Por Samuel Escobar, profesor en seminarios bautistas en España y las Américas

Veo en la pantalla de mi televisor los relatos dramáticos de algunas de las migraciones forzadas de hoy que nos conmueven: sirios huyendo hacia Europa, hondureños escapando hacia Estados Unidos, venezolanos caminando rumbo a Colombia, Ecuador o Perú. Y me viene a la mente el relato bíblico del propósito misionero de Dios que se va cumpliendo en medio de migraciones. La narración más temprana es la del llamado de Dios a Abraham (Gen. 12:1-5). Fue un llamado a emigrar, a dejar su tierra y su ámbito familiar para ir hacia una tierra nueva, y a recibir una promesa maravillosa: «serán benditas en ti todas las familias de la tierra». Así, en la raíz del llamado divino a la acción misionera tenemos este tema de la migración.  

Esta condición de migrante pasó a ser parte de la identidad de los judíos. Se puede ver en la confesión que el israelita debía hacer cuando al establecerse en la tierra prometida presentaba sus ofrendas a Dios: «un arameo a punto de perecer fue mi padre» (Deut. 26:5). Esta memoria colectiva es la base de lo que podemos llamar una de las leyes de extranjería más antiguas de la historia, que encontramos en pasajes del Antiguo Testamento como éste: «no angustiarás al extranjero porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Ex. 23:9; ver también Lev. 19:33-34).  

Nuestros misioneros de hoy son migrantes voluntarios que han hecho como Abraham y han ido a otras tierras para ser bendición allí, cumpliendo así el propósito de Dios para sus vidas. En los capítulos 1 y 15 de Romanos Pablo explica el motivo que lo ha llevado a escribir su carta. Habiendo realizado un trabajo misionero «desde Jerusalén hasta Ilírico» (Rom. 15:19), es decir la mitad oriental del Imperio Romano, ahora se siente llamado a ir al extremo occidental: España (15:28). Y en camino, quiere ministrar en Roma (1:9-12) y que la iglesia de Roma lo apoye en el proyecto (15:18-29).   

Luego de esta explicación Pablo termina su epístola con una larga lista de saludos que ocupa buena parte del capítulo 16. Manda saludos a personas que él había conocido en sus viajes por diferentes regiones y ciudades del Imperio pero que ahora, en el momento que él escribe, han emigrado a la capital: Roma. Cuando nos detenemos a estudiar esta larga lista de saludos descubrimos que en Roma había por lo menos cinco iglesias en casas que Pablo menciona específicamente: la de Priscila y Aquila (v. 5), la de Aristóbulo (v. 10), la de Narciso (v. 11), la de Hermes (v. 14) y la de Olimpas (v. 15). Por los nombres que va mencionando el apóstol, nos damos cuenta de que algunos eran gentiles, es decir griegos o romanos, y otros eran judíos.  

Esta variedad de origen nos ayuda a entender mejor la pertinencia y la fuerza de la exhortación del apóstol: «Por tanto recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió para gloria de Dios» (15:7). La Versión Popular traduce «aceptaos los unos a los otros» y La Palabra dice «acogeos, pues, unos a otros». Y así entendemos mejor también la riqueza de enseñanza sobre la vida cristiana que esta epístola ofrece y lo nuevo y distintivo de la Iglesia como esa comunidad de gente de culturas y lenguas variadas que ahora en Cristo han encontrado un Salvador, Señor y modelo de vida. Al entrar en la iglesia entras en una comunidad donde te reciben y tú, a tu vez de manera recíproca, recibes a quienes son parte de ella, sin tener en cuenta nacionalidad, clase social, sexo, edad. En ese sentido el recibir a Cristo te ha hecho una nueva persona que ahora es parte de un nuevo pueblo.  

En este mismo capítulo Pablo especifica lo que en algunos casos significa «recibir» en la vida de las iglesias. Dice en los vs. 1 y 2: «Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos y a mí mismo». Cuando fui pastor de una iglesia bautista en Lima, la capital del Perú, hubo muchos domingos en los cuales recibíamos la visita de hermanos o hermanas del interior. Y casi siempre yo encontraba gente de la iglesia que se ofrecía a recibir a los visitantes. Me sorprendía como pastor que siempre fuesen los hermanos pobres de la iglesia los más dispuestos a recibir a los visitantes.  

El pastor evangélico Juan Zúñiga del Perú fue enviado por su iglesia como misionero a Madrid en el año 2005. Allí tuvo la experiencia de conocer a fondo las necesidades de todo tipo que tienen los migrantes latinoamericanos: necesidades materiales diversas y también necesidades de comprensión, consuelo y pastoreo. Al volver al Perú trece años más tarde, encontró que había 385.000 venezolanos que habían tenido que emigrar por la situación de su país. Una migración tan numerosa empezaba a despertar rechazo y discriminación, empezaba a aparecer la xenofobia en ciertos ámbitos. El Pastor Zúñiga decidió compartir lo que había aprendido acerca de la práctica de la fe cristiana en España y ha escrito el libro Fui forastero y me recibisteis tomando la enseñanza de Jesús en Mateo 25:31-46. Quiere que sus paisanos creyentes no se olviden de esta importante lección del Señor Jesucristo que en su momento los recibió.  

En la década de 1990 el teólogo croata Miroslav Volf sufrió la ruptura de su patria Yugoslavia, seguida de una cruel guerra entre serbios, bosnios y croatas que antes convivían. La teología de Volf es una reflexión acerca de la práctica a la luz de la Palabra de Dios. El título de su libro más importante es una pregunta: «¿Exclusión o abrazo?» Nos recuerda que como seres humanos nos definimos a nosotros mismos por exclusión de los otros. La clave del fruto de la experiencia con Cristo es que cuando llegamos a conocerlo como Señor y Salvador sustituimos la exclusión por el abrazo: recibimos a los demás. Esa lección que todo misionero o misionera aprende cuando va a otras tierras la están aprendiendo nuestras iglesias en España en esta época de migraciones. Desde el tercio final del siglo pasado el Señor ha traído a España migrantes latinoamericanos, africanos, rumanos, croatas, y para algunos de ellos la recepción que han experimentado de parte de los creyentes españoles ha sido el camino para conocer a Cristo. No es fácil aceptar a quien es diferente, pero es la misión a la que Dios nos llama, en Guinea Ecuatorial y en Valencia, en Madrid y en Mozambique. Y algunos de esos migrantes que cuando vinieron ya conocían al Señor están ayudando a nuestras iglesias a cumplir con su misión hoy.    

Leave a Reply