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Por Máximo García, teólogo e historiador

La Guerra Civil (1936-1939), una contienda fratricida que termina asolando España, deja a las iglesias bautistas maltrechas a causa de la muerte y el abandono de muchos de sus miembros. Una buena parte de los humildes templos, pequeñas capillas por lo regular, habían sido clausurados, algunos fieles muertos en el frente, otros desaparecidos y algunos, no pocos, al finalizar la contienda terminaron emigrando u ocultando su fe a causa de la feroz intolerancia implantada por el bando vencedor de la guerra.

Se dio paso a un tiempo de posguerra en el que manifestarse como evangélico o protestante suponía una heroicidad que se pagaba con discriminación y represalias en los trabajos, en los colegios, en el servicio militar, en los juzgados a la hora de contraer matrimonio o enfrentamientos con la iglesia oficial a la hora de ser enterrado. En cualquier otro aspecto de la vida cotidiana todo resultaba muy difícil para los «no católicos». El régimen político, conocido como nacionalcatolicismo, controló y persiguió con saña cualquier tipo de disidencia, fuera política o religiosa.

En el año 1945 fue promulgado el Fuero de los españoles, una ley que aportó a la vida social española una tenue brisa de respiro. Se trataba de una de las ocho leyes fundamentales del franquismo que establecía una serie de tímidos derechos y libertades para todos los españoles. Los evangélicos se acogieron especialmente a artículo 6º vislumbrando una época de tolerancia religiosa que, en realidad, no llegaría a producirse hasta el año 1967 con la Ley 44/1967.

El gran acontecimiento que marca el año 1945 es el final de la II Guerra Mundial. La España de Franco, que se había alineado con el bando perdedor, se vio encerrada en una asfixiante autarquía, sin relaciones diplomáticas con ningún otro estado, salvo el Vaticano y unas tortuosas y volátiles relaciones con la dictadura de Salazar en Portugal, sin formar parte de la nueva realidad política internacional.

Una vez finalizada la guerra, los bautistas del Sur de los Estados Unidos decidieron reanudar los compromisos misioneros que habían sido abandonados a raíz de la Gran Depresión de 1929, entre los que se encontraba España. Nils Bengtson, el único misionero sueco que quedó en España, junto al español Ambrosio Celma, gestionaban los destinos de las iglesias bautistas supervivientes y se ocupaban del pequeño grupo de pastores que permanecían firmes en sus respectivos ministerios. En febrero de 1947 llegó Juan David Hughey, el misionero que el Foreign Mission Board (FMB) de la Convención Bautista del Sur de EE UU había nombrado para impulsar la obra bautista en España.

Hughey y su familia se instalan en Barcelona. Un año después se incorporaría George E. Jennings y su esposa con el propósito de volver a poner en marcha el Seminario. Hughey estuvo en España hasta el verano de 1950, si bien posteriormente siguió interviniendo en los destinos de la UEBE desde Suiza, como representante para Europa de la Convención Bautista del Sur (CBS). Otros misioneros continuaron llegando a España a partir de esa fecha.

Con Hughey comienza una nueva etapa para los bautistas españoles. Los pastores, y también las iglesias, reciben a Hughey como si de un obispo se tratara, y él asumió con responsabilidad el rol que se le reconocía, dedicándose a organizar y marcar metas y objetivos tanto a los pastores como a las iglesias. Lleva a cabo su liderazgo haciendo uso de formas suaves y educadas, mostrando un gran respeto hacia las personas, pero con mano firme cuando las circunstancias así lo requieren, como ocurrió con ocasión del enfrenamiento Samuel Vila-Juan David Hughey, a causa de discrepancias de organización, que culminaron con el abandono de Vila de la UEBE.

Los misioneros americanos imprimen a los bautistas españoles una teología y una eclesiología, así como métodos de trabajo, muy diferentes al sello que habían dejado los suecos. Su teología es eminentemente conservadora y se sustenta por medio de la literatura producida en la Casa Bautista de Publicaciones de El Paso, Texas.

Por otra parte, con Hughey da comienzo una época de crecimiento no sólo de las iglesias ya establecidas, sino también en otras regiones de España donde no había hasta entonces presencia bautista; fomenta un espíritu misionero que hace de las iglesias que integran la UEBE un referente evangélico tanto por su crecimiento como por su sólida estructura denominacional. Se pone en marcha una organización perfectamente articulada, dotando a la Unión de un notable desarrollo.

Un reto planteado por Hughey, desarrollado posteriormente por los misioneros que le siguieron, fue que las iglesias se esforzaran para alcanzar la independencia económica, instando y enseñando a los miembros a practicar el diezmo como referente para las ofrendas y a utilizar el sobre para su recogida, suscitando gran reticencia de parte de los miembros de iglesia, que argumentaban: «lo que dé tu mano derecha que no lo sepa la izquierda».

La iniciativa organizativa de Everett Gill en el año 1922 de fundar la UEBE había quedado diluida en 1929, con motivo de la Gran Depresión, seguida del convulsivo período de la República y la posterior crisis de la Guerra Civil española, a la que seguiría la Guerra Mundial. Esa situación hace que la dependencia de la Misión, tanto organizativa como económica, sea absoluta. Los pastores reciben su asignación económica de la Misión y pasan a denominase «obreros de la Misión». Dicho en términos coloquiales, Hughey es «el jefe» y así es tratado y considerado.

El equipo de misioneros que el FMB destina a España resulta ser muy variado tanto en dedicación como en valía. De forma directa o indirecta ellos intervienen en la marcha de las iglesias y de la Unión, formando parte de comisiones, instituciones y organismos por derecho propio, tutelando de esa forma la marcha, estructura e ideología de la UEBE, tanto en la parte ejecutiva como en la enseñanza teológica de los pastores. Esta situación se mantendrá hasta la década de los setenta del siglo pasado, en la que se produce un cambio de rumbo notable, del que nos ocuparemos en una próxima entrega.[1]

[1] A quienes deseen ampliar información sobre alguno de los temas que tratamos en este artículo, recomendamos nuestro libro Historia de los Bautistas en España, editado por la UEBE en el año 2009.

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