Por Sindulfo Díez
Era virtud de don Benito, me refiero a Pérez Galdós, contar la gran historia a través del discurrir de la vida cotidiana. Sin que pretenda llegar a tales alturas, lo único que puedo hacer es evocar las vivencias personales en relación con nuestra UEBE.
El inicio
Me convertí con trece añitos, 1949, una decisión muy seria, no sólo por su importancia espiritual sino por sus consecuencias sociales que en aquellos tiempos para un niño pobre que buscaba su lugar en el mundo era complicado y arriesgado. Me llevaron a la iglesia de General Lacy en Madrid que en ese tiempo estaba en obras. Qué idea podía yo tener de la palabra bautista y que de alguna manera estaba entrando en relación con una organización más amplia llamada UEBE. Tengo un recuerdo nebuloso de una Convención en Madrid el mismo año.
¿No fue por ese tiempo o un poco antes cuando mi idolatrado autor de juventud don Samuel Vila planteó y ocasionó la ruptura de nuestra UEBE? Sonaban entonces tantos nombres que han sido ilustres en nuestra pequeña historia. Poco después nació como resultado la FIEIDE, que por muy afín que sea en orígenes y doctrina no se presta a una nueva fusión como no sea a nivel local. En el paso de los años he oído decir a prestigiosos pastores que Samuel Vila tenía razón. Yo no tengo idea.
Entronque familiar
Creo que fue en 1955 cuando una Convención tuvo lugar en Madrid. Las fechas son importantes para el historiador pero no para el anecdotario. Fueron allí delegados de las iglesias de la UEBE de toda España, como corresponde. Yo no era delegado pero andaba por allí para realizar pequeños servicios. Observé a una nena de trece años, desarrolladita, con cara de aburrimiento. Me acerqué a hablar con ella y no me hizo mucho caso.
Cuando dos años después fui a Barcelona me enteré que se llamaba Isabel, alias Belín, Bayona Hombre, y por lo tanto entroncaba con ilustres próceres de la UEBE: su abuelo Luis Hombre Ponzoa, primer pastor de Alicante y promotor de la Escuela Modelo allí; su madre presidenta nacional de la Unión Femenina, su tío pastor de Barceloneta; y aunque no sea un valor añadido, mi mujer por 60 años ahora, a los que hay que añadir otros cinco de recatado noviazgo. ¿Sería fruto de aquella Convención?
En la cárcel
Un servidor era muy activo en el evangelismo en mis tiempos de juventud. En una ocasión, en compañía de otros tres muchachos emprendimos una batida de reparto de folletos (los llamábamos tratados) por los bares populares del centro de Madrid. La policía no tardó en echarnos mano y meternos en una celda. Máximo García lo cuenta con detalle en su Historia de Lacy.
Recuerdo particularmente una noche en los sótanos del Palacio de la Salesas, sede de los Juzgados entonces. Estaba conmigo como compañero de testimonio Arturo Barea, quien resultó ser hijo del célebre autor de «La Forja de un Rebelde», del mismo nombre. Pero eso es otra historia. Cómo no sentirse Pablo y Silas en la cárcel de Filipos cantando a medianoche. Claro, no estábamos sujetos a un cepo, pero tampoco nos daban ni agua.
Eso de haber estado en la cárcel por el testimonio del Evangelio es algo que viste mucho. Nos sentíamos dignos sucesores del simpático pastor don Aurelio del Campo, fiel obrero en las iglesias de la provincia de Valencia. Él repartía cucharas de madera a modo de reliquia, diciendo que había comido con ellas en la cárcel. A mí por un tiempo cuando me presentaban quizá mencionaban el incidente. Yo recordaba el chiste que sólo los viejos entenderán: Se dice de Pilar Primo de Rivera, que de la camisa vieja de su hermano se hizo un «sostén» para toda la vida.
Al seminario
A los dieciocho años me empeñé en ir a un seminario a estudiar. Quería ser pastor. Juan Luis Rodrigo era mi inspiración. Se presentaba una oportunidad de ingresar en un Seminario Teológico Bautista en Leiria, Portugal. Pero había un inconveniente: pendiente de juicio, tenía que presentarme en el juzgado cada 15 días. Don Ernesto Bellvé, único abogado protestante entonces, lo arregló deslizando 200 pesetas al secretario del juzgado.
La Iglesia de Lacy se volcó masivamente en recomendarme, y hasta un nutrido grupo me despidió en la Estación de Atocha cantando «Cuán triste es decir adiós – pensemos que sólo será fugaz separación».
Allí me encontré con otros tres españoles estudiantes, uno de ellos Eutimio Herreros. Fue una experiencia transformadora en muchos aspectos que entre otras cosas me hizo comprender que carecía de madurez. ¿Por qué cursé solamente un año? Porque el Seminario no tenía relación con la UEBE como explicaré.
Secretario del secretario de la MBE
Don Carlos Whitten me consideraba un joven que despuntaba, y no le parecía muy bien que me fuera a estudiar en un seminario que no estaba en la órbita de los Bautistas del Sur de EE.UU. sino en los del Norte. El director de aquel Seminario era americano y del Norte.
El Sr. Whitten era Secretario-Tesorero de la Misión Bautista Española, dependiente de Foreign Mission Board del Southern Baptist Convention. Disponía de una oficina en Madrid en la calle del Desengaño. En tal condición me propuso trabajar con él en las labores de oficina y que esperase para estudiar en el seminario de la UEBE en Barcelona. Para mí, el cielo abierto.
Y he aquí que de pronto me encontraba en la mejor de las atalayas para curiosear en los entresijos de la UEBE. Yo pasaba a máquina toda la correspondencia que salía, y abría las cartas que entraban. Recibía, aunque fuera sólo abriendo la puerta, a todos los pastores que acudían a la Misión a confesarse o a solicitar algo. Yo gestionaba con el banco las transferencias periódicas mensuales que se enviaban a las iglesias directamente. En aquel tiempo la Misión y los misioneros eran como un estamento superior de la UEBE.
Secretario viene de secreto, y lejos esté de mí a estas alturas revelar ninguno, ni creo tampoco que tuviera ninguna importancia. Por reflejar el clima de aquel tiempo no creo que signifique ninguna inconveniencia.
Copastor en el Turó de la Peira
Como el Sr. Whitten se trasladó a Barcelona, yo me fui con él dando inicio a mi integración catalana. Entonces no era tan difícil. Y buscando una iglesia fui a Barceloneta. Allí inesperadamente me encontré dos bendiciones: encontrarme de nuevo con aquella nena que había visto en Madrid, y que el pastor Luis Hombre me recibiera con los brazos abiertos.
Hacía poco que se había constituido la «3ª Iglesia Bautista de Barcelona» en el Turó de la Peira. Desde el inicio habíamos adoptado la costumbre americana de escalonar así a las iglesias denominacionales de una ciudad. No se había despertado el complejo de ser segunda o tercera como si de una categoría se tratara. Al cabo de unos meses el pastor me hizo la propuesta de trabajar allí bajo su dirección en calidad de pastorcillo o copastor bajo su dirección. ¡El privilegio para mí era inigualable! Me dio una gran libertad y hacía de bombero cuando era menester. Solamente una línea roja: prohibió a su sobrina, mi novia, que fuera al Turó de la Peira «para que no me distrajese».
¡Qué experiencia a mis 21 años! Estuve allí tres, hasta la entrada en el Seminario Bautista Español. Pero aquella promoción de 1960 es un episodio de la UEBE que merece ser contado aparte. Lo dejo a mi querido amigo Alfredo Mira.

