Por Ramón Sebastián Vicent, historiador y profesor de la Facultad de Teología UEBE

William Carey: Padre de las misiones modernas

En nuestro último artículo vimos cómo el Gran Avivamiento del s. XVIII (John Wesley, George Whitefield) influyó positivamente en los Bautistas ingleses, tanto Generales (Dan Taylor) como Particulares. Pero su legado fue más allá de un simple crecimiento numérico, pues el celo espiritual llevó a una fuerte convicción evangelizadora de forma que la Nueva Conexión de los Bautistas Generales fundó una Junta de Misiones, y los bautistas Particulares, superando su hipercalvinismo, comenzaron a considerar el llamado de Cristo a llevar el Evangelio por todo el mundo. Es en este contexto donde encontramos a nuestro personaje de hoy: William Carey (1761-1834), coetáneo de los importantes acontecimientos que rodearon el comienzo de la Edad Contemporánea (Revolución Industrial, Independencia de EE.UU., Revolución Francesa, Guerras napoleónicas o transición al Estado liberal -parlamentarismo- si bien en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda -fundado en 1801- ya se había abandonado el absolutismo).

Carey nació en 1761 en una pequeña población (Paulerspury) del condado de Northampton (Inglaterra) y fue criado en la Iglesia Anglicana. Era zapatero de profesión, siendo precisamente el testimonio de un compañero suyo lo que le llevó a una experiencia de conversión a Cristo, a bautizarse y a integrarse en una iglesia bautista (1783). Su celo por predicar el Evangelio le orientó a su ordenación como pastor de la congregación de Moulton en 1787. Superó su escasa base cultural y teológica gracias a algunos rasgos de su personalidad: por un lado, su empeño en la lectura, bien de obras de Historia de la Iglesia (relatos de misioneros), de Geografía y narraciones de viajes como los del navegante James Cook (por el conocimiento de otras culturas que no conocían a Cristo) y, sobre todo, de la Biblia; por otro, su facilidad en el estudio de idiomas por el que aprendió hebreo, griego, latín y varias lenguas europeas modernas.

Su inquietud por llevar el Evangelio a otros pueblos surgió con un llamado del Señor en el que sintió que tenía ese deber, a lo que respondió «heme aquí, envíame a mí». Estaba convencido de que esta es una responsabilidad de la Iglesia por lo que escribió su obra más conocida, la cual es considerada como el documento constitucional de las misiones modernas: «Una investigación sobre la obligación de los cristianos en usar medios para la conversión de los paganos». Poco después (1792) predicó en la Asociación Bautista de Northampton un mensaje muy conocido: «Esperad grandes cosas de Dios; emprended grandes cosas para Dios», basado en Is. 54: 2-3. En aquel momento no solo no había agencias misioneras protestantes, sino que apenas existía un interés por las misiones. Pese a que la fuerte tendencia calvinista provocó reacciones opuestas al considerar que no se puede hacer por medios humanos lo que sólo depende de la voluntad divina[1], en ese mismo año organizó una Sociedad Bautista Misionera, desarrolló un plan de misiones y se propuso promover la inquietud por evangelizar a otros pueblos. Esta Sociedad era humilde ya que solo contaba con un pequeño círculo de doce amigos y pastores, pero al año siguiente (1793) partió para la India con su familia (su esposa y dos hijos) y un médico, John Thomas, teniendo que superar fuertes problemas tanto financieros como diplomáticos y personales; incluso contó con la oposición de las principales compañías comerciales británicas, como la Compañía de las Indias Orientales, que no veían con buenos ojos que el cristianismo se extendiera por esta colonia. Esto último hizo que su centro de operaciones fuese Serampone, una colonia danesa no muy distante de Calcuta.

Allí se le unieron los misioneros Marshman y Ward que formaron el conocido grupo del «trío de Serampone»; Carey aprendió varios idiomas del entorno para poder traducir la Biblia o porciones de ella (lo hizo a un total de 18 lenguas diferentes, entre ellas el bengalí y el sánscrito), escribir tratados evangelísticos, enseñar, fundar escuelas (en torno a 100) y predicar. Además de los niños a los que se instruyó, hubo varios centenares de conversiones (aunque su trabajo fue infructuoso durante los 7 primeros años), se establecieron congregaciones y se capacitó a una docena de autóctonos para el ministerio cristiano. Su trabajo como misionero se extendió durante cuatro décadas, hasta su muerte.  Impulsó también una labor humanitaria: rechazaba la costumbre de que se quemase a las viudas junto al cadáver de su esposo fallecido, así que solicitó una y otra vez al Gobernador inglés que se prohibiera esa práctica, logrando la publicación de un edicto en 1829. Fue precisamente Carey quien tradujo al bengalí dicha norma por la que tanto había luchado. También manifestó su oposición a la división social en castas o a ritos para con los distintos dioses existentes en este territorio, como el de arrojar niños pequeños a los ríos en ofrenda.

Su obra trascendió más allá de la India pues los bautistas ingleses ampliaron su campo misionero a Sri Lanka, China, África, el Caribe, América central y sur de Europa. Incluso se fundó en 1797 una Sociedad de misiones domésticas orientada a Escocia, Irlanda y Gales. Todo esto no sólo supuso el crecimiento de la obra bautista en el Reino Unido, sino que las dos grandes tendencias (Generales y Particulares) reforzaron el proceso de acercamiento, que se consumó en 1891 cuando se formó la Unión Bautista de Gran Bretaña e Irlanda.

Hemos visto la positiva influencia del Gran Avivamiento en los bautistas ingleses y cómo surgió una fuerte inquietud misionera. Un dato más: el fenómeno que acabamos de describir tuvo tal impacto en el mundo protestante que según la Historia General de la Civilizaciones de Crouzet, «el siglo XIX fue el siglo de las misiones protestantes», las cuales se extendieron por todo el planeta y por primera vez superaron en número y expansión a las misiones católicas. Así que en nuestros próximos artículos veremos otros ejemplos de misioneros bautistas decimonónicos y, obviamente, tendremos en cuenta ya nuestro solar hispano.


[1] Vedder cuenta (p. 148) un par de anécdotas en este sentido. La primera se refiere a la participación de Carey en una reunión de bautistas particulares en la que presentó sus inquietudes misioneras; quien la presidía le dijo «con severidad»: «Siéntese Vd., joven; cuando el Señor quiera convertir a los paganos, lo hará sin vuestra ayuda o la mía». La segunda es la llamada de atención del duque de Wellington (recordado en nuestro país por su decisiva intervención en contra de las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia) a un ministro eclesiástico poco convencido de la utilidad de llevar el Evangelio a los hindúes: «Atienda a sus órdenes de marcha de “Id y predicad el Evangelio a toda criatura”».

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