Por Jordi Torrents, periodista

Foto: «Niño con granada de mano de juguete en Central Park» (1962), de Diane Arbus

Una mirada crispada, impaciente y nerviosa. Un niño con un tirante medio caído y una granada en la mano. Sí, una granada. A priori, no sería la foto perfecta, la foto «ideal», ni siquiera la que tomar a ese mismo niño. Pero ahí radica el arte de Diane Arbus. Neoyorquina de familia acomodada, Arbus se fue alejando de ese centro fácil para moverse con su cámara por los márgenes de la ciudad, por las vías secundarias que muchas personas prefieren no transitar. Esta foto la tomó en 1962 en Central Park. Y sí, es una de mis fotos favoritas tomada por una artista que huyó de normas y de estereotipos. El niño se llama Colin Wood, hijo de un tenista, Sidney Wood, que ganó Wimbledon en 1931. El momento de la imagen, que Arbus no acababa de encontrar, fue el de la exasperación de Colin para que tomara la foto de una vez. Años después ese niño explicó en varias entrevistas que esa imagen «capturó la soledad de todos. Todos quieren conectar, pero no saben cómo hacerlo».

Arbus trabajó una mirada de aquello (considerado) diferente, desigual, distinto, atípico, diverso, especial y singular. Arbus propone huir de los estereotipos, de aquellos tópicos que derivan en prejuicios, de imágenes inmutables que limitan, encorsetan y marginan. Prejuicios sexualizados, racializados, capacitistas y que transmitimos y se nos transmiten envueltos en forma de colectivos, sin tener en cuenta que estos definen a personas distintas. Generalizamos, uniformamos, preconcebimos. En la publicidad, en televisión, en las redes, en casa, en la calle, en nuestras mentes, en las creencias. Ante el objetivo de la cámara de Arbus no hay fuertes ni débiles. No hay personas seguras o personas que dudan. No hay mejores ni peores. No hay. Y hay mucho a la vez. Las construcciones mentales son aprendidas, filtradas por ese mundo que todo lo etiqueta y todo lo excluye. Los estereotipos no son verdaderos o falsos, pero sí que están basados en prejuicios y en sujetos convertidos en objetos. Arbus desclasifica, rompe etiquetas, incluye, mezcla, interactúa. Y lo hace con fotografías desnudas, limpias de sesgos y no condicionadas por modelos de modelos.

Arbus empezó trabajando para revistas de moda en los años 40, pero un par de décadas más tarde se zambulló en el objetivo (nunca mejor dicho) de una nueva mirada e intentó dotar de una dignidad robada y de un protagonismo poco habitual en las fotos a personas con discapacidad intelectual, a transexuales, a prostitutas, a personas con alguna discapacidad física muy evidente (gigantismo, enanismo,…), muy influenciada por la película «Freaks» de Todd Browning, o a personas de familias o de barrios considerados «marginales» o «disfuncionales». De hecho, su fotografía fue una lucha para acabar con etiquetas como las que yo mismo estoy usando en este artículo.

Dios también transita por vías alternativas, nos busca y obtiene de nosotros una imagen que no siempre es la que pensaríamos. Huye de estereotipos y también nos obliga a mirar a cámara, con un flash de relleno que revela nuestros supuestos defectos, convirtiéndonos en personas. Iba a decir en personas normales, pero, afortunadamente, la normalidad no existe. Dios conoce nuestros límites y nuestros momentos de exasperación. Es entonces cuando toma la foto. Es entonces cuando captura nuestra soledad. Es entonces cuando se da a conocer.

 

 

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