Por Samuel Pérez Millos, escritor, conferenciante y Pastor de la Iglesia Unida de Vigo

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre) lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).

El entorno de la Navidad conduce a la reflexión sobre Jesús. El gran misterio de la gracia establecido en la eternidad para salvar a los hombres tuvo cumplimiento. El tiempo, que mantiene una fecha para el recuerdo del nacimiento de Jesús, diluye la gran razón de la Navidad, orientando el pensamiento hacia la alegría pasajera, el compartir regalos entre nosotros, mientras que el Niño que nació en Belén queda en el olvido. Por esa razón el versículo del Evangelio según Juan debe hacernos reflexionar sobre la gloriosa aparición de Dios revestido de humanidad.

Tres palabras definen el contenido del versículo: Verbo, carne y gloria. Considerémoslas brevemente y entenderemos mejor la dimensión de la Navidad. Dios hecho hombre, naciendo entre los hombres para manifestar Su gracia.

I. Verbo. Con este título inició Juan su escrito. Verbo, equivale a palabra, pero no solo una, ni a un discurso sobre algo. Dios envió al mundo al Verbo, para expresar en Él todo lo que concierne y corresponde al Infinito. Es la Palabra que revela al Invisible. Viene con una misión reveladora: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). Juan sitúa al Verbo en el plano de la deidad, como Creado y poseedor de la vida (Juan 1:3-4). El que es sin origen, porque es Dios en la unidad con el Padre y el Espíritu, tenía necesariamente que estar con Dios en el comienzo de todo. La Palabra pronunció la voz de autoridad y omnipotencia y todo cuanto existe, universo, ángeles y hombres, irrumpieron en el tiempo y en la historia. La Biblia dice que los cielos surgieron como un juego de sus dedos (Sal. 8:3). Las leyes que rigen el universo fueron establecidas por Él. Todo el cosmos es sustentado por la autoridad de Su palabra (Heb. 1:3). La vida que estaba en Él fue comunicada al hombre por el soplo del Espíritu (Gén. 2:7). Sin duda todo lo creado obedece a la decisión del Ser Divino, por lo que las tres Personas participan en esa operación creadora.

Todos los atributos de la deidad, comunicables e incomunicables, están en el Verbo. No es perpetuo, sino eterno. Eternidad no es una dimensión infinita de tiempo, sino la ausencia absoluta del mismo. Mientras el tiempo transcurre, el Verbo es inmutable, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Su eterna existencia antecede a todo: «Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo» (Pr. 8:27-30). La gloria de su Persona Divina era proclamada continuamente en los cielos (Is. 6:1-4).

Dios es el primer motivo de la Navidad. Esta es la primera manifestación de la gracia. El Verbo se hace presente en medio de los hombres con un mensaje de aliento y esperanza, para decirles: Te amo, porque soy amor.

2. Carne. Una notoria afirmación: «Y aquel Verbo fue hecho carne». Dios viene a una experiencia novedosa, se humana, haciéndose carne. No es que el Verbo se posesiona de un hombre, sino que Él mismo se hace hombre. El proceso es asombroso. Obedece a la determinación eterna de redención (1 Ped. 1:18-20). El eterno designio divino se ejecuta: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley» (Gál. 4:4). El Espíritu engendró en María, la naturaleza humana del Verbo, de modo que la segunda Persona divina, quedó revestida de humanidad. Esta subsiste en la Persona Divina, inseparablemente unida a ella. La criatura incorporada a la Deidad, o si se prefiere, Dios incorporado a la humanidad. El Eterno entra en el tiempo histórico de los hombres, por la vía natural: concepción, gestación y alumbramiento. Desde entonces la historia de Dios se hace medible. El Eterno que entra en la temporalidad, trae consigo la eternidad al tiempo. La infinidad divina se limita asumiendo la de la criatura, pasando por todas las miserias del hombre (Is. 53:3-5). Nuestras angustias fueron Suyas, vivió nuestras tentaciones, lloró nuestras lágrimas, y murió nuestra muerte. En esa humanidad resucitó para nuestra justificación, y ascendió a los cielos haciéndose en ello nuestra esperanza (Col. 1:13).

III. Gloria. Volvamos al texto: «y vimos su gloria… lleno de gracia y de verdad». Juan había acompañado a Jesús durante Su ministerio terrenal. Contempló las admirables maravillas de Sus milagros, que sin duda le impactaron. Pero, no es tanto la gloria de Sus acciones omnipotentes, ni la de Su impronta divina, que contempló en la transfiguración, lo que le cautivaron. Fue la dimensión de la gracia, lo que le asombró. Se ha definido la gracia como el amor inmerecido, pero realmente es la perfección divina que obliga a Dios a descender para acercarse al hombre. El génesis de la gracia está presente en el Plan de Redención (2 Tim. 1:9). Gracia expresada en el nacimiento, donde Jesús es puesto en un pesebre, porque no tenía otro lugar. Gracia ministrando a los hombres, restaurando, perdonando, alentando, sanando y alimentando a los necesitados. La gracia es la razón de Su aproximación al hombre, porque «este a los pecadores recibe, y con ellos come» (Luc. 15:2). Gracia exhibida en la Cruz, donde «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:8). Gracia buscando al perdido ya que «el Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido» (Luc. 19:10). ¡Que admirable! El eterno entra en el tiempo para llevar a los del tiempo a la eternidad, dándoles la vida eterna, para que pueden saludar en lontananza un gozo sin término, una paz absoluta, y disfrutar ya la bendición divina, inmensa como la eternidad.

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