Por Samuel Pérez Millós
En el año en que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo… Entonces dijo: ¡Ay de mí! (Is. 6:1, 5).
El pasaje donde están los textos seleccionados, suele estudiarse como una unidad independiente, cuando realmente forma parte de un todo que comienza en 5:8. Por tanto, no puede entenderse bien separándolos entre sí.
Los tiempos de Isaías eran difíciles, caracterizados por una religiosidad externa, pero de un alejamiento de Dios. En medio de todo ese complejo mundo el profeta escribe sobre su experiencia personal, presentándola bajo tres miradas. La primera se orienta al entorno en que vivía (5:8-23); la segunda se dirige a Dios (5:1-4); la tercera mira a sí mismo y al futuro (5:5-13).
Esta situación es comparable a la de nuestros días, donde hay otras manifestaciones, pero el problema es el mismo. Al igual que el profeta solo podemos dirigir nuestra atención en tres direcciones.
I. Mirando al entorno. Es una mirada que produce lamentos. El profeta descubre vidas de fracaso espiritual. Personas que se presentan como creyentes, pero no viven en consecuencia con esa condición, se acercan a Dios con sus bocas mientras que sus corazones están lejos de Él (Is. 29:13). Sus vidas son observadas por el profeta y generan en él profundos lamentos, al detectar seis graves problemas.
Codicia (5:8). Ponen su objetivo en cosas materiales. Su orientación es a enriquecerse, para ello, no tienen en cuenta a los demás. Son los que solo buscan su propio bien. Es un problema más notorio en nuestro tiempo, la sociedad materialista está influyendo en muchos cristianos. Jesús advierte de esta situación: “No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo” (Mt. 6:19-20). Dios no prohíbe tener riqueza. Grandes creyentes fueron ricos. No dice “no os hagáis riquezas”, sino “no os hagáis tesoros”. No es un problema que un creyente posea riquezas, sino el problema es que las riquezas posean al creyente. Poner el corazón en enriquecerse es negar a Dios. Si realmente somos ciudadanos del cielo, nuestros intereses han de ser celestiales. La gravedad de este problema es que “no podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24).
Sensualidad (5:11). Personas dedicadas a disfrutar con el mundo, adoptando sus formas y costumbres. Esto produce un alejamiento de Dios “y no miran la obra de Jehová, ni consideran la obra de sus manos” (5:12b). El Señor es solo un nombre en sus vidas. La consecuencia es un pueblo sin orientación. Así nos exhorta la Escritura: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15). Quien se conforma a lo mundano demuestra que no ama verdaderamente a Dios. Es la causa principal de la ausencia de bendiciones de Dios en nuestros días.
Desafío (5:18). Habían abandonado la santidad y disfrutaban en el pecado. Las demandas divinas eran ignoradas. La Biblia se ha dejado de leer, meditar y obedecer. Son los que dicen eso hoy no tiene importancia, no se puede ser tan estricto, vivimos en otra época. Incluso afirman que Dios no va a intervenir en defensa de la santidad en su pueblo.
Impiedad (5:20). Distorsionan voluntariamente las cosas, trastocando los valores morales: al mal, llaman bien; a las tinieblas, luz; a lo amargo, dulce No hacen distinción entre lo que honra y deshonra a Dios. Son como como los laodicenses, “ni fríos ni calientes, sino tibios”, que causan repugnancia a Dios (Ap. 3:16).
Arrogancia (5:21). Sabios en su propia opinión. Amadores de sí mismos. Los que creen saber más que otros, pero no saben nada como deben saberlo (1 Co. 8:2). Este es un problema muy generalizado en la Iglesia, especialmente por quienes ignoran la advertencia bíblica: “No seas sabio en tu propia opinión” (Pr. 3:7). El apóstol amonesta a “no tener más alto concepto que el que corresponda” (Ro. 12:3).
Injusticia (5:22-23). Justifican al impío y condenan al justo. Lo más grave es que lo hacen en beneficio propio. En la Iglesia son los falsos acusadores de los hermanos procurando controlarlos para medrar ellos. Son capaces de actuar contra quienes les puedan hacer sombra, porque aman ser los primeros (3 Jn. 9:10). El problema de mirar al entorno es que genera un alto concepto personal, al comparar nuestras vidas con quienes no están honrando a Dios.
II. Mirando a Dios (6:1-4). El profeta deja de mirar al entorno y dirige su vista arriba. Ante su mirada está el santísimo Señor. Aquel que tiene el nombre que es sobre todo nombre y ante cuyo nombre se dobla toda rodilla (Fil. 2:9-11). Es el que lo llena todo con Su gloria. Su trono está sobre cielos y tierra. Los siervos que le asisten son querubines. Los hombres no le acatan, pero los ángeles le adoran. Los hombres no le respetan, pero los querubines cubren sus pies, en señal de reverencia y humildad. Los hombres no le glorifican, pero la tierra está llena de Su gloria. La vista del profeta se aparta de la gloria que lo obnubila.
III. Mirando a uno mismo (6:5). Los lamentos por
los demás se convierten en un ay personal. No es medida correcta a nuestras vidas la comparación con otros, especialmente con los que no son ejemplares. La verdadera medida es la de Dios mismo, expresada en total dimensión en su Hijo, quien no “hizo maldad, ni hubo engaño en Él” (Is. 53:9). Ante la gloria de Dios, cualquier gloria nuestra es escoria.
Dios nos invita a centrar nuestra mirada en Él. Es necesario recuperar la imagen de Jesús, para tener una medida precisa que pueda determinar dónde estamos. Quienes miran al entorno solo encontrarán motivos de inquietud y de tristeza, quienes miran a Dios, disfrutan de la seguridad y de la esperanza en un tiempo de inquietud y desilusión. El que descubre la gloria de Dios en una mirada espiritual, no tiene otra opción que disfrutar de la gloria de servirle en una entrega incondicional. La iglesia necesita hombres y mujeres que digan al Señor: “Heme aquí, envíame a mí”.

