Por Samuel Pérez Millos, escritor, conferenciante y Pastor de la Iglesia Unida de Vigo

«Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Ti. 4:1-2).

El escrito final del apóstol dirigido a su «hijo espiritual», colaborador, amigo y pastor en la iglesia en Éfeso está rodeado de una atmósfera solemne. Ya terminándolo, como en un último deseo por dejar asegurado en Timoteo el compromiso de fidelidad con la enseñanza, le demanda que se entregue sin reserva a este ministerio. Le había hecho una advertencia sobre los «tiempos peligrosos» a los que se enfrentaría (3:1), en los que muchos dejarán el interés por la Palabra. Le exhortó antes a que perseverase en la doctrina; ahora lo conmina a que la proclame, sin importarle la oposición que tenga que afrontar para ello. Es necesario aproximarnos a los dos textos citados haciendo una breve exégesis del contenido, para entender la dimensión de la demanda del apóstol.

1. Un encargo solemne

«Te encarezco». El apóstol emplaza solemnemente a Timoteo, poniéndolo bajo juramento. El verbo que usa aquí[1] es la forma intensificada del que denota «testificar». Era la fórmula habitual, a modo de juramento, usada en tiempos de Pablo para conminar al testigo en un juicio a que formulase su declaración con precisión y veracidad. La responsabilidad que Timoteo había contraído se prolonga indefinidamente durante todo su ministerio. Este compromiso se establece ante Dios y el Señor Jesucristo, como testigos de su fidelidad.

El Señor «juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino». Una de las misiones de Jesucristo es la de juzgar. El apóstol utiliza dos verbos en la construcción de la oración. Primeramente, un participio presente que expresa la idea de «estar a punto de hacer algo»[2]; en segundo lugar, el verbo «juzgar»[3]. La idea es que Cristo está preparado para juzgar, como juez designado, a quien el Padre le dio esa potestad única. En un obrar a través del Hijo, el Padre no juzga, sino que el juicio se lo ha entregado a Su Hijo. Este «dar todo juicio» al Hijo no es asunto de concesión, sino de donación, a causa de que es engendrado del Padre, recibiendo todo de Él en entrega plena. El Señor juzgará a «vivos y muertos»; los que vivan comparecerán ante Su trono, así como todos los que hayan muerto serán llamados a juicio al final de los tiempos. El mismo apóstol enseña que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10). Esto es algo que Timoteo debía recordar, lo mismo que cada pastor en la iglesia y cada maestro en la congregación debe vivir a la luz de este acontecimiento. Dado que no sabemos cuándo ocurrirá, hemos de asumirlo como si se produjese de forma inminente.

 2. Una demanda concreta

Nada más preciso que las palabras del apóstol: «Que prediques la Palabra». La solemnidad del mandamiento se aprecia por el uso de cinco imperativos en el texto griego. Estos ponen de manifiesto el alcance que da al propósito del verbo «encarecer» del versículo anterior. El primero tiene que ver con «predicar» o «proclamar» la Palabra y expresa la idea de actuar como un heraldo. El uso del aoristo en cada uno de los imperativos establece la extensión; es decir, debe hacer lo que se indica definitivamente, concluyéndolo y persistiendo en ello. «Predicar» la Palabra no es exponerla simplemente o enseñarla sistemáticamente, sino darla como un mensaje que Dios encomienda a un servidor que ha seleccionado para ello. De otro modo, es hablar en nombre de Dios (2 Co. 5:20). Así lo hizo Jesús. Las gentes se agolpaban no tanto para oír a un gran predicador, sino para «oír la Palabra de Dios» (Lc. 5:1). En eso persistió durante todo Su ministerio como lo manifestó en la llamada «oración sacerdotal», insistiendo en ello: «Porque las palabras que me diste les he dado…Yo les he dado tu Palabra… santifícalos en tu verdad; tu Palabra es verdad» (Jn. 17:8, 14, 17). Es necesario entender que lo único que puede llamarse «predicación» tiene que ver con la Palabra. Es decir, es lo que ha de predicarse en la iglesia o proclamarse en la evangelización. No es cuestión de charlas, ni de reflexiones, ni de vana palabrería (2 Ti. 2:14, 16), sino de enseñar la «doctrina», el buen depósito que Dios da para ministrarlo a otros (2 Ti. 1:13-14).

Lamentablemente, esta forma de ministerio está desapareciendo de muchas iglesias. La Biblia está cada vez más lejos de muchos púlpitos. El mensaje que surge, descansa y se sustenta en ella ha sido sustituido por «comida más liviana». Es triste apreciar que muchas congregaciones no han oído nunca una exposición de profetas menores, de los libros sapienciales, del Pentateuco, etc. Se ha ido disminuyendo la exposición y sustituyéndola por los mensajes llamados «motivadores», charlas con apariencia bíblica, pero que son las ideas que el predicador quiere proyectar y que, aunque no apelen a la vida personal, hagan feliz al auditorio. La enseñanza de la Palabra está siendo reducida a la mínima expresión y sustituida por otras manifestaciones culturales, como alabanza, expresiones de júbilo, etc. que, aun siendo aptas para el culto, no son, en modo alguno, sustitutivas de la exposición bíblica. No se debe olvidar que el pueblo de Dios se congrega ante todo para oír a Dios y en respuesta adorarle y alabarle.

La solemnidad de la predicción requiere que el predicador «inste», que nada tiene que ver con ser inoportuno, sino con «aprovechar el tiempo». Ha de hacerlo con «paciencia», pero siempre con «doctrina». Todo cuanto no descanse en la Biblia no es una predicación. Dios nos llama hoy a predicar la Palabra. Esta es Su demanda y nuestro privilegio.

 

[1] Griego: διαμαρτύρομαι.

[2] Griego: μέλλοντος, caso genitivo masculino singular del participio de presente en voz activa del verbo μέλλω, «estar a punto de, deber, haber de, tener intenciones de».

[3] Griego: κρίνω.

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