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Por Samuel Escobar, profesor en seminarios bautistas en España y las Américas

Quienes queremos estar bien informados de lo que pasa en España hoy en día nos enteramos de que una vez más el tema de la educación está sobre el tapete en el debate público. ¿En qué sentido? ¿Han encontrado por fin las corrientes partidarias un tema capital al cual pueden todas tratar de llegar de acuerdo por el bien del país, especialmente de las nuevas generaciones? Tristemente no, sino que la referencia es a cambios radicales para cuando «llegue nuestro turno». He de confesar que a mí me suenan más como promesas de venganza mal disimuladas.

Si queremos adoptar una perspectiva bíblica y evangélica en la cuestión educativa encontramos en la Palabra de Dios demandas claras y desafiantes. Viene a la memoria, por ejemplo, ese clásico pasaje que en el libro de Deuteronomio exhorta a cada judío: «Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte y cuando te levantes» (Deut. 6:6-7). Fue lo que hicieron con Jesús sus padres María y José quienes, como judíos piadosos que eran, cuando nació «le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor» (Luc. 2:22). Luego, «después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea a su ciudad de Nazaret» (Luc. 2:39). Así criaron a Jesús sus padres: piadosos, ricos en fe y obedientes al Señor. Cultivaron en él el gusto por la historia de las acciones de Dios y sus consecuencias éticas. ¿Vale este deber para el presente o será que Dios ya no demanda de los padres creyentes de hoy que criemos así a nuestros hijos?

También la sinagoga de Nazaret fue el ámbito de lectura de la Palabra, de socialización y celebración de la memoria colectiva de la comunidad, dentro del cual Jesús fue educado. Desde la sinagoga de Nazaret, donde Jesús había vivido su niñez y adolescencia, una mañana en que fue «como acostumbraba» (Luc. 4:14-30), Jesús lanzó su conmovedor manifiesto programático, aquellas acciones a las cuales iba a dedicar su vida. Vaya agenda la que propuso: «dar buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos, predicar el año agradable del Señor» (Luc. 4:18-19).

Esas palabras de Isaías Jesús las había memorizado «en su casa y andando por el camino», y cuando matizaba sus enseñanzas con citas textuales del Antiguo Testamento sacaba a luz el proceso de memorización del Libro de Dios, que era también parte de la educación judía en sus mejores momentos.  Algunos de nosotros tuvimos el privilegio de aprender asimismo a memorizar la Palabra porque la calidad de nuestra vida y la posibilidad de que podamos compartir la verdad con otros pasa por este ejercicio de memorización. Y lo que compruebo agradecido es que el avance en años y la acumulación de experiencias nos llevan a comprender con gratitud cada vez más de la profundidad, la riqueza y el valor de esos pasajes que nos sabemos de memoria.  En este sentido recomiendo con entusiasmo una joya teológica y pedagógica de la cual sigo disfrutando: el libro del biblista evangélico Christopher Wright Conociendo a Jesús a través del Antiguo Testamento (Ed. Andamio, Barcelona).

Hay en todo esto un tremendo desafío para los creyentes y las iglesias bautistas de hoy. Tenemos el deber de enseñar la Palabra de Dios «en nuestras casas y andando por el camino». Y la verdad es que en esta tercera década del siglo 21 disponemos de muchos más recursos de los que tuvieron a su alcance José y María. Lo que hemos de pedir al Señor es que en esta Navidad que se acerca nos haga piadosos y obedientes como ellos. Y que seamos también creativos, para que las nuevas generaciones evangélicas puedan enfrentar los desafíos de este complejo siglo, y en vez de abandonar nuestras congregaciones se quedarán en ellas para cumplir la misión de Jesús en las próximas décadas.

Para comprender la perspectiva bíblica necesitamos tomar en cuenta la totalidad de la historia y la literatura hebreas, que para nosotros cristianos gentiles sólo adquieren sentido en la persona de Jesús, quien viene a ser el eje de la totalidad de la Biblia. En esta historia encontramos dos etapas claramente distinguibles.

En primer lugar, tenemos el período formativo en el cual la práctica de la educación corresponde a cada uno de los momentos que le toca vivir a Israel, pero refleja también ciertos principios que han ido demostrando su potencial para trascender su contexto inmediato, hasta nuestro tiempo. Así, por ejemplo, resulta nota distintiva de esta etapa que la educación es fundamentalmente responsabilidad de los padres, y en ella cabe un papel especial a la madre. La educación formal no se conocía en Israel en esta etapa y en el Antiguo Testamento ni siquiera existe la palabra que traduciría el concepto actual de «escuela». La tradición cristiana ha tratado de mantener el principio, concibiendo siempre la educación como una actividad que las agencias educativas de la sociedad llevan a cabo in loco parentis, es decir en lugar de los padres y por encargo de ellos.  Esto apunta a una iniciativa y control que radica en los padres, quienes delegan su autoridad a los maestros y agencias del sistema de educación formal. Si hoy en día nos tomásemos en serio este principio nos tocaría como padres interesarnos más en la filosofía, las ideas y las prácticas básicas del sistema educativo de nuestro país y evaluarlas críticamente. Más aún, podríamos trabajar juntos para hacer propuestas.

Otra nota distintiva de la práctica hebrea es que la totalidad de la vida se toma como un ámbito educativo, dentro de cuya multiplicidad de situaciones los padres han de cumplir su función de educar, aprovechando todo momento y toda instancia. Nótese, por ejemplo, la fuerza y la insistencia del famoso pasaje pedagógico de Deuteronomio 6:1-9. Así se incorpora la materialidad al proceso de formación de las personas. Por ejemplo, las tres fiestas clásicas, cuya celebración la Ley exigía y regía marcaban momentos importantes de la vida agrícola como la siembra y la cosecha. Pero a diferencia de otros pueblos vecinos Israel unió al significado de materialidad vinculado a la naturaleza, el de celebración de los grandes eventos de la historia, mediante los cuales Dios había formado a su pueblo.[1] Así en la memoria de la comunidad y de cada israelita naturaleza e historia adquirían un sentido especial, vinculado a su identidad: somos el pueblo de Dios.

La nación existía para cumplir una misión, una especie de pedagogía de Dios para toda la humanidad. Así es como el sentido de elección divina va siempre vinculado a la advertencia contra el orgullo y el olvido de la misión.[2]  El propio orden natural está condicionado moralmente.[3]  Por ello la educación tiene un contenido ético y una dirección religiosa. La Ley expresa el principio de que la sabiduría y la santidad son metas inseparables del proceso educativo. Es desde esta perspectiva que han de entenderse las prácticas y normas de disciplina, que a veces parecen tan arbitrarias. La continua acción de Dios en el mundo y en la historia, y la respuesta humana, son el presupuesto inicial. Esta verdad y sus consecuencias las exploraremos en un próximo artículo.

[1]. Exodo 13; Deuteronomio 26

[2]. Deuteronomio 6:10-25

[3]. Deuteronomio 11:13-17

 

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