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Por Sergio Martín, Pastor de IEB Zaragoza y Director del Ministerio de Educación, Teología y Adoración

Sería una pérdida de espacio justificar sociológicamente lo que es una evidencia para todos: La crisis producida por la pandemia de la COVID-19 ha hecho saltar por los aires nuestros sistemas tradicionales de relación, comunicación, trabajo, estudios, ocio, expresión y adoración. Allá por el mes de abril de 2020 escuchaba a pastores y líderes norteamericanos advertir que hasta septiembre no volveríamos a disfrutar de cierta normalidad «al estilo» de la que habíamos venido disfrutando tradicionalmente. Ciertamente, lo que parecía alarmismo dramatizado, ha resultado quedarse corto.

Cuando en abril escribí sobre «¿Está Dios detrás de la crisis del COVID-19?»[1] lo hacía convencido de que, entre otras cosas, Él quiere usar este tiempo para dinamizar nuestras vidas e iglesias. Era pronto para sacar conclusiones, pero ya se vislumbraban situaciones que estaban poniendo en jaque nuestra comodidad; sí, comodidad en todos los sentidos, buenos y no tan buenos. Gracias a Dios muchos hemos nacido en la comodidad de la libertad religiosa en España, en iglesias florecientes, crecientes y establecidas, en tiempos de revolución tecnológica, de mejoría económica, y de oportunidades mejores de las que gozaron nuestros padres. Esa comodidad es positiva. Sin embargo, reconozcamos que, en cierto sentido, hemos caído en lo que Dios advertía a su pueblo en Deuteronomio 6:10-13, Hageo 1:4-7, o Mateo 24:42-51: la estabilidad y la tranquilidad pueden producir olvido, ingratitud, somnolencia espiritual, dejadez de funciones, y descuido de nuestras responsabilidades hacia los demás. Esa comodidad es negativa. Así que cuando leemos Romanos 12:1-2, sentimos una mezcla de sensaciones, porque nos desafía a vivir disfrutando estos tiempos de comodidad, pero sin acomodarnos.

Hoy quiero preguntarme ¿Están siendo los cambios obligados que hemos tenido que implementar durante esta crisis del COVID-19 un enemigo contra el que hemos de luchar a toda costa, o debemos verlos como posibles aliados en esa tarea de renovar nuestro entendimiento para no acomodarnos? Intentar mantener el equilibrio siempre es una sabia decisión y espero poder conseguirlo en el resto de este artículo; para ello me centraré en dos aspectos prácticos de lo que he decidido llamar pastoral de las formas, es decir, la guía y dirección de lo que hacemos como iglesia.

1. Dinamitando las teorías del cambio progresivo

La pastoral de las formas tiene sus cimientos en nuestra identidad como iglesia, quiénes somos y cómo lo demostramos. Nuestra misión, nuestra visión, nuestros objetivos a corto y medio plazo, nuestros sueños, nuestro calendario semanal, el enfoque del culto del domingo, los programas de discipulado… todo lo que hacemos habla -intencionalmente o no- de quiénes somos.

Esta crisis ha dinamitado la teoría del cambio progresivo, es decir, la necesidad de que los cambios se implementen con tranquilidad, pausa, y tomando el tiempo necesario para ello. La COVID-19 nos ha obligado a cambiar de golpe; hemos experimentado ajustes bruscos, repentinos, sin avisar, sin esperarlo.  En algunos casos, esta situación de crisis ha provocado que ciertos cambios que se venían reclamando por el sector más joven de nuestras iglesias, se hayan «ejecutado» sin tener que pasar por un sinfín de reuniones; en otros, han visto la luz gracias al valor y discernimiento de pastores y hermanos decididos a hacer lo necesario con tal de sobrevivir. Diezmar y ofrendar telemáticamente; dinamizar los cultos y sus contenidos; hacer un uso más intencional de las redes sociales y los medios audiovisuales; poner en marcha programas de formación online; «sacar» la iglesia del edificio y «llevarla» a la calle; ¡Celebrar la Santa Cena todos a la vez desde casa! No podemos negar que hace apenas un año nos habríamos llevado las manos a la cabeza, pero estamos aprendiendo a flexibilizar nuestras estructuras, a adaptarnos con rapidez, y a dejarnos sorprender. Al fin y al cabo, las formas, aunque hay que cuidarlas, no son lo más importante.

2. Clausurando el nido

El nido es el lugar de seguridad y comodidad de los polluelos. Primero, porque el huevo recibe el calor y la protección necesarias para que, llegado el tiempo, eclosionen y las nuevas vidas hagan acto ruidoso de presencia. Pero más tarde, porque papá y mamá se encargan de vigilarlo y traer comida diaria; son ellos, los progenitores, quienes se encargan de buscarla, capturarla, y traerla. Los polluelos solo tienen que celebrar la llegada y disfrutar del banquete.

La actual crisis también está provocando que la iglesia deje de ser -veremos si durante mucho tiempo- un nidito donde pasivamente esperamos a que pastores, maestros, grupo de alabanza, y otros, nos traigan el alimento. De golpe, el nido se ha cerrado y como polluelos adultos, algunas personas se han visto forzadas a lanzarse a buscar el alimento por ellas mismas y aprender a protegerse en un mundo hostil. ¡Ojo! No considero que la culpa sea tanto de la iglesia sino del uso que se haya hecho de ella. Nunca he escuchado a pastores decir «No estudiéis la Palabra en casa», o a un grupo de alabanza fanfarronear «Fuera de este tiempo no podréis adorar a Dios»; más bien creo que la inercia de la comodidad ha llevado a dividir la vida en sagrado vs. profano y, como consecuencia, asistir y recibir de la iglesia lo espiritual, igual que asistimos al cine para recibir entretenimiento. Con preocupación y tristeza hemos vivido estos meses descubriendo que hay personas que por años han dependido más de la iglesia que de una relación personal con Dios, que han buscado más la dirección de los pastores que la propia del Espíritu Santo, y que solo sabían ser seguidores de Jesús cuando estaban rodeados por otros en el camino.

¡¡Pero cómo nos ha dolido clausurar el nido!! Al menos, estar separados nos ha ayudado a redescubrir lo importante que es estar -y hasta sentarnos- juntos.

Sin duda tenemos un gran desafío por delante en la pastoral de las formas: continuar enfatizando que aquí el orden de los factores sí altera el producto. Nuestro conocimiento y experiencia personal e individual con Dios deben marcar el ritmo y ejercicio de nuestra vida comunitaria. Quiénes somos debe determinar qué hacemos y no al contrario. Por eso, hemos de ver los programas y actividades de la iglesia como un apoyo necesario y no como un fin en sí mismos.

Bueno será al menos:

  • Promover tareas para casa, ofrecer material complementario para trabajar en familia, asumir la responsabilidad de profundizar en las Escrituras más allá de lo que se recibe en la iglesia, aprender a alabar y adorar a Dios sin ser dirigidos por otros, y ser proactivos en la búsqueda de oportunidades para el servicio a la comunidad allí donde vivimos.
  • Orar para que podamos estar juntos, sin mascarillas, abrazándonos, besándonos, cantando, aprendiendo, testificando… Que seamos iglesia.
  • No dejar de examinarlo todo conforme pasen los meses y retener lo bueno; estoy convencido de que algunos cambios han llegado para quedarse y otros solo para ayudarnos a salir del paso. Adaptemos y reenfoquemos cada vez que sea necesario, buscando ser relevantes HOY.

[1] https://masquevidaiebz.blogspot.com/2020/04/esta-dios-detras-de-la-crisis-del-covid.html

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