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Por Samuel Pérez Millos, escritor, conferenciante y Pastor de la Iglesia Unida de Vigo

«Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo: Córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después» (Luc. 13:6-9).

Soy consciente de dos dificultades del texto: Es una parábola, por tanto, debe ser considerada como una ilustración sobre algo, sin asentar en ella principios doctrinales. Además, está dicha por Jesús frente a una situación espiritual de Israel. Un pueblo que adoraba a Dios con su boca, pero su corazón estaba lejos de Él. Sin embargo, es una enseñanza aplicativa a la Iglesia, el pueblo de Dios en este tiempo, cuyos problemas espirituales son semejantes a los de aquellos. Tomemos el texto de este modo.

I. La situación

Se aprecia una obra de Dios. Actuando en gracia nos ha puesto donde no correspondía, es notable que habla de una higuera, plantada en una viña. Así hizo con nosotros sacándonos de una situación de muerte espiritual y trasladándonos a Su reino: «El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Nos puso en terreno fértil, preparado, injertándonos en Cristo para que podamos llevar fruto (Ef. 2:4-6). Nos rodeó de misericordia y nos alcanzó en su gracia (Ef. 2:8-9). Además, nos plantó en Su viña, rodeándonos de Su protección: «El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende» (Sal. 34:7).

Todavía más, nos demostró su amor. No fuimos nosotros a buscarlo a Él, sino que Él vino a buscarnos a nosotros (Luc. 19:10). Lo sorprendente es que Dios dio a Su Hijo para comprarnos y sacarnos de nuestro estado (Gál. 4:4). Nos encontró perdidos y nos pasó de muerte a vida. El precio que tuvo que pagar produce asombro: «…descendió a las partes más bajas de la tierra» (Ef. 4:9). Supuso el nacimiento del Salvador en pobreza, el tránsito por un camino de confrontación y desprecio, la muerte ignominiosa en la cruz, el desamparo la burla, el dolor y la muerte.

Todo esto lo hizo para capacitarnos a fin de que llevemos fruto (v. 6). El fruto que busca Dios es un compromiso de testimonio (Hech. 1:8); fruto de santidad: «tenéis por fruto la santificación» (Rom. 6:22). Busca fruto de amor: «que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado» (Juan 13:35). Pone en nosotros Su Espíritu para que seamos conformados a la imagen de Su Hijo (Rom. 8:29).

Un fracaso evidente: «hace tres años que vengo a buscar fruto y no lo hallo» (v. 7). Nada vale para Él los que simplemente tienen la apariencia de piedad, los que dicen solo «Señor, Señor» (Luc. 6:46). Este es el propósito divino para nosotros: «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14). Pero, a pesar de nuestro fracaso esperó un tiempo para la recuperación: «hace tres años» (v. 7). Era un estorbo en la tierra, recibiendo sustento y no dando fruto. La sentencia es precisa: «córtala». Es la enseñanza de Jesús: «El que en mí no lleva fruto lo quitará» (Juan 15:2). La misma advertencia para la Iglesia: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar» (Ap. 2:5).

II. La acción

La intervención de la gracia: «Déjala todavía este año» (v. 8). Jesús es nuestro intercesor a la diestra del Padre (Rom. 8:34). A pesar de nuestras miserias intercede, porque ese es su admirable oficio: «viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb. 7:25b). Es una operación de la misericordia. El Señor quiere ocuparse personalmente de recuperarnos. Viene a nuestro lado y lo hace para nuestra ayuda, porque «ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida» (Sal. 23:6). La admirable petición del intercesor: «Déjala todavía este año».

Quiere hacer una operación de restauración: «hasta que yo la cave alrededor de ella». Renovar la dureza de la tierra para alentar en ella el nuevo aire del Espíritu. Retirar las piedras que impiden la comunión. Sacar las espinas que estorban el compromiso de la fidelidad. Lo hace con enseñanza: «y la abone». Pone a nuestra disposición los recursos de la Palabra, que marca diferencias porque puede santificar (Juan 17:17). Abrirá un nuevo diálogo de comunión: «… le hablaré al corazón» (Os. 2:14). Un diálogo no de reprensión sino de amor: «Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor» (Os. 11:4). El trabajo lo hará en nosotros con fidelidad: «…os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré» (Is. 64:4). ¡Oh, sí! No soy digno, pero Él es fiel. Cuando todo se cierra, Él abre una puerta para mi vida. Oigo Su voz: «Déjala todavía este año».

III. La advertencia

Dios está dando a Su Iglesia, en tiempos tan adversos como los de ahora, una nueva oportunidad. Es cierto que Él es amor, pero no tolerará para siempre la desidia espiritual. La disciplina de Dios es una exigencia de su amor. Es necesario prestar atención a su advertencia, porque «si fuéremos infieles, él permanece fiel. Él no puede negarse a sí mismo» (2 Tim. 2:13). No quiere decir que no actuará, aunque seamos infieles a Su propósito, sino todo lo contrario.

La petición del intercesor es una advertencia solemne: «Déjala todavía este año».

Dios nos está dando una oportunidad. El Señor trabaja en nosotros preparando el terreno para que cumplamos el propósito de Dios. Lo está haciendo con unas manos taladradas que expresan el costo de nuestra redención y manifiestan el infinito amor hacia nosotros.

Un año más. Ya han pasado días y horas de este año. Es la oportunidad que tenemos para regresar a Él en confesión y restauración.

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