Por Samuel Escobar, profesor en seminarios bautistas en España y las Américas

En mi largo recorrido de vida cristiana una ayuda valiosísima han sido los libros de oración, es decir libros escritos con el propósito de ayudarnos a orar. Porque orar es una acción intencional con la cual buscamos la presencia del Señor, disponiendo para ello nuestra mente y nuestro corazón.

Es así como los Salmos, esos poemas de fe, leídos con disposición de ánimo nos ayudan a saber cómo acercarnos a Dios y qué pedirle. Desde niño me enseñaron a memorizar Salmos y en mi adolescencia memoricé algunos en particular. Así por ejemplo esas dos líneas del Salmo 51:10: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí», las cuales he repetido muchas veces en circunstancias y lugares de lo más diversos.

Un libro de oración que ha sido y sigue siendo de gran ayuda para mí es el del teólogo evangélico escocés John Baillie titulado «Diario de oración privada» (Casa Unida de Publicaciones, México 1970). El libro tiene oraciones para 31 días, una por la mañana y otra para el final del día. Después de mi lectura bíblica de hoy, 7 de septiembre de 2020, he orado con la oración del día séptimo que transcribo aquí en parte:

Oh Señor y hacedor de todas las cosas, de cuyo poder creador surgió la primera luz; que contemplaste la primera mañana del mundo y que viste que era buena, te alabo por esta luz que atraviesa a raudales mis ventanas para despertarme a la vida de un nuevo día.

Te alabo por la vida que se agita dentro de mí;

Te alabo por el mundo brillante y hermoso que me rodea;

Te alabo por la tierra, el mar y los cielos; por la nube viajera y el pájaro cantor;

Te alabo por la tarea que me has asignado;

Te alabo por todo lo que Tú me has dado para llenar mis horas de ocio…

Oh Tú que eres en Ti mismo misericordia eterna, concédeme un corazón tierno hacia todos aquellos a quienes la luz de la mañana trae menos alegría que la que a mí me trae;

Aquellos en quienes el pulso de la vida se va debilitando;

Aquellos que deben yacer en sus lechos durante todas las horas de sol;

Los que abrumados de trabajo no conocen el gozo de unas horas libres;

Los desocupados, que no tienen la alegría del trabajo…

Y cúbrelos con tu misericordia.

Oh Luz que nunca se debilita, así como la luz de este día atraviesa a raudales estas ventanas e inunda esta habitación, permíteme que te abra las ventanas de mi corazón para que toda mi vida sea llena del resplandor de tu presencia. Que ningún rincón de mi ser deje de recibir la luz de tu rostro.  Que nada dentro de mí obscurezca el brillo de este día. Que el Espíritu de aquel cuya vida era la luz de los hombres, gobierne mi corazón hasta el ocaso de este día. Amén.

 

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