Por Lola Calvo, traductora y diseñadora gráfica

No tenía ni idea de quién era, ni por qué estaba allí, ni las circunstancias de su vida, pero estuve dando vueltas al hecho de cómo alguien, por el camino del día a día, llega a situaciones donde su vida se trunca totalmente. Ella tenía 54 años y había perdido su último hálito de vida mientras dormía en un banco de la calle, el pasado 20 de enero, a causa de la borrasca Gloria. Cuando en noches tan intempestivas, en las que los elementos azotan de forma implacable el exterior, al deslizarme en mi cama mullida, limpia y caliente, suelo pensar con inquietud en aquellos que afrontan la noche, la inseguridad y el frío intentando refugiarse entre cartones. Y me apresuro a dar gracias por lo que tengo, pero siento que eso no aliviará a aquellos que están a la intemperie.

A través de los periódicos supimos que la seguridad ciudadana local intentó llevarla junto a su marido a un lugar más seguro. Pero el matrimonio se negó. Nos cuesta entender que prefirieran quedar a merced de la que caía. Seguramente aquellos que en estas circunstancias obran así tienen sus razones, sus recelos, sus miedos provenientes de experiencias muy negativas o de alguna enfermedad que les impide ver claro. Pero esto no nos exime de la responsabilidad hacia los que ya no tienen esperanza ni posibilidad de salir de sus pozos por sí mismos.

Una tradición de servicio

Dentro de nuestra Unión, es habitual la atención a familias con entrega de ropa y alimentos, incluso llevando a la misma calle bocadillos y mantas; también con apoyos más o menos implicados en ayudas para encontrar empleo o inserción en la sociedad. Algunas iglesias están entendiendo que se puede ir un paso más allá en la labor de extender sus brazos de amor hacia los más necesitados. Es pretencioso pensar que se puede acoger a todos los que están solos, perdidos y carentes de recursos básicos. Pero aquellas congregaciones que lo intentan nos van marcando un camino que todas deberíamos o quisiéramos seguir. Abrir nuestras puertas, quitar barreras, convertirnos en ese abrazo acogedor del padre del hijo pródigo, que no recrimina, que comprende, que recibe en su seno amorosamente al que pasó por todas las penurias y está fuera. Esa figura que es Dios mismo, padre y madre, con amor sin límite es el resultado de seguir las pisadas del nazareno.

Porque límites, los hay, no nos engañemos; abrir las puertas cada día, y no digamos noche, es un servicio que encierra inconvenientes, pero ese Jesús de Nazaret que toma cuerpo en nosotros es capaz de afrontar aquello que proyecta beneficio sincero al otro. No importa su proveniencia o situación, nos moverá una causa justa, la de servir y amar sin excusas. Nuestras iglesias, en la medida de sus propias fuerzas, pueden ser un grito de esperanza en medio de un mundo que cada día se vuelve más duro y restrictivo hacia el caído. Nuestra compasión tiene que ser notoria y vívida e ingeniosa. Tenemos que usar todo nuestro ingenio para resolver este servicio que es vida para algunos y punto de esperanza para los pobres, necesitados y tantas veces desesperados frente a muros y puertas infranqueables.

Más que espacios en propiedad

No más templos cerrados, espacios solo reservados para el domingo, o para acciones que solo redundan en nuestro propio sustento. El Jesús que recorría los senderos polvorientos nos encamina a no atesorar y a aligerar nuestras cargas; también nos insta a ser sagaces y capaces de multiplicar nuestros recursos para beneficio de los necesitados. Ese evangelio es mucho más fácilmente entendible.

Desde hace unos 9 años, de forma estable, la Iglesia de la Bona Nova está usando su espacio más allá de lo que entendemos que es lo habitual. Abren todas las noches para acoger a personas sintecho. A ella se le han sumado un par más en su entorno y es posible y deseable que ya haya cundido por otros lugares.

Más allá del lenguaje

Es cierto que los espacios de culto de nuestras iglesias tienen formas y posibilidades distintas, no solo por superficie sino por el número de miembros que posibiliten tener estos gestos de generosidad. Quizá es tiempo de entender que los metros cuadrados, al tiempo que los recursos humanos de los que disponemos, pueden dar un vuelco en el servicio proyectado hacia los que están en situación realmente insoportable. Probablemente no ven a ese Dios que nos empeñamos en predicar y tienen razón, porque quienes hablamos y decimos actuar en su nombre, les dejamos fuera del alcance de su amor práctico y tangible.

Sin duda nuestro concepto general de lo que debe hacer una iglesia tiene que concebir, de forma natural, que disponer de espacios infrautilizados es ser unos mayordomos mediocres.

Miremos nuestros metros, en todo momento, como una prolongación de la Casa del Señor. Esperemos que vayamos incorporando nuestros templos hasta formar una red que colabora con la construcción de ese Reino tan anunciado y que aún espera ser restablecido entre nosotros lo antes posible.  Quizá es tiempo de renovar nuestra mirada y comprensión sobre la deriva de la misión de la iglesia, hacerla más cercana hacia el necesitado y poder hablarle de un Dios de amor que atiende a sus hijos sin que ese lenguaje sea una bofetada para quien se siente excluido de su amparo.

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