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Por Jordi Torrents, periodista

Foto: «Partido de béisbol» (1909), de Charles Colton

El mundo del deporte es para los fotógrafos una mina donde plasmar plasticidad, sufrimiento, alegría, derrota, victoria y, claro, mitomanía. Pensé en compartir la foto de Cruyff con su gol imposible en plan karateka. O la del rostro de Michael Jordan sacando la lengua ante un mate marciano enfundado en su eterno 23. O la de Nadia Comaneci desafiando la perfección en un deporte que no admite errores. O la de Bolt mirando al fotógrafo mientras saca varios palmos de terreno a sus rivales en un trayecto de apenas cien metros. O la de Steffi Graf ejecutando su portentoso golpe de derecha en la cancha de tenis. Pero finalmente me decidí por la que muchos consideran que es la primera foto deportiva de la historia, una imagen de Charles Colton de un partido de béisbol que ya refleja un dinamismo y unos movimientos bizarros que, a menudo, el ojo humano no puede captar en toda su esencia.

Esta foto, en blanco y negro, nos sacude barro y polvo directamente al rostro y nos muestra a dos jugadores luchando en una zona de base. Sorprende la proximidad de Colton a los jugadores, atención, en una imagen tomada ¡en 1909!, medio siglo antes del primer objetivo zoom para una cámara fotográfica. Colton, casi sin saberlo, fue un pionero al querer captar momentos que permitieran acompañar las siempre épicas (y venidas a menos con el periodismo deportivo actual de texto efímero y que busca la inmediatez) crónicas de un periodismo de deportes que, no se sorprendan, nos ha legado grandes cronistas a lo largo de la historia.

La complejidad de la fotografía deportiva radica en congelar un instante envuelto de movimiento y de rostros que no están pendientes, precisamente, de mirar a cámara y posar o sonreír. Colton eternizó imágenes de jugadores de béisbol durante casi cuatro décadas, pero esta imagen es la que ha pasado a la historia. En ella, además de la nube de polvo, la mirada se nos va al rostro del jugador en el suelo, casi un gladiador abatido, y a la postura del árbitro, inclinado para dilucidar quién sale victorioso en esa lucha.

Dios también nos hace fotografías cuando no nos damos cuenta, cuando nos movemos, cuando nuestros rostros se desdibujan por el esfuerzo, el dolor, el estallido de la victoria o la decepción de la derrota. Esas fotos también nos salpican de tierra y nos recuerdan que es nuestra imperfección la que nos hace humanos y humanas. El Nuevo Testamento nos invita a ser perfectos, sí. A ser perfectos como nuestro Padre. A practicar la verdad y hasta el amor hacia nuestros enemigos. Será entonces cuando seremos perfectos, aunque en la foto salgamos con la ropa manchada de barro, a medio caer y con la cara desencajada por el esfuerzo. A pesar de nuestra caída, de nuestro pecado, seguimos siendo esa creación perfecta diseñada para levantarnos y ser las manos y los brazos de Dios en un mundo rebelde e imperfecto.

 

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