Por Jordi Torrents, periodista

Foto: “Los caballos del coronavirus” (2020), de A. Ran

Las fotografías nos cuentan pequeñas grandes historias mientras matizan formas, encuadres y colores. Hace unas semanas me quedé atrapado por esta imagen bañada en blanco color hielo, blanco color marfil, blanco color hueso, blanco color bruma, blanco color nieve. Me atrapó su estética atemporal, acaso una imagen de forajidos en el lejano Oeste (aunque la globalización ha empañado esa idea añeja de lejano), acaso un ejército mongol conquistando tierras, acaso una carrera heroica en mitad de la nada.

La imagen es del mes de febrero, cuando el coronavirus era por nuestros lares apenas una amenaza lejana, una de tantas tragedias que asolan otros países (China, en este caso). En ella aparecen un grupo de trabajadores de la autoridad fronteriza china viajando a caballo a través de la nieve para visitar aldeas remotas en la provincia de Xinjiang e informar sobre el virus a sus habitantes. Es uno de esos nombres que nos suena (bueno, no nos suena) a lugar desconocido, pero sepan que allí viven más de 20 millones de personas, en una zona que en su tiempo fue lugar de paso de las rutas de la seda. Para darle mayor épica a la imagen, vaya.

Una fotografía puede ser calidez y fuerza al mismo tiempo. Como esta, surgida de un relato de aventuras, pero también de una prueba de amor hacia una población aislada en plena era del internet que (aparentemente) todo lo ve. Un buen fotógrafo puede convertir en arte una simple caída de ojos o un cabello que se deja mecer por una brisa, pero también el trote de un grupo de caballos y sus jinetes. Esta imagen es pura belleza e información al mismo tiempo. Fotoperiodismo del que ya no queda. Lo más extraño es que no he encontrado información de su autor, apenas una firma (A. Ran) que demuestra la soledad de muchos reporteros que todavía dignifican la que García Márquez definió como la profesión más bella del mundo.

En esa imagen de hombres enmascarados (con esas mascarillas que, ahora para nosotros, equivalen a vida) también viaja Dios. La luz muere y nace cada día. Y eso Dios lo sabe. Vivimos días complejos, confinados ante la incerteza y el goteo constante de personas que enferman y mueren. Dios nos llama a ser conscientes de nuestra fragilidad, pero también a sacar lo mejor de cada uno de nosotras y nosotros, a pensar en los demás, a ser solidarios.

Isaías nos recuerda que, como estos jinetes, debemos allanar la senda para Dios, elevar valles y bajar montes y collados. Es entonces cuando Dios revela su mensaje. Lo hace con nosotros y por nosotros. Dios puede montar a caballo, surcar parajes nevados y llevar su Evangelio, su palabra, su mensaje a cualquier confín de la Tierra. Quizá nos toca, estos días, escuchar con más atención que nunca.

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