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Por Samuel Pérez Millos, escritor, conferenciante y Pastor de la Iglesia Unida de Vigo

«Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron, y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:14-15).

La iglesia está atravesando por una situación que podría calificarse de inquietante, consistente en la falta de compromiso generalizado. Pastores y líderes están acudiendo a sistemas diversos para generar entusiasmo y compromiso, pero, en muchas ocasiones la respuesta es tan pequeña que se sienten frustrados.

No es algo novedoso, ocurría en tiempos apostólicos, siguió en el decurso de la historia de la Iglesia, y ha llegado a nuestros días. Sin embargo, acaso no estamos acudiendo a la fórmula divina para despertar el interés y que está en las palabras de los dos textos seleccionados. Hagamos una aproximación a ellos de forma sencilla.

Una acción

Dios constriñe al creyente, o si se prefiere, el creyente es constreñido por Dios. El verbo constreñir (gr. συvεχω), tiene varias acepciones, entre las que están dominar, constreñir, impulsar, apremiar. La que mejor corresponde con el texto es esta última. Dios nos apremia orientándonos hacia algo. Lo hace presentándonos el amor de Cristo, el que demostró hacia nosotros, que somos objetos directos del mismo. Sin duda, el amor de Cristo es tan infinito e incomprensible como lo es el mismo Dios. El deseo del apóstol es que «seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y así conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef. 3:18-19).

Es el amor que impulsa al Hijo de Dios al descenso hasta las partes más bajas de la tierra (Ef. 4:9). Ese amor profundo conduce, le constriñe, a no tener como algo a que aferrarse Su condición divina, dejando a un lado los derechos eternos que le corresponden en el seno de la Deidad, para venir a la forma de siervo, pasando para ello por la condición de hombre (Fil. 2:6-8). El mismo apóstol enseña que el Señor se despojó, vaciándose, no de Sus atributos y perfecciones divinas, sino del ejercicio voluntario de las mismas desde el plano de Su humanidad, dejando a un lado la gloria divina de Su impronta como Dios, que ocultó bajo el manto de Su humanidad, para entregar Su vida de infinito valor como libación en el sacrificio, derramándose a Sí mismo (Is. 53:12). El Eterno se hizo hombre (Juan 1:14) para obedecer, llevando a cabo la obra de redención, para lo cual se humilla hasta la suprema obediencia del siervo que da Su vida muriendo en la Cruz. En ese amor Jesús se entrega a una muerte expiatoria (Juan 10:11, 15, 17, 18; 2 Co. 5:21), descendiendo para cargar sobre Sí el pecado y ser también nuestro sustituto en la Cruz, habiendo sido hecho maldición para que los malditos, a causa del pecado, pudiésemos ser hechos bendición en Él (Gál. 3:13). Cuando Cristo murió es evidente que no había otro medio para la salvación de los pecadores, más que ocupando su lugar. Los sufrimientos de la pasión expresan el amor eterno de Dios hacia los pecadores, siendo la necesaria ejecución en el tiempo de lo que Dios había planeado desde la eternidad (2 Tim. 1:9). La sustitución con relación al juicio del pecado es una enseñanza del NT (cf. 1 Cor. 15:3; 2 Cor. 5:21; Gál. 3:13; 1 Ped. 2:24). La Cruz es la realización del plan eterno de redención, establecido por Dios desde antes de la fundación del mundo (2 Tim. 1:9); el altar en que Dios mismo coloca a su Hijo, como «Cordero que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). La crucifixión no fue un accidente casual en la vida de Cristo, sino el cumplimiento preciso de lo que Dios había preparado anticipadamente (Hch. 2:23). Pablo tiene presente la Cruz en toda la dimensión de su teología vinculándola con la obra de sustitución en la que Cristo ocupa el lugar de los pecadores: «uno murió por todos». No sólo muere en beneficio de los pecadores, sino ocupando su lugar. Tal profundidad es difícil de comprender: «El Justo por nosotros los injustos» (1 Ped. 3:18). Dios nos constriñe a centrar nuestro pensamiento en esa verdad.

Una consecuencia

La posición de vida nueva en Cristo trae una consecuencia: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál. 2:20). A la fe en el Salvador sigue la regeneración espiritual y el bautismo del Espíritu, que une al creyente con Cristo (1 Cor. 12:13). La unión vital con Cristo produce una auténtica resurrección espiritual del pecador perdido, ya que «juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:6). Esta nueva condición no es una modificación de algo anterior, sino una nueva creación de Dios (2 Cor. 5:17). Debe entenderse que, por razón de la identificación con Cristo, se produce potencialmente una destitución real del hombre hasta ahora existente y su base vital, dominada por el pecado, estableciéndose una nueva experiencia de vida, de modo que el hombre creyente se abre absolutamente a Dios en Cristo. El Resucitado vive en cada uno de los creyentes y se hace principio vital por el Espíritu que mora en ellos (Rom. 8:10a, 11a).

Un cambio

Ante la obra de Cristo no queda sino expresar gratitud por los bienes: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional» (Rom. 12:1). Es la consecuencia de sentirse constreñidos por el amor divino. Es todo cuanto supone la Cruz.

Es lo único que puede impulsar a cada uno a ponernos a disposición de Él, entregándonos para servirle con total compromiso. Esto reviste un aspecto sacrificial, como respuesta de fe del creyente a Dios, que no se conforma con formas de piedad aparente, sino al creyente en plenitud de entrega agradecida.

 

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