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Por Yolanda Torres, Pastora de IEB Zaragoza

Estaba pensando estos días atrás qué haría Jesús en medio de esta pandemia. Ni en la Palabra, ni en la historia encontramos registrado que durante el primer siglo hubiera ocurrido ningún estado similar al que estamos viviendo.

No había confinamiento perimetral (a excepción de que los judíos no pasaban por Samaria); no había aislamiento social (a excepción de los leprosos y los presos); no tenían que ir con mascarilla por las calles (a excepción de las mujeres que iban con velo y tenían que cubrir sus cabezas). Definitivamente, ellos no estaban en estado de alarma, pero sí que vivían con unas normas autoimpuestas que en muchas ocasiones iban más allá del espíritu de la ley y de los mandamientos de Dios.

¿Cómo enfrentó Jesús esas normas? Con AMOR y yendo a la esencia de la ley. Eso era lo que regía su vida. No era el egoísmo personal, no era capricho, no era religiosidad, no eran las apariencias, era el amor por las personas.

Jesús pasó por Samaria cuando fue necesario por amor a los samaritanos. Eso dice Juan 4:1-4: a Jesús le era necesario pasar por Samaria porque los samaritanos necesitaban escuchar del amor de Dios, necesitaban escuchar el mensaje de salvación, necesitaban conocer al Mesías.

Jesús tocó y sanó a leprosos. Eso leemos en Mateo 8:1-4, restaurando la dignidad, los sentimientos, las emociones y, por supuesto, la espiritualidad de ellos.

Jesús sanó en el día de reposo. Eso dice Mateo 12:8-14, porque entendía que el amor por las personas era la esencia del día de reposo.

Jesús honró a las mujeres: perdonando a la mujer adúltera, enseñando a la mujer samaritana, defendiendo a las mujeres que lo ungieron, sanando a muchas mujeres, haciéndolas voceras del mensaje de resurrección…

¿Qué quiero decir con todo esto? ¿Que Jesús era un rebelde, que no obedecía las normas, que no seguía los rituales o las costumbres…? Ni mucho menos. Jesús no vino a abolir la ley, sino a cumplirla. Mateo 5:17 dice: «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir».

Jesús se movía por el amor a las personas como he dicho antes, ese era el cumplimiento de la ley. Romanos 13:8-10 dice: «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley. Porque esto: no cometerás adulterio, no matarás, no hurtarás, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en estas palabras se resume: amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley».

«El cumplimiento de la Ley es el amor»

Pero, si Jesús hubiera vivido hoy en día, en medio de esta pandemia ¿cómo habría actuado? ¿Crees que se hubiera saltado el cierre perimetral, o que hubiera ido sin mascarilla, o que habría organizado una cena con sus 12 amigos en el aposento alto? Yo creo que no. Jesús no vino a hacer un levantamiento social, a saltarse las normas por gusto, a enfrentarse al gobierno o a hacerse famoso. Él vino a mostrarnos qué es el amor, un amor que va más allá del egoísmo personal, que nos lleva a negarnos a nosotros mismos y a pensar en el otro en primer lugar.

Si Jesús hubiera estado en esta pandemia, yo creo que habría hecho lo que hizo: cumplir con su propósito a pesar de las circunstancias que le rodearon. Eso es lo que nosotros tenemos que hacer, imitar a Jesús, incluso a pesar de las circunstancias que estamos viviendo todos, que cumplamos nuestro propósito, que cumplamos la voluntad del Padre como hizo Jesús.

Si algo de peculiar tiene la situación que estamos viviendo, es que todos estamos pasando por ella. Todos estamos experimentando en mayor o menor medida estrés, ansiedad, tristeza, apatía, desesperanza… es lo que se está empezando a denominar «fatiga pandémica».

Generalmente, este estado casi depresivo se incrementa si constantemente estamos pensando en nosotros mismos, en nuestro sufrimiento, en nuestra situación, en nuestras emociones y sentimientos, que en la mayoría de los casos se encuentran en modo montaña rusa.

Por eso, si queremos salir de esta situación victoriosos, tenemos que hacer lo mismo que Jesús hizo, amar al otro, pensar en el otro, ayudar al otro, perdonar al otro, entender al otro, restaurar al otro, sanar al otro… Si no puedes estar con alguien, si no puedes tocar, si no puedes salir… Llama, ora, ayuda, invita, comparte la Palabra, está atento a las necesidades, escucha, anima, enseña, dedica tiempo… Ahora más que nunca sabes lo que necesita tu prójimo. No esperes ni un día más, haz que tus días cuenten para la gloria de Dios.


«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.»

«Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos.»

«Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados […] Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor.»

(Extractos de Hebreos 12)

 

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