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Por Emilio José Cobo, Pastor IEB Carlet y Director Ministerio de Juventud UEBE

En la historia siempre han existido personas que han roto esquemas de todo tipo para brindar una nueva perspectiva de las cosas que siempre se han asumido como inamovibles en el plano social. Actualmente, somos testigos de la gran cantidad de películas y series que tratan las figuras de seres humanos que, tras una lucha encarnizada y apasionada por hacer ver a la sociedad su mal proceder, su injusticia institucionalizada y su cerrazón mental, han logrado, incluso al coste de sus vidas, dar un paso adelante en el progreso hacia el respeto, la dignidad y la justicia en este cruel mundo.

A veces, estas personas que han propiciado el cambio con su demostración incuestionable de denuedo eran individuos que se vieron sometidos a alguna clase de experiencia catalizadora que puso en sus corazones el deseo de crear un debate público sobre asuntos como el racismo, el sexismo, la pobreza o la libertad de conciencia.

Sin embargo, aquellas personas que no tiraron del fanatismo y el radicalismo más descabellados son las que me merecen un gran respeto y admiración. Más allá de cuáles sean sus aportes, sobre si son aceptables o no por parte de Dios, esos individuos han buscado por medio de estrategias legítimas un espacio en el que poder transmitir sus pensamientos y sueños desde el respeto a las ideas contrarias y a la libertad de expresión. Poco a poco, con esfuerzos casi sobrehumanos, se han superpuesto a las estructuras anquilosadas y añejadas, para conquistar la oportunidad de que todos podamos opinar distinto, creer de forma diferente y expresar libremente nuestra fe, sin que nadie tenga que decirnos qué decir dentro del espectro dictatorial de lo políticamente correcto.

Normalmente, estos modelos del cambio han tenido que emplear un discurso disruptivo y directo para dar eco a sus posiciones ideológicas o espirituales. No comulgaron con la opinión generalizada, con las tendencias del momento, ni se vendieron a la tiranía de la corrección hipócrita. Sin pelos en la lengua, declararon sus posicionamientos, y nunca atendieron al aplauso de las masas o a las recomendaciones presionantes de lo que se supone que se debe decir o hacer.

Juan el Bautista era uno de esos hombres de la historia que nunca se dejó embaucar por las promesas de estatus holgados. Con una imagen distintiva, alejada de la normalidad urbana, y más cercana al retrato de los profetas de antaño, Juan el Bautista se había convertido con el paso el tiempo en una persona de referencia de su época. Leyendo el comienzo de su ministerio, observamos cómo miles de personas de todo pelaje se acercan al desierto para escucharlo predicar y ser bautizados en el Jordán. El pueblo de Judea, a pesar de la aspereza de su mensaje de arrepentimiento, y la rudeza de sus denuncias, lo apreciaba enormemente. Sin provocar esta clase de estima, Juan el Bautista se había convertido en un modelo de conducta y fe para multitudes.

Cuando comparece en el lujoso salón del trono de Herodes Antipas, Juan el Bautista no se va a dejar llevar por la corrección política. No se va a morder la lengua para decirle en la cara que su conducta es perversa, abominable para Dios. Sin paños calientes, y respaldado por la verdad del Señor, espeta sin contemplaciones que, tanto Herodes como Herodías están contraviniendo las más básicas estipulaciones sobre las relaciones sexuales y afectivas que se hallan en las Escrituras. Muchos que comparecieron ante el tetrarca le rindieron pleitesía a pesar de saber que no estaba en el buen camino, le aplaudieron las gracias y se sometieron bajo el imperio de lo políticamente correcto.

No obstante, ese no iba a ser el modus operandi de Juan el Bautista. No se sentía impresionado por el boato de la corte, ni sentía la necesidad de postrarse ante una persona que había incurrido en un pecado realmente vergonzante. Herodías, al escuchar la denuncia y juicio del Bautista, se retira a sus aposentos con la perspectiva aviesa de terminar con la vida de aquel que la estaba afrentando a los ojos de sus cortesanos. Debía urdir un plan, convencer a su amante de que lo mejor era matar sin dilación a ese mugriento profeta del desierto, algo que sucede finalmente.

Una vez convencido de que Jesús era el Mesías anunciado y prometido, Juan el Bautista deja que su llama vaya menguando para que el fuego del evangelio de salvación proclamado por Jesús crezca y dé luz a la humanidad. Juan asume su rol en el plan salvífico de Dios, y cuando ve que el verdugo entra en su calabozo, sabe que ha cumplido fielmente con su labor, y que su Padre celestial le espera con los brazos bien abiertos para consolarlo y librarle del dolor sufrido en la tierra.

Juan el Bautista rompió esquemas establecidos y displicentes en el tiempo que le tocó vivir. Se mantuvo firme en las directrices marcadas por las Escrituras y nunca buscó agradar a los hombres antes que a Dios. Eso le granjeó grandes enemigos, pero también le hizo acreedor del afecto y la imitación de muchas personas que siempre procuraron el triunfo de la verdad y de la justicia.

Si, como joven cristiano, quieres marcar la diferencia en este mundo, y decides romper cualquier esquema preconcebido que veje las enseñanzas bíblicas, aprende de Juan el Bautista y de su firmeza de carácter a la hora de enfrentarse con la mentira, la inmoralidad y la injusticia. Como dijimos al principio, romper esquemas no es algo fácil. Tal vez sumes muchos adversarios contra tu causa y la causa de Cristo.

Seguramente serás vituperado, insultado, amenazado o marginado. Posiblemente, te etiquetarán groseramente para que pierdas de vista tu camino tras las huellas de Cristo. Ten la seguridad de que, si tienes redes sociales, te abrumarán con sus depravados argumentos, con sus proclamas irrespetuosas y con comentarios desagradables que quieren llevarte a ser políticamente correcto, a ser parte de la corriente que no piensa y que solo siente.

Quisiera que, mientras reflexionas sobre la clase de lucha que emprendió Juan el Bautista, y sobre la cobardía de algunos individuos por complacer a determinados grupos de presión perversos, medites sobre las palabras de Hall, un autor cristiano: «Así como muchos hacen bien solo para que los hombres los vean, muchos hacen mal solo para satisfacer el humor y la opinión de los demás».

 

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