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Por Lola Calvo, traductora y diseñadora gráfica

Estamos inmersos en un espectáculo-pesadilla en el que, sin haberlo solicitado, somos bien protagonistas, bien espectadores más o menos implicados en la tragedia colectiva.

Miro con asombro el cariz que va tomando, desde el primer confinamiento, el asunto COVID-19. El virus no solo invade algunos cuerpos humanos, sino que fagocitó a nuestros medios de comunicación, nuestros entornos clínicos, laborales, industriales, artísticos, lúdicos. Las consecuencias de la pandemia modelan nuestras conversaciones, hasta las más banales. Proliferan las discusiones, las exageraciones, las conspiraciones. Drama en estéreo. Nada es prioritario, el tema virus primero. Las medidas más visibles, más cotidianas nos han tomado la delantera. Pareciera que tienen vida propia porque todos, los queramos o no, pensamos que ese virus ocurra lo que ocurra nos afecta.  Todo lo que acontece modifica nuestra vida, esa que conocíamos con sus altos y sus bajos, pero sabíamos nadar en sus aguas. Esperar a que regrese la normalidad es absolutamente pueril, la realidad que surja de todo este proceso será distinta y deberemos saber reaccionar. Pero lo importante es que no nos dejemos atrapar por el miedo a lo desconocido.

Otro resurgir

Como todos los procesos de la vida, hay etapas que nos van señalando por donde estamos. Lo importante es poder entender esos signos que nos ayudan a dar pasos que nos harán crecer como persona. En medio de la tormenta necesitamos un faro que represente la salida del caos.  La intranquilidad generada por lo desconocido nos hace frágiles porque el sistema se está destruyendo. A este porvenir incierto, desestimemos la idea de que volveremos a ser los mismos y a hacer las mismas cosas cuando todo pase. Será otro resurgir y lo que viene no necesariamente será peor. No hay más que pensar que una de cada cuatro personas en España toman ansiolíticos, luego podríamos deducir que nuestra forma de vivir no iba en buena línea.

Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suiza, gran estudiosa del comportamiento humano, reconoce cuatro fases en las que podemos estar atrapados, son pasos inevitables, pero es bueno que no nos detengamos en ellos más de lo necesario, solo el tiempo de ir reaccionando.

El shock que nos supuso la paralización del mundo es la primera fase.

La negación: no podemos admitir lo que nos pasa. Esa irrealidad produce en nosotros ira. Y lo confundimos con ser fuertes, entonces nos volvemos agresivos e irascibles. Y buscamos a quien culpar. A nivel social, el otro puede ser el gobierno, la oposición, o cualquiera al que creamos responsable de lo que ocurre. Esa ira se palpa en el ambiente demasiadas veces, hay disturbios, desobediencias, ganas de destrozar. Violencia verbal. Lo más lamentable es que nosotros también nos contagiamos y con nosotros también entra alboroto en nuestras congregaciones. Esta etapa nos hace recorrer los hechos de forma que el chivo expiatorio son nuestras conclusiones, nuestros lamentos por no haber sido previsores, o ahorradores, o lo que dejamos de hacer que pensamos habría cambiado el presente que no nos gusta. No nos queda otra que enfrentarnos a la vida, esa que nos parece muy injusta.

El problema de la ira es que nos genera la sensación de poder y buscamos culpables. Lo peor es que, en esta etapa es difícil buscar apoyo. La actitud agresiva no favorece tampoco que se nos brinde ayuda ya que produce sentimientos de rechazo en los de nuestro alrededor.

Le sigue el miedo a lo desconocido, al desamparo y nos encontraremos perdidos en medio del descontrol. Nunca se hace más necesaria la fortaleza acumulada en nuestro interior. Pero si el miedo y la tristeza se apoderaron de nosotros, producirán fragilidad y nos veremos solos y perdidos en medio del descontrol. Todo se teñirá de impotencia y necesitaremos más apoyo que nunca.

Lo divino y lo humano

Es necesario asumir que estamos ante un nuevo mundo; por muy desconocido que se muestre, solo tenemos dos vías. Llorar por el pasado o ir hacia adelante. Quedarnos eternamente en esa fase de negación y miedos o bien, optar por reinventarnos. Todo empieza a renacer porque la vida es imparable en sí misma. Quizás aquellos que no creen en un Padre que nos puede potenciar todo lo que de divino llevamos en nosotros sucumban y se paralicen. Pero sabernos amados y apoyados nos convertirá en más humanos.

Empezaremos por evitar el juego del ego, ese que nos inclina una y otra vez a juzgar que valemos y lo hacemos todo mejor que el prójimo. Dejaremos de volcar nuestros miedos en los demás de forma que podremos afrontarlos sin desviarnos. Buscaremos los recursos que habitan en nosotros que nos generarán confianza en lo que decidimos y hacemos. Esa actitud nos dejará observar y entender por qué caminos nuevos podremos transitar. Quizás la gran lección será redescubrirnos en medio de todo, pero jamás deberemos confundir que lo más valioso que podemos anhelar es hacernos cada vez más humanos.

La confianza en que Dios no quiere dañarnos, ni fastidiarnos, sino ayudarnos a convertirnos en mejores personas, nos permitirá que encontremos las herramientas que erradicaran nuestra ira, nuestra tristeza y nuestros miedos. Tenemos que aprender a mirar, a ser creativos —es decir, a no comprimir nuestro pensamiento.  La alimentación espiritual de la existencia es requisito para tener una vida sana, en equilibrio y sin violencia. Aprovechemos el tiempo que se nos concede en lo que realmente vale la pena. Carl Gustav Jung decía: «Cuando el amor es la norma, no hay voluntad de poder y donde el poder se impone, el amor falta». La norma del amor debería primar en la nueva realidad que construimos entre todos. ¡Que Dios nos ayude a entenderlo!

 

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