormenta
y nuestro hogar eterno.

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