Por Samuel Escobar, profesor en seminarios bautistas en España y las Américas

Si entendemos “educación cristiana” como educación en los contenidos, valores y procesos formativos de la persona, propios del Evangelio de Jesucristo, se puede decir que en primera instancia esta educación compete a la familia. Uno de los textos bíblicos más elocuentes en ese sentido es el capítulo 6 de Deuteronomio, empezando por los vv. 1-8. La educación compete a los padres y es en medio del diario trajín de la vida que se comunica la palabra de Dios. En Israel de tiempos bíblicos no hay escuelas, ni siquiera existe un término que pudiera ser el equivalente de escuela. Son los padres los que educan en la fe y la fe es para la vida.

Cuando para los judíos vino el exilio y tuvieron que ir a vivir en sociedades organizadas, conforme a otros valores religiosos, la educación en la fe fue puesta a prueba. Historias como las de Daniel, Ester y Nehemías muestran con elocuencia la fuerza de la formación recibida, la cual permite a un Daniel, por ejemplo, mantener ciertos valores en un ambiente pagano hostil. También en el exilio aparece la sinagoga como el lugar donde los creyentes judíos se congregan semanalmente alrededor de la Palabra de Dios y así mantienen viva su fe, en un ambiente donde predominan otros valores. Así la educación en la fe adquiere un cierto matiz contra-cultural y la práctica de la fe va contra la corriente de la sociedad predominante.

La existencia de la escuela pública en nuestra época es el resultado de un largo desarrollo social y político en el cual el papel de los cristianos y las iglesias fue cambiando. Se puede decir que los cristianos verdaderos siempre han tratado de obedecer la enseñanza bíblica de educar a los hijos en la fe. En la sociedad feudal de la Edad Media, dominada por la iglesia católica constantiniana la educación era un privilegio para los ricos y poderosos, para los señores. Los siervos no tenían derecho a ella. La mentalidad constantiniana había asimilado la visión pagana de un mundo en el que algunos nacen para ser señores y otros nacen para ser siervos.

Con el advenimiento de ideas democráticas  la idea de escuelas para todos, provistas por el Estado, fue tomando fuerza y se llegó al ideal de una escuela pública de calidad al alcance de todos.

En ese proceso histórico los cristianos elaboraron una perspectiva que se denominó in loco parentis. Esto significa que los maestros de las escuelas y las agencias educativas no debían olvidar que ejercían su función educativa “en lugar de los padres”. En la situación de la España actual hay el peligro de que los padres creyentes deleguen en la escuela, pública o concertada, toda la tarea de formar a sus hijos y pierdan la visión de la familia como agente educativo principal y responsable. Por otra parte, las iglesias son también agencias que cumplen una función educativa y en la medida en que tienen programas adecuados de educación en la Palabra de Dios, contribuyen a proveer formación cristiana sólida. Sin embargo existe el peligro de que las familias deleguen en las iglesias toda la formación. Esto puede pasar por inercia, o porque el estilo de vida en la sociedad actual deja cada vez menos tiempo para el encuentro familiar regular y continuado.

Para los creyentes cristianos de hoy la responsabilidad de la familia se manifestará en que los creyentes se interesen en lo que pasa en las escuelas y en los valores que el sistema educativo trasmite. Para una minoría como los evangélicos esto significa estar siempre atentos a lo que se enseña en la escuela, y en la medida de lo posible tener influencia para que no se propaguen valores y estilos de vida opuestos a la fe.

En países católicos y en los que hay una ideología predominante opuesta a los valores de una visión bíblica y cristiana auténtica, una alternativa ha sido la creación de escuelas privadas, de calidad, que encarnen los valores evangélicos. Estamos en proceso de recuperar la memoria de estos esfuerzos en el caso de España.[1] Sin embargo para una minoría religiosa esta empresa es difícil cuando no imposible. Gracias a la práctica cívica y política de creyentes ha sido posible conseguir que en algunas escuelas haya una alternativa religiosa evangélica (ERE), pero ello es todavía difícil en una España donde la institución eclesiástica católica predominante tiene tanto poder político y económico.

El año pasado visitó España el representante de un movimiento del Perú llamado “Con mis hijos no te metas”. Originalmente fue una iniciativa católica tradicional contra el aborto y contra una educación igualitaria para chicos y chicas. Los evangélicos que se embarcaron en este movimiento no se dieron cuenta que respecto al sexo la ética católica es diferente a la protestante. Algunos de los principios que una educación católica tradicional promueve son los mismos que un educador evangélico también promovería. Pero otros no lo son, como por ejemplo la superioridad del celibato en la vida espiritual o la sexualidad vista como un mal menor.

Los creyentes que son padres y madres de familia no deben renunciar a su deber de educar a sus hijos e hijas en la fe. Esto implicará a veces que aprendan a colaborar con sus iglesias evangélicas en la trasmisión de la fe, y que vayan encontrando formas creativas de comunicar la Palabra de Dios a las nuevas generaciones. Parte del testimonio de los padres de familia evangélicos puede ser participación alerta e inteligente en las asociaciones que van vigilando la calidad de la educación pública y contribuyen a ello.  Esto requiere cuidado y esfuerzo pero todos sabemos que aquello que se aprende en el ámbito de la vida diaria permanecerá con nosotros y será aplicable en la vida.

Para la educación en la fe siempre faltan voluntarios en las iglesias: hay que orar y actuar para suplir esa carencia. Aquellos hogares donde el padre o la madre no son creyentes necesitan de un cuidado pastoral especial, para poder cumplir la responsabilidad buscando formas de cooperación y acuerdos sobre la manera de educar a los hijos e hijas.

[1] El pastor Juan Manuel Quero ha trabajado en la recuperación de esta memoria.  Ver, por ejemplo, su libro Enseñar para la vida, Consejo Evangélico de Madrid, 2009.

 

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